Producciones de los alumnos al finalizar el curso de Habilidades Narrativas para la práctica médica
Un curso que no sólo sirve a los pacientes
Por Diana Rodríguez
Intuía, y casi con certeza sabía, que permitirme atravesar la puerta de ingreso al curso de Habilidades Narrativas iba a ser bueno...
Luego de experimentar con gusto cada uno de los encuentros, me di cuenta de que estaba involucrándome en un interesante cambio de postura, tanto para mi andar como pediatra como para las actividades de la vida diaria.
Me invitó a escuchar y vivenciar otros horizontes para mí desconocidos, y también a conectarme con emociones, historias y estrategias propias, que tenía prolijamente paralizadas dentro mío.
Fue una experiencia que recomiendo a toda aquella persona que se perciba activamente abierta a encontrar, o reencontrarse, con un modo de ser y transitar la vida y, con ello, hacerla algo más amplia, iluminada, respetuosa y sensible.
También me gustaría destacar que lo experimentado fue acompañado por un grupo muy cálido, receptivo y generoso de profesionales, tanto los docentes como mis compañeros, que engrandeció todo aún más.
.....¿y cómo continuar?...Esa es la tímida pregunta que me atrevo a hacer....Es mi idea seguir, apropiarme de aquellas herramientas que me ayuden a mejorar mis habilidades de comunicación y de generar empatía, y de todas aquellas que me faciliten la capacidad de dar y recibir relatos, manteniendo por el tiempo que la vida me preste..., esa sensación de “enamoramiento” que me llevó a vivir esta experiencia y, que sin duda, sigo disfrutando...
Esto me hace acordar a…
Por Carmen De Cunto
¿Quién puede imaginarse a un médico contando cuentos?
Los cuentos nos dan permiso para imaginar, nos ayudan a ayudar y debilitan nuestro miedo frente al no, al nunca, al siempre.
Los cuentos nos enseñan a cambiar de atuendo y de lugar.
En el jardín japonés
Había una vez en un jardín japonés una pareja de ancianos que vivía casi oculta en un rincón oscuro rodeado de árboles. Los días eran largos y a veces fríos, allí todo era lento: sus movimientos, sus voces casi susurros.
Todas las mañanas miraban sus caras en un estanque y se lamentaban de lo que veían, sus cuerpos cada vez más retorcidos y torpes.
Un día pasó por ahí una mariposa que escuchó sus lamentos y empezó a revolotear sobre ellos para llamarles la atención. Los ancianos la vieron y comenzaron a seguirla, primero con la mirada y luego muy despacio con todo su cuerpo.
Sin darse cuenta estaban caminando hacia el puente que cruzaba el estanque, siempre embelesados por el color y la danza de la mariposa.
Así fue que llegaron al final del puente. Allí todo era luminoso y cálido, reclinaron sus caras hacia el estanque y se vieron hermosos, felices y unidos.
La mariposa se fue pero volvió cada 7 días para repetir el mismo ritual.
El concurso
Una vez hubo un concurso de trencitos de juguete en mi pueblo. Todavía puedo ver el cartel que decía:
“Traiga su tren de juguete, no importa el color, el tamaño, el tiempo que hace que lo tiene, si es rápido o lento, la única condición para participar es que funcione”. Lo esperamos el domingo a las 4 de la tarde en la plaza”.
El cartel no aclaraba nada más, no sabíamos en base a qué se elegiría al ganador.
Ese domingo se presentaron 56 trencitos con sus respectivos dueños, cuyas edades iban desde 3 a 89 años.
Por fin, el organizador del concurso, el dueño de la juguetería más grande del pueblo, explicó en qué consistiría el concurso. Se trataba de una carrera de regularidad.
Colocaron todos los trenes en los puestos de largada y a las 4hs. 15 minutos exactos comenzó la carrera.
Los trenes más modernos estaban dirigidos a control remoto, había eléctricos (que requirieron de una pista especial) y también a cuerda. El que durara andando más tiempo ganaba.
A pesar de que la carrera fue larga la gente seguía entusiasmada alentando a sus favoritos, los gritos de aliento se mezclaban con el andar ruidoso de los juguetes.
Los modelos más modernos empezaron a tener fallas técnicas: se acabaron las pilas y no había repuestos, hubo corte de energía central por la sobrecarga de voltaje, etc., etc.
Adivinen quién ganó…, el trencito de lata de mi abuelo, que tenía cuerda para rato.
