Marcelo A. Moreno
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Resulta difícil encontrar un mandato social más coercitivo que el de la dictadura de la delgadez.
Esta semana un informe de las Naciones Unidas señaló a la Argentina como el segundo país en el mundo en el consumo de anorexígenos, drogas que inhiben la tan humana sensación de hambre.
Desde el discurso médico hasta la estética pueril de la moda, pasando por toda la parafernalia de los regímenes para adelgazar, los gimnasios convertidos en transpirados templos de multitudes en frenesí y la dilatada industria de lo diet extendida a casi todo bocado —más caro, siempre—, nos viven machacando con el deber ser de ser magro.
No es infrecuente que una conversación entre argentinos comience con observaciones irrelevantes sobre las posibles variaciones de peso de los interlocutores. Porque no hablamos de obesidad sino de aquellos casi epidérmicos, aunque insuperables, kilos demás.
Es que la preocupación agobiante no pasa por la salud sino por la pura apariencia. Y esa misma preocupación, ahondada en tiempos difíciles como los de la adolescencia, nos ha obsequiado dos enfermedades que se propagan, veloces: la bulimia y la anorexia, que ya han acabado con vidas tempranas.
Que el tema de la figura haya pasado a ser entre nosotros una cuestión trascendental habla de la enferma frivolidad argentina.
Y lo increíble es que produce sufrimiento. Y a manos llenas. He visto mujeres —víctimas de la presión social, ya que las gorditas se ven expulsadas del mercado del deseo— someterse a un variado género de padecimientos para terminar renunciando a los más inocentes placeres —una torta, un helado— en nombre de la línea. Muchas han coronado este inaudito camino tiradas en un diván, rumiando que su principal conflicto en la vida consiste en que no le entra el pantalón del año pasado.
Conozco a chicas que han perdido —¿para siempre?— la posibilidad de explorar eso que antes se llamaba la vida del espíritu porque han encaminado toda su energía y toda su inteligencia en combatir su propensión a comer dulce de leche o ñoquis con estofado. Y cada vez más los varones las siguen en el culto a lo descarnado.
Pareciera que todos comulgáramos en una especie de monoteísmo bobo, con sus sacerdotes, sus ritos y sus expiaciones. A esa nueva deidad delgada hasta le hacemos sacrificios humanos, lo que suena al menos paradójico en una sociedad que no terminó con el oprobio del hambre.
El tótem de esta devoción aún no se diseñó. Pero seguramente será un envase de alimento o bebida en cuya etiqueta se enumerarán las muchas virtudes del producto pero se aclarará que su contenido es ninguno.