Art & Culture

/ Published on December 16, 2008

Premio de la Feria Internacional de Literatura

Lobo Antunes dedica el premio a sus "maestros", los enfermos que trató.

En la Feria de Guadalajara Lobo Antunes reconoce a sus pacientes como los maestros con quienes tiene una deuda.

El escritor portugués Antonio Lobo Antunes recibió hoy el Premio de Literatura en Lenguas Romances 2008 de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), que dedicó a sus "maestros", enfermos con los que tuvo contacto en su época como médico.

"Un día vi a un hombre mayor, que los médicos decían que era esquizofrénico, y me dijo: "Doctor, el mundo ha sido hecho por detrás", relató Antunes en su discurso de agradecimiento como una de las mayores lecciones de literatura que ha recibido en su vida. "Si quieres escribir, hay que hacerlo por detrás, porque estás trabajando con cosas anteriores a las palabras, como las emociones, con todo eso que por definición no es traducible en palabras", explicó.

En otra ocasión, recordó, se encontró con una paciente de cáncer quien le dijo que no había ido a tratarse antes por falta de recursos y lo justificaba con la frase "quién no tiene dinero, no tiene alma". "Eso ha sido también muy importante para mí, la necesidad de hablar por aquellos que no tienen voz y aquellos a quienes les han quitado su alma", refirió el escritor luso.

También citó a José Francisco, un niño de 4 años enfermo terminal de cáncer, de quien le impresionó su alegría.

Lobo Antunes, nacido en Lisboa en 1942, se hizo acreedor del galardón, a decir del jurado, por contener su obra "una profunda reflexión sobre la experiencia interna de los seres humanos".

Cuando el escritor recibió el galardón de manos del rector de la Universidad de Guadalajara (UdeG), Marco Antonio Cortés Guardado, el público le ofreció una fuerte e intensa ovación de pie. Visiblemente emocionado, el autor de "Memoria de elefante" aseguró que en este tipo de eventos suele recordar siempre a sus maestros. "Me acuerdo siempre de mis maestros con gratitud y con reconocimiento por lo que me han enseñado. Son muchos y han sido muy importantes para mí, me han enseñado no solamente a mejorar el trabajo sino también a encontrar soluciones para los problemas técnicos que se plantean cuando uno escribe", dijo.

El autor recordó el momento en que vio, en un nosocomio, una sábana mortuoria que escondía el cuerpo de un niño que falleció por leucemia, de quien se podía ver únicamente un pie que se mecía. Como ha comentado en varias ocasiones, ese fue un momento decisivo en su carrera literaria. "Es lo que nos da dignidad y sentido a nuestras vidas: hablar por los que no tienen voz, hablar por los que aún no encontraron su voz, hablar por los pies de los muertos que se alejan y que así seguirán vivos. "Agradezco mucho a todos, señoras y señores, este premio, que estoy seguro, que mis maestros y el pie del niño estarán, estoy cierto, muy agradecidos". 

 

Antonio Lobo Antunes (Lisboa, 1942) estudió Medicina y ejerció como psiquiatra antes de dedicarse de lleno a la literatura y manifestarse como un gran estilista de la lengua portuguesa, lo que le ha convertido en candidato al Premio Nobel de Literatura. Siruela ha publicado su trilogía sobre la muerte Tratado de las pasiones del alma, El orden natural de las cosas y La muerte de Carlos Gardel (Premio France Culture 1996), Manual de inquisidores (Premio francés al mejor libro extranjero), Esplendor de Portugal y Exhortación a los cocodrilos (Grande Prémio de Romance e Novela 1999, que recibió también en 1985 por su novela Auto dos danados). 

Un relato breve de Antonio Lobo Antunes

Jaime
António Lobo Antunes

Los ojos de terror de las personas en el servicio de urgencias del hospital. Los médicos pasan junto a ellas sin verlas. Las hay de todas las edades, sentadas o en camillas, muchas aún con la ropa con que salieron de casa, y los ojos, aunque hayan sido pequeños, ahora enormes, devorando toda la cara en una súplica muda. No dicen nada: esperan. El hospital ha envejecido muy deprisa: la pintura de las paredes oscura, el aluminio de las ventanas oxidado, patios tristes, gente con bata verde o blanca, ciega, y las personas ahí, indefensas, sólo ojos, sólo narices abiertas, sólo miedo y sufrimiento. Me acuerdo de haber ido hace tiempo a visitar a un amigo moribundo: fuera, en el pasillo, una pareja de enfermeros flirteaba y se reía y a mí me daban ganas de insultarlos. Estar enfermo cuando llueve es horrible, el agua de los cristales se escurre dentro de nosotros. Qué indignidad la muerte, qué absurdo. Viejos que apenas pueden hablar y se aferran a nuestras manos. Mujeres delgadísimas. Cuando yo era alumno de Neurología oí a una interna, a la que el profesor interrogaba delante de la clase, responder que vivía a costa de lágrimas y ayes. Desde ese momento esa frase sigue conmigo: vivo a merced de lágrimas y ayes. Y tanto dolor y tan cansada. Y la dignidad que mantenía. Me acuerdo de otro, un chico joven en estado terminal, si nos acercábamos sacaba un peine del bolsillo del pijama y se arreglaba el pelo. Ese resto de elegancia o vanidad me conmovía siempre. Y sonreía. O construía a duras penas, mejor dicho, lo que él creía una sonrisa y no llegaba a ser sonrisa
(qué esfuerzo levantar las comisuras de los labios)

y me preguntaba

-¿Cómo está?

con una vocecita apagada, con las atenciones de quien recibe a un invitado. En la mesilla de noche unas manzanas que él no tocaba, una pobre virgen de plástico fosforescente sobre el tapete que debía representar su casa. Mantenía la sonrisa con la dificultad con que un levantador de pesas las soporta en el aire, temblando por el esfuerzo. Seguro que las soltaría en el suelo, extenuado, en cuanto yo le diese la espalda. Sus labios dos papelitos sin color, casi transparentes, logrando un

-Hasta pronto

penoso. Verlo clama a Dios. En mi cabeza una sola palabra a la que nadie respondía, que nadie ha respondido hasta hoy:

-¿Por qué?

Me apetecía darle una caricia que no habría servido de nada, pero nunca fui capaz. Un manojito de huesos bajo la ropa, estrechos, inútiles, desparejados, que de vez en cuando se unían prolongando la sonrisa

-¿Cómo está?

En una ocasión, al salir, miré hacia atrás: había vuelto la cabeza en dirección a la pared y lloraba. O sea una sola lágrima a lo largo de una arruga, así como el agua que se derrama sigue las junturas de las tablas del suelo. Tampoco he olvidado su nombre: Jaime. Ni sus ojos desiguales existen hoy en día. La lágrima ha retrocedido. Puede ser que continúe la sonrisa. A veces lo siento como esas lamparillas de aceite de los oratorios de provincias, que alumbran la oscuridad y tiemblan siempre a punto de apagarse. Quién habrá heredado el peine que salía del bolsillo de su pijama, rojo vivo en un lugar donde todo era blanco y gris. La familia se llevó el tapete y la virgen de plástico fosforescente, tiraron las manzanas a la basura: no servían de nada, pero él

-¿Cómo está?

me ha servido. Si me encuentro cargado de nubes oscuras, si me apetece desistir o si me visita la angustia me pregunto

-¿Cómo estás?

y una sonrisa comienza a crecer sola dentro de mí. Labios casi transparentes que me hacen avergonzarme de mí mismo, de mi cobardía, de mi infidelidad al honor de estar aquí. Y me alzo sin lágrimas ni ayes, señor Jaime

(siempre lo llamé señor Jaime)

me alzo con vergüenza de mis lágrimas y de mis ayes y me da la sensación de que escribo por usted. Esta crónica es para usted, señor Jaime. No llego a pisarle los talones. No tengo su valentía ni su pudor. No valgo nada comparado con usted. Después de treinta años sigo respetándolo y sintiéndome agradecido por su lección de elegancia. Si le dijese esto no lo creería: ¿desde cuándo un campesino es mejor que un médico? Teníamos la misma edad, año más año menos. La diferencia es que usted era un hombre y yo un idiota con bata. No uso bata desde hace mucho tiempo, ¿sabe? Por favor, ayúdeme a estar a su altura. A su altura es difícil: casi a su altura. Me siento agradecido con mucha gente: no obstante, usted fue el primero que me ayudó a alzarme sobre las patas traseras. Voy a poner un peine igual al suyo en el bolsillo de mi pijama.

Fuente: Babelia, El País