THE GUARDIAN. ESPECIAL
Una encuesta reciente, ordenada por la revista inglesa "Mother & Baby", reveló que las madres sobreviven con un promedio de nada más que tres horas y media de sueño por noche durante los primeros cuatro meses de vida de sus bebés, en tanto que un tercio de ellas descansan menos de tres horas diarias.
Las consecuencias de esta falta de sueño son preocupantes. La mitad de las madres consultadas indicaron que esta ausencia de descanso había provocado peleas con sus parejas. El 13% admitió haber estado al borde de la separación y un 3% que había desgastado por completo la relación conyugal. Un 83% indicó que el propio cansancio las había alejado del sexo y el 94% admitió que prefería dormir antes que cualquier otra cosa.
Los resultados de esta encuesta no sorprenden. Lo que sí logra sorprender es que las madres de hoy duermen la mitad del tiempo de lo que lo hacían las suyas. Sus madres dormían por lo general un promedio de seis horas, lo que parece apuntar a un cambio cultural bastante marcado.
Pero ¿a qué responde esta diferencia? El informe da cuenta también de un cambio en la actitud de las mujeres respecto de la crianza de los hijos. Destaca en especial el uso generalizado, hoy, de productos tales como monitores para bebés y colchones para cunas provistos de alarmas (para el caso de que el bebé tenga demasiado frío o calor). De hecho, el 74% de las inglesas encuestadas dijeron contar con "alarmas para bebés", en tanto que el 19% había invertido en "sensores de la respiración" y el 12% había instalado "pantallas para registrar al bebé en la cuna". Dispositivos todos que contribuyeron a crear una generación de madres más temerosas y, por ende, más alertas y despiertas.
La británica Lucy Cavandish da su propio testimonio y cuenta que cuando nació Raymond, su hijo mayor, 11 años atrás, no contaba con ninguno de los aparatitos para escuchar al bebé desde otro cuarto que pueden conseguirse hoy. Confiesa que Raymond durmió con ella y su marido durante sus seis primeros meses de vida y que tenía tanto miedo de que se ahogara debajo del pesado acolchado de invierno que los dos dormían semi destapados a pesar del frío. Lucy cuenta que cuando su hijo cumplió los primeros seis meses de vida lo mudó a su propio cuarto con la creencia de que si lloraba lo iba a escuchar. De todos modos, siempre tenía miedo. Aún cuando todo estaba en silencio, ella estaba convencida de que lloraba e iba a verlo.
Cuando Lucy le contó a su madre que se sentía agotada, le contestó que nadie nunca se había muerto por falta de sueño. En otra encuesta, mujeres mayores enumeraron sugerencias para las madres nuevas. En el listado, incluyeron recomendaciones tales como dejar llorar al bebe durante más tiempo, invertir en chupetes y no amamantar. Consejos que serían vistos como polémicos en la época actual.
El otro hallazgo interesante es que los padres duermen bastante en esos primeros meses de su hijo. Un promedio de siete horas, de hecho. De los hombres entrevistados, el 55% dijo de hecho haberse levantado poco o casi nunca para ocuparse de su bebé en horas de la noche, mientras que el 23% afirmó no despertarse con el llanto de sus hijos.
Lucy, que ya va por su cuarto hijo, confiesa no poder desconectarse por completo de sus bebés recién nacidos. Es posible que ésta sea la diferencia entre las distintas generaciones de mujeres y entre los padres y las madres. En la actualidad, las madres tienden a ubicar las necesidades de su hijos por encima de las propias. Lucy se consuela pensando que toda esta etapa de pocas horas de sueño va a terminar un día, aunque sospecha que nunca más podrá volver a dormir como antes.
TRADUCCION: Silvia S. Simonetti
El sueño, todo un tema
El sueño de los bebés es, paradójicamente, una pesadilla para muchos padres. Lograr que el chiquito duerma "de corrido" y sus papás puedan hacer lo mismo, resulta una misión que atraviesa las generaciones. Una prueba es que el polémico libro "Duérmete, niño", de los españoles Eduard Estivill y Sylvia de Bejar, sigue a la cabeza de los rankings de ventas, ahora, en la Argentina, en una edición de bolsillo. El libro explica cómo enseñarles a dormir bien desde recién nacidos, reglando los tiempos en que se debe dejar que el bebé llore. Pero sus críticos lo señalan como un método conductista que reprime las necesidades primarias y puede producir trastornos emocionales.
Puede volverse un bumerán
Stella Maris Gullián
Los ojos se pueden cerrar, pero el oído no. Es el sentido más difícil de sustraer, el que más condiciones necesita para suspender su "trabajo".
Una mamá que duerme con el baby call todo el día no puede descansar, no puede sustraerse de su función, no puede relajarse para poder volver luego, descansada (y valga la redundancia), a su rol materno, al cuidado de su hijo. Ese cansancio puede abrir las puertas a la irritación e incluso a los accidentes, porque los reflejos no están a la altura de sus posibilidades, con lo cual podemos afirmar que ese exceso de control puede volverse un bumerán y resultar contraproducente.
Pero, sobre todo, ante esta actitud dependiente de ciertas tecnologías que propone el mercado hay que preguntarse qué pasa con esa mamá que no puede descansar en otros, que no puede relajarse si deposita durante un cierto rato el cuidado de su hijo en manos que no sean las suyas. Preguntarse por esa mamá que supone que si abandona ese rol de panóptico su bebé corre peligro, y que sólo ella, y sus ojos, y sus oídos, pueden asegurar que ese niño siga con vida. Sin duda, esa actitud no es buena para la mamá ni para el bebé, y tampoco para el vínculo entre ellos.
Ante la aparición y multiplicación de distintas tecnologías para monitorear y controlar a los bebés, los padres deben seleccionar y preguntarse qué es bueno y qué es malo. Si uno opta por una guardería que tiene cámaras que permiten controlar qué hace el chico, sería interesante que la mamá se pregunte por qué no puede dejar que otros colaboren con ella y con la crianza, por qué no puede descansar en que otros cuidarán bien al hijo.