Noticias médicas

/ Publicado el 9 de septiembre de 2006

Biología

Jaque al cáncer

Sebastián Amigorena estudia el sistema inmunológico y es uno de científicos que más conoce acerca del cáncer. El biólogo argentino dice que breve habrá una revolución en la lucha contra la enfermedad más temida.

Caminando por la calle Cabello con su largo piloto verde, Sebastián Amigorena parece un turista en su propia casa. Hace meses que aterrizó aquí, en el barrio de su infancia. Vino con su esposa francesa y sus tres hijos, los que adoptaron la Argentina con auténtica pasión. Ahora, cuando está a punto de irse, para él todo es natural y extraño al mismo tiempo. En 1966, después de la infame Noche de los Bastones Largos, cuando la dictadura de Juan Carlos Onganía intervino la Universidad de Buenos Aires, su padre, un profesor de citología, decidió exiliarse en Uruguay. El golpe de Juan María Bordaberry, en 1973, terminó anclando a toda la familia en París. Ahora, Francia acaba de otorgarle el honor de incorporarlo a su Academia de Ciencias, por las investigaciones que hizo en el Instituto Curie sobre inmunología y cáncer. Algún día, espera Amigorena (de profesión biólogo y con 45 años de edad), los científicos podrán enseñarle al propio sistema de defensa del cuerpo a reconocer a los tumores malignos como los enemigos que son y combatirlos. Suena utópico, pero en esa dirección avanza la ciencia. "Habrá una revolución en diez años", anuncia el científico con la autoridad de ser uno de los líderes de esa precisa insurrección. Al fin y al cabo, está en la primera fila de la brigada mundial contra el cáncer.

Amigorena bien podría haber sido profesor de literatura, y la humanidad se habría perdido de una mente exquisita para la investigación científica. Por suerte para todos nosotros, porque algún día podríamos beneficiarnos de su trabajo, no le fue bien cuando tuvo que hacer un análisis sobre poemas del medioevo y largó la carrera. Su destino cambió una vez que iba caminando distraído por las calles de París y se encontró con un viejo amigo de su padre, Eduardo Pirosky. El hombre era un biólogo argentino que vivía en Francia; lo invitó a ir a su laboratorio a trabajar, aunque no tuviera experiencia alguna con tubos de ensayo y pipetas. Fue, y le pareció divertidísimo: le ponían tubitos a las ratas en los riñones, para estudiar los agentes de inflamación. "Cada vez que salía un juguito era una fiesta", recuerda ahora.

Con esa imagen en mente, Amigorena se anotó en Biología (y pensar que esa materia le había parecido "tonta" en la secundaria). Fue un alumno más o menos regular hasta que descubrió la inmunología y se enamoró. Literalmente.

Perdidamente. Desde entonces, fue un pibe diez. Se recibió, siguió en la Universidad de Yale, y ahora su trabajo lo colocó en la Academia de Ciencias de Francia. Todo un mérito. Es difícil que esta venerable institución le otorgue un lugar a un científico menor de 50 años. Y, en general, sus puestos están reservados para científicos de más edad, físicos o matemáticos. Un biólogo de menos de cincuenta es una rareza.
Una rareza argentina. De hecho, es el primer rioplatense en incorporarse a las filas de la institución.


LAS CELULAS DOMADORAS

¿Qué hizo que Amigorena sucumbiera ante los encantos de la inmunología? Tacita de té mediante, él busca las palabras en español para xplicarlo. Dice que el sistema inmunológico tiene bastantes aspectos comunes con el sistema nervioso, aunque las reacciones de cada uno son totalmente diferentes. El sistema nervioso se ayuda de los cinco sentidos para percibir las cosas. El inmunológico actúa con una percepción invisible, inaudible ante la presencia de un ser peligroso: un agente patógeno. Pero, a pesar de que se mueve como un fantasma, Amigorena cree que la ciencia cuenta con las herramientas para descifrar su funcionamiento. No está an seguro de que pueda ocurrir lo mismo con el sistema nervioso. Y eso lo apasiona de verdad. "Vamos a llegar a un nivel de comprensión para curar enfermedades –asegura–. Sabemos que pronto vamos a poder manipular casi a voluntad el sistema inmunitario." La inmunología pasó su era de oro con el descubrimiento de las vacunas. Pero luego entró en una meseta. Se pensó que todo estaba hecho. Y no. Y aquí es donde entran en acción Amigorena y otros colegas de revolución.

Resulta que el sistema inmunológico tiene un archivo de recuerdos que se lo da la evolución. Ante determinadas circunstancias sabe qué hacer porque se lo fue aprendiendo con la historia de la Humanidad. El cáncer, dice Amigorena, es principalmente una enfermedad de la vejez. Y la vejez es un hecho ligado a la modernidad, con lo cual, el sistema inmunológico no sabe crear anticuerpos para reconocer una célula tumoral, señalarla como peligrosa. "El cáncer es generado por células propias. No sabemos cómo defendernos de ellas. No las reconocemos. Esto es porque el cáncer no es un peligro evolutivo."

Amigorena centra su trabajo en entender cómo funcionan unas células que se llaman dendítricas, que son como la vanguardia armada del sistema inmunológico. Este tipo de células están presentes en la piel y en las mucosas; se la pasan vigilando todo el tiempo si hay amenazas: "Si ven el peligro se comen el agente patógeno y empieza la respuesta inmunitaria".

Amigorena persigue un objetivo ambicioso y elusivo, que es "enseñarle a uno mismo a defenderse de su cáncer. Es algo a largo término". De todos modos, dice, ya hay decenas de vacunas diferentes que están siendo ensayadas, con resultados parciales. Hay vacunas contra melanomas, cáncer de pulmón, colon y HPV. "Hay pacientes que se curan, otros que no." Pero el futuro es una postal increíble, y curarse del cáncer con defensas propias tal vez no sea sólo ciencia-ficción.