Points of View

/ Published on April 25, 2026

La última revolución

¿Los médicos perdimos el "aura" por culpa de la inteligencia artificial?

La IA realiza muchas tareas que antes eran dominio exclusivo de los médicos. Entonces, ¿nos volvimos solo supervisores de sistemas semiautónomos mientras perdemos aquello que nos distinguía?

Author: Lantos JD.

Fuente: JAMA. Published online March 02, 2026. The Lost Aura of the Physician in the Age of Artificial Intelligence

A medida que las capacidades de la inteligencia artificial (IA) se expanden, los roles de los médicos cambian. El filósofo Walter Benjamin vivió mucho antes de la llegada de la IA, pero analizó otra tecnología transformadora. Escribiendo en los años 30 sobre fotografía y cine, se preguntó si la reproducción mecánica de imágenes visuales haría obsoleta la pintura —y a los pintores—. En la época de Benjamin, algunos críticos denigraban el valor artístico de las fotografías, igual que hoy muchos cuestionan si la IA puede realmente comprender la enfermedad o empatizar con la incomodidad.

Benjamin reconoció que las reproducciones tecnológicas eran diferentes. Planteó la hipótesis de que las obras de arte originales tenían una llamada "aura". Benjamin nunca definió con precisión lo que sería "el aura". En cambio, reconoció que había algo especial en una obra original comparada con una reproducción.

Históricamente, los médicos poseían algo similar. Su autoridad profesional se basaba en las circunstancias únicas de su formación, la sabiduría práctica que habían adquirido, su presencia cara a cara con los pacientes y su juicio clínico. Como una pintura original, la experiencia médica parecía singular e inseparable de quien la ejercía, más que dependiente de las herramientas o instituciones que apoyaban la práctica. Pero las reproducciones son cada vez más convincentes.

Cuando se duda de que un robot pueda reemplazar a un médico humano, se enfatizan cualidades como la empatía, la responsabilidad y la confianza, y se argumenta que las máquinas solo pueden simular réplicas inadecuadas de estas cualidades. Los límites de la telemedicina ofrecen un paradigma de precaución. La telemedicina fue en su momento promocionada como una tecnología que reduciría costos y ampliaría el acceso a la experiencia. El historiador Jeremy Greene ha demostrado que, aunque muchas iniciativas de telemedicina tuvieron éxito en sus propios términos, expusieron una limitación: en palabras de Greene, "la telepresencia no era lo mismo que la presencia".

La tensión entre la búsqueda de la eficiencia tecnológica y la insistencia en la importancia de la presencia humana es mucho anterior a la IA. Esos dos objetivos siempre han estado en tensión. La inteligencia artificial es solo el último avance en esta larga lucha por el alma de la medicina.

Foucault y la mirada clínica

Hasta finales del siglo XVIII, la enfermedad se entendía a través de las experiencias subjetivas de los pacientes. La principal herramienta diagnóstica del médico era la historia clínica. Entonces, los médicos franceses innovadores empezaron a reimaginar la enfermedad como una entidad patológica objetivamente observable.

El filósofo Michel Foucault analizó este cambio. Mostró cómo, en la mente de estos pioneros, los médicos y pacientes individuales eran cada vez más enmarcados como "perturbaciones que difícilmente pueden evitarse", pero que, idealmente, deberían neutralizarse en la búsqueda de la verdad médica objetiva.

La historia del paciente y la presencia interpretativa del médico pasaron a ser secundarias frente a mediciones precisas y a la patología, cuantificación y estandarización. Se animó a los médicos a dedicar menos tiempo a hablar con los pacientes y más tiempo a recopilar los datos que condujeran a un diagnóstico y plan de tratamiento basado en la evidencia.

El auge de la cirugía moderna provocó una transformación adicional en la relación paciente-médico. A mediados del siglo XIX, la anestesia hacía la cirugía tolerable y técnicamente posible al eliminar el dolor y el movimiento, mientras que la antisepsia la hacía más segura. La anestesia también dejaba a los pacientes insensibles, inmóviles y silenciosos, permitiendo a los médicos actuar sobre los cuerpos sin involucrarse en la subjetividad. Los médicos tuvieron que adaptarse, compartimentando la compasión y la empatía, replanteando la distancia emocional como competencia profesional.

A principios del siglo XX, esta postura se extendió más allá del quirófano. Los historiadores Charles Rosenberg y Joel Howell muestran cómo el hospital moderno organizó el trabajo en torno a tecnologías y prácticas administrativas que convierten a los pacientes en receptores pasivos de intervenciones terapéuticas. El cambio de la atención domiciliaria a la hospitalaria significaba que un tratamiento médico eficiente, a menudo se hacía a costa de un profundo conocimiento psicosocial y relaciones de confianza. Francis Peabody temía que los hospitales "se transformen en máquinas deshumanizadas".

El movimiento hacia la medicina basada en la evidencia a finales del siglo XX aceleró estas tendencias. La medicina basada en la evidencia privilegió recomendaciones basadas en evidencia reproducible sobre resultados a nivel poblacional por encima del juicio clínico individualizado. Este cambio reflejaba preocupaciones éticas legítimas. La variación injustificada de la práctica podía conducir a procedimientos innecesarios y potencialmente peligrosos.

La medicina basada en la evidencia redefinió la experiencia clínica como la capacidad de aplicar evidencia generalizable a casos individuales. Esta reconceptualización resultó especialmente compatible con las infraestructuras digitales emergentes. Las guías clínicas, las reglas de decisión y las métricas de calidad —centrales en la medicina basada en la evidencia— se tradujeron en algoritmos y luego se integraron en historias médicas electrónicas.

Con el tiempo, estas historias clínicas electrónicas transformaron el pensamiento clínico y la práctica. Los médicos empezaron a pasar más tiempo comunicándose con sus pantallas de ordenador que con sus pacientes. Los hallazgos físicos y de anamnesis fueron codificados de manera alineada con las estructuras de reembolso. Las unidades de valor relativo, desarrolladas para estandarizar el pago de financiadores, conceptualizaban la atención clínica como una serie de tareas discretas y medibles, en lugar de como una práctica relacional integrada. 

¿Por qué la IA es diferente? ¿O no lo es?

Cuando los sistemas de IA empezaron a generar notas y recomendaciones, los médicos ya habían sido formados para pensar de formas compatibles con la lógica de las máquinas. Como observaron los sociólogos Stefan Timmermans y Marc Berg, estos sistemas transformaron el trabajo profesional al redefinir qué se considera conocimiento, competencia y buenas prácticas. La inteligencia artificial no inició esta transformación; llegó para perfeccionarla.

A principios del siglo XXI, el razonamiento clínico estaba codificado en protocolos, reglas de decisión y prompts electrónicos. El juicio profesional pasó de originar las decisiones a gestionar excepciones. La autonomía profesional se fue erosionando poco a poco. El juicio clínico individualizado y la discreción se convirtieron en una fuente de riesgo.

Aunque la IA es el resultado lógico de estas tendencias, difiere de intervenciones tecnológicas anteriores en dos aspectos clave:

  • Primero, la IA es interactiva. Puede realizar muchas tareas no técnicas que antes se consideraban fuera del alcance de la tecnología y el aprendizaje automático. Ahora obtiene consentimiento informado, asesora a los pacientes sobre decisiones al final de la vida y ofrece psicoterapia. Lo hace con un lenguaje que expresa atención y preocupación. Estas capacidades podrían permitirle cumplir los sueños tanto de la medicina biotécnica como de la medicina humanista.
  • En segundo lugar, la IA está disponible para todos, en los teléfonos, para ser utilizada sin necesidad de una superestructura costosa como un hospital. Pacientes y médicos pueden innovar sin ser detectados por los mecanismos regulatorios tradicionales.

Cuando las competencias fundamentales de una profesión se vuelven reproducibles, la cuestión central no es si desaparecerá, sino cómo se redefinirá su papel social. El aura de los médicos —antes basada en la presencia irreductible de un ser humano— disminuirá a medida que el cuidado se vuelva tecnológicamente reproducible y el calor pueda simularse bajo demanda.

La gran pregunta para los médicos hoy es cómo reimaginarán sus roles cuando muchas de las habilidades por las que eran especialmente valorados ahora sean reproducibles a gran escala, disponibles para todos y en constante mejora.

Según Benjamin, la fotografía y el cine produjeron el impacto de lo nuevo al despojar el arte de su singularidad, autoridad ritual y distancia. Sin embargo, la pérdida del aura no marcó el fin del arte ni de los artistas. Liberados de la obligación de reproducir la realidad, pintores y otros artistas reinventaron su papel social, explorando nuevas formas de percepción, expresión y crítica. Surgieron el impresionismo, la abstracción y el arte conceptual. El impacto de lo nuevo obligó a reflexionar sobre el significado del arte.

Para la medicina, tal ajuste de cuentas requerirá un pensamiento audaz sobre qué habilidades son exclusivamente humanas, cuáles pueden ser reemplazadas por tecnología sofisticada y qué nuevas ideas de excelencia clínica podrían surgir. Probablemente, se pondrán a prueba los estándares aceptados sobre cómo se forman los médicos, cómo se evalúan sus habilidades y qué se considera excelencia.

La disrupción del arte provocó profundas controversias sobre qué es el arte, qué debería hacer y cómo juzgar su calidad. La disrupción de la medicina por parte de la inteligencia artificial probablemente llevará a debates similares sobre los médicos y la medicina.