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/ Publicado el 25 de febrero de 2003

Avances

La llave genética de la longevidad

Investigaciones recientes indican que pronto podríamos acceder a un conocimiento minucioso de la base molecular del envejecimiento, cuya aplicación podría ser casi inmediata.

Autor/a: Dr. Leonard Guarente

Fuente: Colegio de Bioquímicos de Entre Rios

Desde los albores de la conciencia, contemplamos nuestra mortalidad y soñamos con hallar el modo de vencerla. Hasta hace poco, llegar a controlar nuestra longevidad era un tema de ficción que nada tenía que ver con la ciencia. Pero investigaciones recientes indican que pronto podríamos acceder a un conocimiento minucioso de la base molecular del envejecimiento, cuya aplicación podría ser casi inmediata.

Los últimos avances no han sido fruto de investigaciones en seres humanos, ni siquiera en ratas y ratones, sino en simples organismos de laboratorio como la levadura y las ascárides (lombrices intestinales), que nos obligaron a reconsiderar la naturaleza del proceso de envejecimiento.

El pensamiento evolucionista tradicional ve el envejecimiento como un proceso por abandono en la fase posreproductiva de la vida. Conforme a esta visión, numerosos procesos celulares y orgánicos sufren una degradación simultánea y el envejecimiento tiene muchas causas. Para retardarlo habría que remediar las deficiencias posreproductivas de un sinnúmero de genes. Estudios recientes indican que ciertas mutaciones, aun en genes aislados, pueden prolongar la vida y retardar el envejecimiento.

¿Cómo es posible eso si, según la teoría evolucionista, el envejecimiento obedece a numerosas causas concurrentes? Podemos hallar la respuesta examinando las moléculas que constituyen aquellos genes en los que las mutaciones prolongan la vida. Por ejemplo, un gen universal llamado SIR2 determina su duración en las células de la levadura y de las ascárides. Si, mediante una intervención genética, añadimos en ambos organismos un SIR2 suplementario, prolongamos la duración máxima de su vida. A la inversa, si suprimimos el gen SIR2, la acortamos.

Tanto en la levadura como en las lombrices, el SIR2 parece detectar la disponibilidad de alimentos y, en tiempos de escasez, refrenar el proceso de envejecimiento estimulando la formación de tipos especializados (esporas en la levadura y larvas dauer en las lombrices) capaces de sobrevivir sin alimentación por períodos extraordinariamente largos. Cuando las condiciones mejoran, las formas de vida latente reviven y se reproducen. La función de supervivencia que cumple el SIR2 (impedir el envejecimiento y la reproducción durante las hambrunas) es adaptable y, por ende, puede extenderse a otros seres vivos.

Juventud y vitalidad

Así pues, debemos modificar la teoría evolucionista clásica del envejecimiento. En tiempos de abundancia, dicho proceso se desarrolla tal como lo describen los biólogos evolucionistas: a la reproducción siguen el deterioro de muchos genes y una declinación general de los organismos. Pero en épocas de escasez, el programa de supervivencia interviene para retardar el proceso. Y un solo gen puede estimular este mecanismo en una amplia variedad de criaturas.

El SIR2, ¿también estimula la supervivencia en los mamíferos? Un dato interesante: en las células humanas o de ratón cultivadas en laboratorio, el gen SIR2 de mamífero determina la reacción de una célula ante un daño del ADN. Las células enfrentadas con agentes nocivos poseen la capacidad de suicidarse. El gen SIR2 de mamífero modula este proceso: su mayor presencia deprime la reacción letal de la célula, con lo cual impulsa la supervivencia (en este caso, de células cultivadas) tal como lo hace en la levadura y las lombrices.

¿Significa esto que en los mamíferos el envejecimiento es causado, al menos en parte, por la pérdida gradual de células y el consiguiente deterioro de los órganos? Es posible. Pero debemos tener presente que la reacción suicida de la célula es un modo de entresacar células genéticamente dañadas antes de que degeneren en tumores. En consecuencia, una actividad creciente del SIR2 en los mamíferos podría ser, de hecho, cancerígena, al prolongar demasiado la vida de las células averiadas.

Sin embargo, esto parece improbable por dos razones. Primera: desde el punto de vista evolutivo, tiene poco sentido que un gen ungido por la naturaleza para estimular la supervivencia también sea cancerígeno. Segunda: experimentos recientes en ratones alterados genéticamente indican que se puede retardar la reacción suicida de la célula sin provocar un cáncer. Esto indica que hay un "período ventana" durante el cual el retardo de la muerte de la célula no provoca un cáncer y, quizás, estimula la longevidad.

Estos descubrimientos podrían tener inferencias prácticas extraordinarias. Si unos genes aislados pueden determinar la duración de la vida de los mamíferos, nosotros
deberíamos tener la posibilidad de desarrollar drogas que se fijen a las proteínas de estos genes y alteren sus actividades. Así, las drogas retardadoras del envejecimiento podrían estar a la vuelta de la esquina.

Pero esas drogas, ¿prolongarán la juventud y la vitalidad, o simplemente extenderán nuestra estadía en los geriátricos? Para responder a esta pregunta, veamos los efectos de la restricción calórica, que prolonga la vida de los organismos, desde la levadura hasta los mamíferos. En la levadura, en la longevidad activada por la restricción calórica interviene el SIR2. En los mamíferos aún no hemos descubierto la base molecular de la longevidad, pero sabemos que los animales sometidos a esa restricción, además de prolongar su vida, se mantienen sanos y vigorosos hasta el fin.

* El Dr. Guarente es Director del laboratorio para el estudio del envejecimiento.