Gandhi afirma:
Cuida tus pensamientos,
porque se transformarán en actos,
cuida tus actos,
porque se transformarán en hábitos,
cuida tus hábitos,
porque determinarán tu carácter,
cuida tu carácter,
porque determinará tu destino,
y tu destino es tu vida.
El problema inicial
Hubiéramos podido escribir “lo que nos hace el hijo (o la esposa, o el hermano) que hacemos”. También “lo que nos hace el cuerpo (musculoso, obeso, o enclenque) que hacemos” o “lo que nos hace la enfermedad (o el trastorno) que hacemos”. El destino (o la vida) de nuestros allegados, de nuestro cuerpo, o de nuestras enfermedades: ¿Es independiente de lo que nosotros hacemos?
¿Son independientes nuestra inteligencia, nuestro sentido común, nuestro carácter o nuestra capacidad para una determinada labor?
Ortega señala que en el niño el alma no ha tenido tiempo suficiente para labrar su propio retrato en el cuerpo a su servicio.
Los neurofisiólogos sostienen que la experiencia “esculpe” los circuitos neuronales que conforman el cerebro. Mediante su funcionamiento el cerebro y el cuerpo se “esculpen”. Hay zonas que se desarrollan, y otras que involucionan o se atrofian. Las huellas de la experiencia dejan hábitos que nos conforman. El déficit psíquico o caracterológico suele ser menos conciente que el déficit físico que se manifiesta en las funciones o en la forma del cuerpo, por este motivo el consenso acepta mejor el físicoculturismo (que supone un entrenamiento laborioso) y la fisioterapia, que la necesidad de los cambios caracterológicos que se adquieren por la educación o por una psicoterapia suficientemente frecuente y prolongada.
Cuando observamos cuidadosamente lo que sucede en ambos territorios del desarrollo psicofísico, descubrimos una verdad desagradable que muchas veces negamos: cuando se llega a un cierto punto de una modificación perniciosa es imposible recuperar la plenitud de la forma.
Los médicos solemos decir “hizo una diabetes”, pero ¿hacemos nuestra enfermedad, como hacemos nuestra vida, o nuestra enfermedad, y nuestra vida misma, suceden? No podemos desconocer que formamos parte de un mundo físico y que estamos determinados por el interjuego de sus fuerzas. No podríamos vivir, sin embargo, si al mismo tiempo no nos sintiéramos libres y habitados por el sentimiento de responsabilidad que acompaña nuestros actos. La coexistencia inevitable de ambas certezas, nos obliga a vivir zarandeados entre ambos extremos.
Más allá del impasse filosófico en torno del determinismo y el libre arbitrio, ocurre que la relación entre esas dos alternativas, que habitan la conciencia de todo ser humano, involucra el problema constituido por la relación entre el cuerpo y el alma. Solemos atribuir especialmente al cuerpo la condición de ser esclavo de fuerzas y circunstancias que no dominamos, mientras que sentimos la libertad como algo que constituye una parte del alma. Pero la relación entre el cuerpo y el alma tropieza con un impasse semejante que se percibe claramente si tenemos en cuenta cual es su punto de partida. Cuando una luz intensa atraviesa mi pupila y alcanza mi retina siento una molestia, pero ignoramos cómo el estímulo físico genera una sensación anímica o “se convierte” en ella. Cuando siento una molestia visual mi voluntad puede, más allá de un reflejo, generar el acto de cerrar los párpados, pero ignoramos cómo una voluntad del alma genera el movimiento de los músculos. Desde este punto de vista la respuesta a la cuestión acerca de cómo el cuerpo influye sobre el alma o el alma sobre el cuerpo, nos exige un pensamiento que escapa permanentemente a nuestra posibilidad de concebirlo, porque implica “trazar un camino” en una tercera sustancia, desconocida, que no posee las cualidades del cuerpo ni las cualidades del alma. En otras palabras: me percibo como un cuerpo físico que ocupa un lugar en el espacio, y al mismo tiempo siento, pienso y hago en un momento del tiempo que se integra en una historia, pero ignoramos cómo es la relación que existe entre lo que físicamente percibo y aquello que psíquicamente siento.
Nos encontramos entonces frente al hecho, desconcertante, de que una relación acerca de cuya existencia no dudamos nos resulta completamente inconcebible.
Los primeros intentos de abordar científicamente este problema en el campo de la neurología, surgieron del estudio de las afasias, y condujeron a una teoría acerca de las localizaciones cerebrales que, nacida de una rudimentaria interpretación de algunos daños funcionales, hoy no se sostiene. La investigación psicoanalítica de conflictos específicos en distintas enfermedades a partir de unas pocas fantasías “clásicas”, como las orales, la anales y las fálicouretrales, condujo a una insuficiencia equivalente. Ambas disciplinas han realizado, desde entonces, un largo recorrido.
Los avances en métodos de investigación como la bioquímica de los neurotransmisores, o el scannig encefálico, condujeron a un enorme progreso del conocimiento neurológico. La integración de la neurología con campos del conocimiento, como la inteligencia artificial, la teoría de los sistemas, o las teorías acerca de la complejidad, introdujo, con el nombre de neurociencias, una nueva disciplina. La idea freudiana de que las pulsiones se apuntalan en las funciones fisiológicas y que estas funciones les otorgan su cualidad particular, condujo a trascender el “límite” de las fantasías específicas clásicamente descriptas. La segunda hipótesis fundamental del psicoanálisis, formulada por Freud en 1938, puso en crisis la idea de apuntalamiento y estableció definitivamente, las bases epistemológicas distintas sobre las cuales se apoya el psicoanálisis. Simplificando en extremo el camino recorrido podemos decir, desde el punto de vista que más nos interesa ahora, que en las neurociencias se ha llegado a la idea de que los sistemas son complejos y funcionan “diseminados” en una “red” constituida por la interrelación entre neuronas. También es importante señalar que la configuración de los “circuitos” y la “facilitación” de algunos trayectos, se altera continuamente a partir de la experiencia. En cuanto al psicoanálisis cabe destacar que la idea de que las pulsiones instintivas se apuntalan en las funciones fisiológicas para generar fantasías inconcientes cualitativamente diferentes que son específicas, se radicaliza hasta el punto de afirmar que la finalidad de cada función fisiológica es ya su fantasía inconciente particular y específica.
Las neurociencias estudian el sistema nervioso con métodos físicos, químicos y biológicos, e incluyen disciplinas afines, como la teoría de los sistemas y la cibernética. Procuran comprender como se relaciona la estructura y el funcionamiento del sistema nervioso, con la conciencia, la sensación, la percepción, el movimiento y la memoria. El psicoanálisis estudia la conciencia y los productos de un psiquismo inconciente, mediante la observación y la interpretación de su motivación psíquica.
Procura comprender el significado psíquico de las estructuras y de las funciones corporales. Cabe preguntarse ahora: ¿Existe un punto en que ambas disciplinas se encuentran?
Algunas confluencias significativas
En el camino recorrido por ambas disciplinas podemos encontrar confluencias en lo que respecta a los sistemas interneuronales, al estudio de las fantasías inconcientes específicas de las distintas funciones orgánicas, a la relación entre los afectos y la conciencia, y a la anátomofisiología del encéfalo y su relación con el mundo que suele llamarse “interno”.
En el proyecto de una psicología para neurólogos, escrito en 1895, Freud construye un modelo acerca del funcionamiento psíquico que representa bajo la forma de un sistema de relación entre neuronas. Allí plantea la existencia de “barreras de contacto” interneuronales dos años antes de que Sherrington, desde la neurología, formulara una idea similar con el nombre de sinapsis (Pribram A., Gill M., 1976). El “pasaje” de las barreras de contacto exige una cierta cuota de excitación que se obtiene por sumación, lo cual permite formular el concepto de conexiones “facilitadas” por la acumulación “previa” de una cierta cantidad de energía neuronal y da lugar a la idea de un “complejo” configurado por un trayecto preformado de facilitaciones. La conservación de las figuras constituidas por los trayectos facilitados permite diferenciar los sistemas de la memoria del sistema de la percepción, ya que este último, como la pizarra mágica, debe borrarse para permanecer permeable a los nuevos registros. Edward De Bono, en 1969, en El mecanismo de la mente, construye un modelo de la actividad mental, acorde con las teorías acerca de los sistemas complejos. Puede decirse que, en cierto modo, ese modelo continúa y desarrolla las ideas que Freud vierte en su “Proyecto…”. Eric Kandel recibe el premio Nobel de Medicina en el año 2000 por sus trabajos acerca de la plasticidad de los circuitos neuronales que constituyen las huellas de la experiencia (Ansermet F., Magistretti P., 2006).
En 1963 en Psicoanálisis de los trastornos hepáticos (Chiozza L., 1963), planteábamos la existencia de puntos de fijación prenatales, y sosteníamos, a partir de las ideas de Freud, que todos y cada uno de los órganos generaban sus propias fantasías inconcientes específicas. Desde entonces, en numerosos trabajos realizados con un amplio número de colaboradores (Chiozza L., 1991, 1993, 1997, 2001), describimos fantasías específicas de órganos (como son el hígado o el riñón), de sistemas funcionales, (como el visual o el inmunitario), de funciones elementales, (como la inflamatoria o la exudativa), y de enfermedades, (como el cáncer o el SIDA). En 1969 (en un trabajo realizado con V. Laborde, E. Obstfeld y J. Pantolini) describimos las fantasías inconcientes inherentes a la acción farmacológica del opio, afirmando la posibilidad de que los alcaloides que contiene funcionaran remplazando sustancias que habitualmente produce el organismo. En 1975 se descubren las endorfinas (Goldberg J., 1988). En distintos trabajos publicados a partir de 1970 (Chiozza L., 1970), sostuvimos que las fantasías inconcientes específicas de las estructuras materiales del cuerpo físico y de las funciones fisiológicas, no solamente son “generadas” como representaciones del cuerpo en el psiquismo inconciente, sino que, ante todo, tales fantasías son esas mismas estructuras y funciones contempladas desde la finalidad a la cual ellas se dirigen y en la cual encuentran su razón de ser. En 1989 (Chiozza L., 1989), en un trabajo acerca del concepto que Freud resume en la expresión “lenguaje de órgano” (organsprache), sostuvimos que está concepción que identifica las distintas fantasías inconcientes específicas con las finalidades de las diversas funciones del cuerpo, constituye la esencia de lo que Freud postula como segunda hipótesis fundamental del psicoanálisis (Freud, S., 1938), y que esa hipótesis ya se halla contenida, implícitamente, en sus primeras concepciones acerca del psiquismo inconciente.
A partir de 1974 (Chiozza L., 1974), y coincidiendo con la importancia creciente que el consenso le otorga a la intervención de los afectos en los procesos cognitivos, estudiamos los síntomas y signos de los trastornos corporales como una deformación que la represión impone a las descargas de los diferentes afectos. Esto nos condujo a considerar las relaciones que percepciones, sensaciones y recuerdos poseen con las distintas formas de conciencia (Chiozza L., 1999) y a comprender, a partir de la segunda hipótesis, que si el psiquismo inconciente se define por su significado, es decir, por su pertenencia a una serie que se dirige hacia una meta que constituye su sentido, la conciencia correspondía a la noticia de un significado. De este modo nos vemos obligados a aceptar que, en lo inconciente, deben existir diferentes niveles de conciencia “estratificados” mediante un sistema jerárquicamente organizado (Chiozza L., 2005ª[2003], 2005b[2003]; Chiozza G., 2003). Freud sostenía que la percepción constituía el núcleo original de la conciencia. En 1992 Nicholas Humphrey, en A History of the Mind, afirma que en la constitución de ese núcleo original, la sensación de estar percibiendo es esencial. Damasio en The Feeling of What Happens, escrito en 1999, desarrolla esta cuestión que conduce a postular, junto a la conciencia “expandida” que depende de los “canales” por los cuales ingresan las percepciones sensoriales, una conciencia central, primordial, que surge de las sensaciones viscerohumorales que configuran el estado afectivo que denominamos “humor”.
En 1994 Mark Solms escribe su trabajo Anatomy of the Unconcious, que saldrá publicado dos años más tarde en el Journal of Clinical Psychoanalysis. Allí, interpretando la segunda hipótesis fundamental del psicoanálisis desde un punto de vista que coincide con la interpretación que sostenemos desde 1989, utiliza los últimos avances de la neurología para representar en un “modelo” constituido por los tejidos cerebrales, el aparato psíquico tal como lo concibe el psicoanálisis. En el 2002 enriquece enormemente su proyecto, a partir de ese modelo, en el libro The Brain and the Inner World, que escribe con Oliver Turnbull.
* Desde el margen superior derecho de la página podrá acceder a un archivo Power Point que acompaña el texto