Arte & Cultura

/ Publicado el 15 de abril de 2008

Premio Pullitzer 2008

Imágenes de un largo adiós

La despedida familiar de una enferma de cáncer en conmovedoras imágenes.

¿Quién ignora que la muerte es inexpresable? ¿Quién tiene la vanidad de creerse dueño de las palabras que la nombran? Las imágenes que acompañan este artículo dan cuenta del estupor y la perplejidad que produce en las personas el enfrentamiento con la única certeza sobre la que no sería lógico dudar pero acerca de la que, secretamente, todos lo hacemos. Paul Auster hace decir a uno de sus personajes que: “el misterio de lo que aún no ha ocurrido podía guardarse en la memoria”. Como el huevo de la serpiente, los rastros de lo que seremos están inscriptos en el presente. La muerte es un recuerdo del futuro. Una aguja que, por fuera del estruendo del mundo, siempre estará allí para recordarnos lo que fatalmente somos.

En estas fotografías la muerte se sienta a la mesa familiar. Ronda las reuniones más íntimas y deja ver en las personas la mueca del esfuerzo que cada uno hace por adherirse a los retazos últimos de la persona que aman. Para apropiarse con desesperación de la materia prima de sus recuerdos. Finalmente el eco de esos momentos resonará en ellos durante el resto de sus días.

Lo que se llevará Carolynne para siempre será esa imagen de cada uno de los miembros de la familia que ella construyó a lo largo de su –corta- existencia. ¿Qué sucede con esa versión única -que de nosotros tienen los demás- cuando ellos mueren? Tal vez sea exactamente eso lo que desaparece, lo que no tiene remedio, lo que añoran el dolor y la nostalgia. Ese modo único en que nosotros mismos éramos en la persona que nos deja. Los hijos de Carolynne guardarán el recuerdo de su madre y se aferrarán a él eternamente. Pero saben, o intuyen, que esa réplica de ellos mismos modelada en el corazón de Carolynne será una pérdida aún más brutal e irreparable.

 Una mujer habitada por los demonios de la muerte lleva por los pasillos de la casa la sombra del desasosiego, el estertor agónico de una llama que se apaga. La muerte nos devolverá a la vida de los otros de donde, finalmente, hemos venido. Aquí una familia ha podido nombrarla por fuera del lenguaje. Lo hizo con el silencio rotundo de lo que resiste a las denominaciones, con la lengua del gesto de espanto y la caricia elocuente de una mano que toca, de un abrazo que consuela. ¿Por qué el llanto emplea sonidos guturales y no palabras para llorarse? ¿Quién de ustedes a llorado palabras?

Una fotógrafa se interna en la cruel intimidad de la más larga, de la única despedida. Un grupo de seres atónitos se interrogan con el cuerpo. Allí comienzan a tatuarse en la memoria futura -bajo el fuego arrasador de los útlimos días- esa antigua pregunta que no tiene respuesta pero que aún así no podemos dejar de formularnos, ¿por qué?

 Daniel Flichtentrei


DOS AÑOS DE FOTOGRAFÍAS
El Pulitzer refleja un año más la batalla final contra el cáncer

ELMUNDO.ES

MADRID.- El año pasado fue Derek y éste, Carolynne. El premio Pulitzer ha vuelto a reconocer entre sus galardones de 2008 un reportaje fotográfico que refleja los últimos meses de batalla de un paciente con cáncer. Si en 2007 el protagonista era el pequeño Derek, en esta ocasión las imágenes captadas por la cámara de Preston Gannaway retratan la lucha de una mujer de 44 años enferma de cáncer de hígado hasta su muerte.

Preston Gannaway se ha llevado el prestigioso galardón de la Universidad de Columbia por su trabajo publicado el año pasado en las páginas del Concord Monitor, un diario de New Hampshire (EEUU). El periódico, que la fotógrafa acaba de abandonar hace un mes para iniciar otra andadura profesional, es el medio más pequeño en recibir uno de los "Pulitzer" de este año.

El premio en la categoría de reportaje fotográfico, dotado con 10.000 dólares, ha querido reconocer el proyecto "Recordadme" ("Remember me", según su título original en inglés) que detalla día a día los dos últimos años de vida de Carolynne St Pierre y su lucha contra un cáncer hepático. Pero también, o sobre todo, cómo afectó el diagnóstico y la agonía de Carolynne a su marido, Rich, y a sus tres hijos: Melissa (14 años), Brian (12 años) y Elijah (cuatro años).

Durante dos años, Gannaway y una redactora del Concord, Chelsea Conaboy, se colaron en la vida de los St. Pierre con la intención de reflejar el maremoto emocional que desencadena el cáncer en el seno de una familia. Precisamente, un aspecto que ha destacado el jurado del Pulitzer en su justificación: "Por su crónica íntima de una familia enfrentándose a la enfermedad terminal de un padre".

Por las 19 imágenes premiadas se filtran los aprietos económicos de la familia para pagar el tratamiento, las dificultades para trasladarse hasta el hospital a recibir la quimioterapia, los momentos de abrazos con sus hijos, las Navidades, las náuseas y la caída del cabello... Y más tarde también los cuidados paliativos, el dolor o la elección de un ataúd para Carolynne. Porque la cámara de Gannaway les acompañó hasta su último aliento, hasta el día de su muerte en casa, rodeada de los suyos.

El año pasado, los papeles protagonistas de esta cruel historia estaban invertidos. El jurado reconoció entonces las imágenes de Renée C. Byer, que reflejaban los últimos días de vida de un niño con cáncer terminal y cómo afrontaban su madre y sus hermanos las dificultades económicas, sociales y médicas que implica esta enfermedad.

 


Carolynne trata de recomponerse luego de ver un video de sus hijos. Una prima y su hermana la asisten. El médico ya le confirmó que le quedan semanas de vida.

 

Durante un cumpleaños familiar con su madre dos semanas antes de morir.

Su esposo la conforta antes de una RMN

Carolynne observa a su hijo menor

Carolynne y su hijo menor

Luego de la muerte de Carolynne, su marido -junto a uno de sus hijos- planta un árbol en su memoria.

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