Su bautismo de fuego fue de los que imponen respeto. 1998. Kosovo, pequeño rincón de los Balcanes donde todavía no había llegado la guerra. ¿Qué ve allí? “Salían de sus casas corriendo, con lo puesto. Venían a los campos de refugiados a las cuatro de la mañana, con cara de susto, sin zapatos, los niños en pijama. Era todo muy triste. Había un odio tan palpable”. ¿Qué más vio? “Recuerdo a un hombre al que habían expulsado de su casa. Le habían matado el ganado. Cuando regresó a su hogar, sólo quedaba el sofá en medio del salón, en medio de la desolación. Lo ve, se deja caer y revienta”. Era una bomba trampa. “Hay que ser malo para maquinar esa escena. Sí, en Kosovo vi por primera vez la maldad. En África, por ejemplo, hay mucha violencia, pero es más sana, entre comillas. Es una barbarie, pero no tan maquiavélica, tan sofisticada”.
Fueron tres meses conviviendo con las miserias de la guerra antes de volver a Madrid. Y de allí, al mar, para olvidar tanta tristeza. “Me embarqué en el Rainbow Warrior, el barco de Greenpeace. Ya había navegado con ellos”. De esas travesías mantiene un recuerdo indeleble en su oreja derecha, un aro que lucen quienes han atravesado por mar el ecuador. “Me costó bajarme del barco. Son un peligro, enganchan de una manera… Te pones a navegar, entras en otro ritmo vital y ahí te quedas”.
Pero le quedaban muchas fronteras por descubrir, más que mares hay, como se advierte en el mapa de al lado. Cooperante, ecologista, comprometida… En Paula Farias se reúnen esos valores solidarios que de vez en cuando irrumpen en una generación aparentemente dormida.
Reconoce la influencia de su labor en su vida privada. “Todo lo que pasa aquí me importa bastante poco, me parece muy trivial. Que si la hipoteca, que si no sé qué. Pero bueno, lo respeto, que yo pago mi hipoteca, ¿eh? Al principio tienes el típico rebote, el de decir a todo el mundo: no sabéis lo que tenéis, sois todos unos materialistas. Es una comparación mal fundada”.
Y después de tanto viaje, ¿dónde pasa las vacaciones? “En el sofá. No hago nada. Bueno, ahora voy a Creta porque mi chico es de allí, a estar panza arriba”. Su refugio es una casita en la isla mediterránea, donde cultiva tomates y patatas, toca la guitarra y se baña en el mar, “vegetando”. Leyendo a sus escritores favoritos: García Márquez, Umbral, Lobo Antunes, Cortázar. Y escribiendo sus propios libros. Uno de ellos, una novela, ya está en manos de una importante editorial que estudia su publicación. “Bueno, en realidad soy escritora de nacimiento y mediquillo aficionada”, dice con socarronería. “Pongo letras a las cosas para saber lo que son. Escribo sobre mi vida cotidiana, no tan cotidiana para mucha gente: cómo enfrentarte a la muerte, cómo el horror se hace común, cómo te manejas con ello”.
Fue en Angola donde descubrió lo peor: el sufrimiento de los niños. “Tienen todos la misma cara, son iguales. Los confundes y tienes que ponerles un brazalete. Cuando empiezan a recuperarse, recuperan también su persona, de pronto son alguien. Ya no te miran como un moribundo y, con lo vacilones que son, te insultan y te llaman blanco. Vale, guay, entonces vamos bien. Puede que nuestra labor sea una tirita, pero una tirita necesaria”.
Paula acaba de llegar de luchar contra la secuelas del terremoto iraní y parte hacia Venezuela a combatir una epidemia de fiebre amarilla. Es optimista, pero sabe que este año también será duro. Y una advertencia: la gran tragedia humanitiaria será en Sudán. Dentro de la mochila, esta vez, junto a su libro de notas, reposa La Odisea. “A ver si la acabo...”.