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Publicado el 4 de octubre de 2010

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Literatura y dolor, por Clauida Piñeiro

Una de las más brillantes escritoras argentinas sufre un dolor muscular durante la Feria de Frankfort.

Fuente: La Nación

Claudia Piñeiro / Para LA NACION / FRANCFORT, Alemania

Uno de los temores al iniciar un viaje es padecer en el periplo algún problema médico. Por ese motivo, antes de viajar a Alemania saqué el correspondiente seguro médico.

Me subí al avión sin ningún síntoma ni dolor, me instalé en mi asiento y luego de la cena dormí nueve horas seguidas. Cuando me desperté, sentía una puntada intensa en el gemelo. Me imaginé que sería por una mala posición. Traté de elongar el músculo yendo y viendo por el pasillo. El dolor, concentrado en el centro de la pantorrilla, apenas cedió.

Después de caminar por los largos corredores del aeropuerto de Fráncfort cargando mis valijas, el dolor se había expandido. Subí al tren y, una vez en Colonia, la impresión que causa mirar el Domo logró hacerme olvidar del dolor. Apenas cinco minutos. Bettina Fisher, encargada de la Casa de Literatura que organizaba el evento Lange Nacht (Larga noche), me llevó a una farmacia. Apotheke : así se llaman en alemán, aprendí. Pedí un relajante muscular, ella tradujo, pero el farmacéutico explicó que allí casi toda medicación necesita una receta médica. Sugirió que llevara Paracetamol, de venta libre, y Voltarén, una crema de uso externo. Eso hice. Me tomé el Paracetamol y me apliqué la crema. A la noche casi no me podía mover. Damián Tabarovsky, otro de los argentinos que viajaron a la Feria del Libro de Fráncfort (en la que la Argentina es invitada de honor), que acaba de publicar en alemán Autobiografía médica , sugirió que hiciera ejercicios de elongación "en serio". Conocedor del tema de sus años en las inferiores de Platense, me explicó algunos movimientos que practiqué con mucho dolor, pero con la esperanza de que al día siguiente estaría mejor.

Me desperté con tres cuchillos clavados en la pantorrilla. Michi Strausfeld, una de las editoras alemanas que más saben de literatura latinoamericana, recomendó también el Voltarén. Me apliqué más crema, tomé más Paracetamol y elongué otra vez. Pero a la tarde subí al Domo y esa noche lloré de dolor. Alan Pauls, recién llegado, me dijo que tenía calmantes por un problema de muelas que lo tuvo mal; me entusiasmé, pero luego de una corta conversación los dos coincidimos en que, tal vez, lo que iba bien para una muela no iba bien para una pantorrilla. Durante la cena me presentaron a una osteópata argentina que comía en el mismo lugar. Ella descartó la contractura y dijo que lo mío era un problema circulatorio por el viaje en avión, que mi sangre debía estar muy espesa. Ese diagnóstico me puso mucho más nerviosa que el anterior. "¿Me puede explotar una vena en el viaje de vuelta?", pregunté. "No, explotar no, pero taparse sí", dijo, lo que no me tranquilizó. Me recomendó mucha agua, pastillas de magnesio y dos tipos de glóbulos homeopáticos. Así supe que Alemania es uno de los países donde más se usa la homeopatía, que la venden en cualquier Apotheke y que no se necesita receta.

Al día siguiente el dolor casi me impedía caminar. Tomé agua, me froté con Voltarén, tomé el Paracetamol, fui a la farmacia y conseguí el magnesio y los glóbulos. Antes de partir para Unna me crucé otra vez con Alan Pauls, que, al ver mi estado deplorable, y aunque sin demasiada esperanza, volvió a ofrecerme el calmante para las muelas. Pero le dije que por el momento iba a apostar a los glóbulos.

En Unna estaban Ariel Magnus y Raúl Argemí. Magnus, hijo de médico, puso mala cara cuando le conté y me preguntó dónde me dolía. Toda la pantorrilla, dije. ¿Pero no sube a la cintura? No. Bueno, entonces no es tan grave. Tengo relajante muscular, dijo, y eso sonó como palabras mágicas. Me prometió que en cuanto llegáramos al hotel me convidaría. Argemí, enterado del asunto, también preguntó si el dolor no subía a la cintura, pero no tenía nada para convidarme.

Magnus me dio la única pastilla de relajante que tenía. ¡Elongaciones, no!, me dijo, te podés lastimar más, mejor pedí en el hotel que te manden un masajista a la habitación. No me atreví, entre lo mal que hablo el alemán y lo extraño de la situación, pensé que tal vez podían malentender el pedido.

Dormí bien y amanecí mejor. Dolía, pero mucho menos. Toda mi fe la deposité en el relajante, y me puse a buscar una estrategia para conseguir más. Le escribí a mi amigo Mario Segade y le pedí que comprara, además del mismo remedio que me dio Magnus, parches de la misma medicación, y que se los llevara a Guillermo Martínez que viajaba a Fráncfort en esos días.

Mientras espero la medicación que viene en camino, sigo con el Paracetamol, el Voltarén, los dos glóbulos tres veces por día, el agua, el magnesio y las elongaciones que me enseño Tabarovsky.

¿Por qué no usé el seguro médico, que bastante caro me salió? No sé. Tal vez porque todos creemos tener algo de médicos. O para mantener la mente ocupada en el dolor y no pensar en que ya extraño a mis hijos, a mis amigos, mi casa y mis gatos. O porque así me siento la protagonista de la novela Terapia , de David Lodge; de la película Caro Diario , de Nanni Moretti, o de Doctor House .

En definitiva, porque suena mucho más literario padecer dolor que usar una tarjeta de asistencia médica.

Claudia Piñeiro (Burzaco, 1960) es contadora, escritora, dramaturga, guionista de televisión de argentina y de varios medios gráficos. Tras ejercer durante 10 años su profesión de contadora elige dedicarse a la escritura. Publicó varios libros, artículos periodísticos, obras de teatro, varias de ellas recibieron premios o menciones tanto en su país de orígen como en el extranjero. En el año 2005 ganó el Premio Clarín Alfaguara de Novela por su obra Las viudas de los jueves y fue llevada al cine por el director Marcelo Piñeyro en el año 2009. Sus obras se han traducido a varios idiomas. (Wikipedia).