Por: Mariana Iglesias
Todo comenzó con un resfrío de lo más intrascendente, hasta que se le metió en la sangre, y de ahí al corazón, que no sirvió más. De un día para el otro Jorge Rodríguez Kissner pasó de ser un tipo sano a encabezar la lista de emergencia del Incucai. Recién ahora, a seis meses de aquella mala jugada del destino, puede hablar del tema con cierta tranquilidad y perspectiva: "Fue muy duro. Pero tuve una segunda oportunidad y salí", dice al abrir su casa a Clarín. "Tengo la fuerza de siempre: lo único que me quiebra es un beso de mis hijos".
Jorge es papá de Sofía (11), Martina (7) y Juan Manuel (5). También es médico, obstetra. Entiende perfectamente lo que le pasó, el porqué aún no. "Al 99.9 por ciento de la gente que tiene gripe no le pasa nada grave. Bueno, eso grave me pasó a mí". Fue el 12 de diciembre, se levantó con vómitos y palpitaciones. Le pidió a Gabriela, su mujer, que lo llevara al hospital de Berazategui, su hospital. Tenía una arritmia severa, pensaron que era un infarto y lo trasladaron al hospital del Cruce, que es de alta complejidad. Allí descubrieron que el problema era miocárdico, no de las arterias. Estuvo seis días internado, en los que sufrió diez paros cardíacos. La gravedad del cuadro hizo que lo llevaran a la Fundación Favaloro. Siguió haciendo paros cardíacos tres días más. Entonces los médicos le dieron la peor noticia: su enfermedad era fulminante, el trasplante era la única opción. Mientras esperaba la llegada del órgano, debían conectarlo a un corazón artificial. Entonces fue que llamó a un cura. "No sé por qué lo hice, pero necesitaba aferrarme a algo. Vino a verme un cura que estaba internado en la Favaloro. Estaba en bata y silla de ruedas, pero fue una buena conversación", cuenta Jorge. El obstetra también tuvo una extensa y profunda charla con su mujer: "Me torturaba la idea de dejar a mis hijos sin padre, son demasiado chiquitos. Hablé con Gabriela y le dije todo lo que pensaba que tenía que hacer si las cosas salían mal". Jorge estuvo en coma, tuvo 20 paros cardíacos, falla renal, anemia severa, convulsiones y hemorragias constantes. Aún así aguantó hasta que el corazón llegó y el 5 de enero lo trasplantaron. Pero hubo un fallo de bomba en el corazón trasplantado. Hubo que medicarlo y volver a rezar. El 28 de febrero Jorge consiguió que le dieran el alta y pudo volver a su casa.
"Fue horrible, sobre todo para los chicos, que tenían mucho miedo, preguntaban todo el tiempo por mí y no entendían nada. Me venían a visitar, pero me veían tan mal que se ponían peor. Fue muy duro para todos", admite. El susto ya pasó: Jorge pudo festejar los 48 años en su hogar, una bella casa en un barrio cerrado de Berazategui. Ahora los chicos lo tienen todo el día dando vueltas por ahí, porque por ahora los médicos no lo dejan trabajar. Y mucho menos al ritmo que solía hacerlo: todas las mañanas atendía en el hospital, y por las tardes en dos consultorios, algo así como 500 consultas al mes y unos 180 partos al año. "Soy el mismo de antes. La diferencia es que ahora me emociono mucho más al abrazar y besar a mis hijos. Estoy más sensible, con decirte que sueño con llevarlos a Disney".
Un triunfo colectivo
Diana Baccaro
Tenía seis años el doctor Kissner cuando se realizó el primer trasplante de corazón en el mundo. El todavía no soñaba con ser médico. A la vuelta de los años, Kissner necesitó no sólo de sus colegas, sino de toda la sociedad para recibir un corazón nuevo. Porque la donación de órganos involucra a todos: al trasplantado, por su fuerza; a la familia del donante, porque en medio de su dolor se acuerda del dolor ajeno; a la comunidad médica, por su vocación; y a la gente, por militar a favor de la solidaridad. Kissner tuvo, como los otros miles de trasplantados, la posibilidad de un nuevo comienzo. Y eso es un triunfo colectivo, que alcanza para empinar el espíritu. ¡Salud!
Publicado el 20 de junio de 2009
Feliz día del padre Dr. Kissner
"Lo único que me quiebra es un beso de mis hijos"
Jorge Rodríguez Kissner está vivo de puro "guapo". Estuvo en coma, sufrió 20 paros cardíacos y aguantó hasta recibir un corazón nuevo. A cinco meses del trasplante, hoy festejará su día por partida doble.
Fuente: Clarin.com
Todo comenzó con un resfrío de lo más intrascendente, hasta que se le metió en la sangre, y de ahí al corazón, que no sirvió más. De un día para el otro Jorge Rodríguez Kissner pasó de ser un tipo sano a encabezar la lista de emergencia del Incucai. Recién ahora, a seis meses de aquella mala jugada del destino, puede hablar del tema con cierta tranquilidad y perspectiva: "Fue muy duro. Pero tuve una segunda oportunidad y salí", dice al abrir su casa a Clarín. "Tengo la fuerza de siempre: lo único que me quiebra es un beso de mis hijos".
Jorge es papá de Sofía (11), Martina (7) y Juan Manuel (5). También es médico, obstetra. Entiende perfectamente lo que le pasó, el porqué aún no. "Al 99.9 por ciento de la gente que tiene gripe no le pasa nada grave. Bueno, eso grave me pasó a mí". Fue el 12 de diciembre, se levantó con vómitos y palpitaciones. Le pidió a Gabriela, su mujer, que lo llevara al hospital de Berazategui, su hospital. Tenía una arritmia severa, pensaron que era un infarto y lo trasladaron al hospital del Cruce, que es de alta complejidad. Allí descubrieron que el problema era miocárdico, no de las arterias. Estuvo seis días internado, en los que sufrió diez paros cardíacos. La gravedad del cuadro hizo que lo llevaran a la Fundación Favaloro. Siguió haciendo paros cardíacos tres días más. Entonces los médicos le dieron la peor noticia: su enfermedad era fulminante, el trasplante era la única opción. Mientras esperaba la llegada del órgano, debían conectarlo a un corazón artificial. Entonces fue que llamó a un cura. "No sé por qué lo hice, pero necesitaba aferrarme a algo. Vino a verme un cura que estaba internado en la Favaloro. Estaba en bata y silla de ruedas, pero fue una buena conversación", cuenta Jorge. El obstetra también tuvo una extensa y profunda charla con su mujer: "Me torturaba la idea de dejar a mis hijos sin padre, son demasiado chiquitos. Hablé con Gabriela y le dije todo lo que pensaba que tenía que hacer si las cosas salían mal". Jorge estuvo en coma, tuvo 20 paros cardíacos, falla renal, anemia severa, convulsiones y hemorragias constantes. Aún así aguantó hasta que el corazón llegó y el 5 de enero lo trasplantaron. Pero hubo un fallo de bomba en el corazón trasplantado. Hubo que medicarlo y volver a rezar. El 28 de febrero Jorge consiguió que le dieran el alta y pudo volver a su casa.
"Fue horrible, sobre todo para los chicos, que tenían mucho miedo, preguntaban todo el tiempo por mí y no entendían nada. Me venían a visitar, pero me veían tan mal que se ponían peor. Fue muy duro para todos", admite. El susto ya pasó: Jorge pudo festejar los 48 años en su hogar, una bella casa en un barrio cerrado de Berazategui. Ahora los chicos lo tienen todo el día dando vueltas por ahí, porque por ahora los médicos no lo dejan trabajar. Y mucho menos al ritmo que solía hacerlo: todas las mañanas atendía en el hospital, y por las tardes en dos consultorios, algo así como 500 consultas al mes y unos 180 partos al año. "Soy el mismo de antes. La diferencia es que ahora me emociono mucho más al abrazar y besar a mis hijos. Estoy más sensible, con decirte que sueño con llevarlos a Disney".
Un triunfo colectivo
Diana Baccaro
Tenía seis años el doctor Kissner cuando se realizó el primer trasplante de corazón en el mundo. El todavía no soñaba con ser médico. A la vuelta de los años, Kissner necesitó no sólo de sus colegas, sino de toda la sociedad para recibir un corazón nuevo. Porque la donación de órganos involucra a todos: al trasplantado, por su fuerza; a la familia del donante, porque en medio de su dolor se acuerda del dolor ajeno; a la comunidad médica, por su vocación; y a la gente, por militar a favor de la solidaridad. Kissner tuvo, como los otros miles de trasplantados, la posibilidad de un nuevo comienzo. Y eso es un triunfo colectivo, que alcanza para empinar el espíritu. ¡Salud!