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/ Publicado el 2 de noviembre de 2025

Un escenario legal aún indefinido

Gestación subrogada y psiquismo fetal: un cruce entre el deseo, el cuerpo y la subjetividad

Este texto propone una mirada psicoanalítica sobre las implicancias de la práctica en la constitución psíquica del bebé, el cuerpo y la vivencia emocional de la mujer gestante, así como el lugar simbólico de la madre receptora.

Autor/a: Lic. Silvana Robles

La gestación por subrogación de vientres es una práctica que ha ganado visibilidad en Argentina en los últimos años, a pesar de la ausencia de una legislación específica que la regule. En este contexto legal difuso, surgen interrogantes, no solo éticos y jurídicos, sino también psicológicos y subjetivos. 

Esta práctica contemporánea de gestación subrogada nos convoca a los Profesionales de la Salud Mental a explorar las posibles implicancias que esta modalidad presenta en la futura constitución psíquica del bebé, como así también en la vivencia emocional de la mujer gestante y la que será luego su familia. 

Partiendo de esta base, podemos arribar a una primera diferencia: el acto de concepción deja de ser intimo, sexual, para convertirse en una practica médica, con luces de quirófano, ingesta de hormonas, espéculos y tubos de ensayo en el contexto de un consultorio, acompañado por la firma de un contrato que a medias oficia de ordenador para todas las partes, inscribiendo así el deseo, la desvinculación y la contratación. En este contrato explicito, de un lado hay un anhelo de ser padres; entonces, la subrogación viene a dar una respuesta contemporánea a esta imperiosa necesidad, se intercepta en el discurso del mercado reproductivo, generando tensiones entre el deseo, el derecho y la ética.

En la subrogación se produce una disociación entre quien gesta y quien ejercerá la función materna o parental. La mujer gestante pone su cuerpo al servicio de un proyecto parental ajeno, muchas veces mediado por acuerdos legales o incluso por necesidades económicas. El cuerpo se vuelve un medio, no un lugar simbólico de maternidad; adquiere una dimensión instrumental, concreta.

Desde una perspectiva filosófica, la subrogación de vientres abre debates fundamentales sobre el significado de la libertad, el uso del cuerpo y la relación humana. Michel Foucault ha reflexionado sobre cómo los cuerpos son administrados y regulados por estructuras de poder. En este caso, el cuerpo de la mujer gestante se convierte en un lugar donde confluyen el deseo ajeno, las condiciones económicas y los marcos jurídicos, cuestionando si la elección de gestar puede considerarse plenamente libre cuando está atravesada por la necesidad.

Desde esta óptica, el niño nacido por subrogación no es simplemente el producto de un acuerdo, sino el resultado de un entramado de vínculos humanos. La pregunta filosófica seria si las condiciones de origen —la ausencia de un lazo afectivo con quien lo gestó— pueden inscribirse en su subjetividad como una marca de origen, un punto de interrogación sobre su constitución como sujeto deseado.

A. Rascovsky, psicoanalista argentino, postuló que la vida psíquica del ser humano comienza en la etapa intrauterina, en la que el feto no es un ser pasivo, sino un sujeto en formación que recibe inscripciones afectivas desde el cuerpo materno. El útero opera como el primer continente psíquico, un espacio donde comienzan a gestarse los primeros trazos de la subjetividad. Lo que implica que la calidad del vínculo emocional entre madre y feto tiene efectos en la constitución del aparato psíquico.

La psicoanalista Françoise Dolto desarrolló el concepto de "imagen inconsciente del cuerpo" para referirse a la representación subjetiva y simbólica que cada persona tiene de su cuerpo, construida desde la infancia a través del lenguaje, las relaciones y las experiencias afectivas. En esta imagen confluyen tanto las vivencias reales como las fantasías, los deseos y las prohibiciones. Podemos pensar cómo la mujer gestante incorpora simbólicamente el embarazo en su representación corporal. Aunque no desee ejercer la maternidad, su cuerpo experimenta los cambios, los movimientos y las sensaciones propias de gestar una vida. Esta vivencia no puede ser completamente escindida del psiquismo: el embarazo deja huellas en la imagen inconsciente del cuerpo, que podrían generar conflictos posteriores si la entrega del bebé no es acompañada por un proceso de simbolización.

Para Dolto, el cuerpo habla incluso antes del lenguaje, y lo hace a través de la relación con el otro. Así, el hecho de que el bebé no se quede con la gestante puede provocar una fractura en esa imagen corporal, especialmente si el entorno social y afectivo no valida ni reconoce su experiencia. La mujer puede quedar atrapada en una contradicción subjetiva: su cuerpo ha gestado, pero el discurso legal y social le niega ese vínculo como significativo.

Siguiendo a A. Rascovsky, podemos pensar que el psiquismo fetal se construye a partir de la relación emocional con la madre gestante: ¿qué sucede cuando esa madre no ejerce deseo materno ni proyecta identificaciones sobre ese hijo? Esta ausencia simbólica podría dejar una huella inconsciente, una especie de "vacío afectivo" intrauterino. El feto no necesita solo alimento y oxígeno, sino también una carga afectiva que le ofrezca huella emocional. En la gestación por sustitución, esa carga puede estar ausente o ser ambivalente, especialmente si la mujer gestante vive el proceso con tensión, presión económica o desvinculación afectiva.

Los avances en neurociencias afectivas y epigenética sugieren que el entorno uterino, mediado por las emociones de la mujer gestante, influye directamente en la maduración del sistema límbico y la regulación emocional del feto. 

Investigaciones de Vivette Glover y otros equipos muestran que la exposición prenatal a niveles altos de cortisol —hormona del estrés— está asociada con mayor reactividad emocional, patrones de ansiedad o dificultades en la autorregulación de los bebés.

Estas huellas tempranas, inscritas en la biología afectiva del niño, no se traducen en recuerdos conscientes, pero sí forman parte de una matriz sensorial que se activa en el vínculo posnatal. En contextos de subrogación, cuando el cuerpo gestante es reemplazado inmediatamente por otra figura materna, puede haber una ruptura perceptual: el bebé no encuentra los patrones sensoriales -voz, latido, temperatura- a los que fue habituado intraútero. Esto no implica daño inevitable, pero sí subraya la importancia de un entorno posnatal que narre simbólicamente esa transición, permitiendo al niño construir una narrativa de origen integradora.

La identidad no se constituye solo a partir de datos genéticos o legales, sino también por los relatos afectivos que den sentido a la pregunta “¿de dónde vengo?”. Cuando estos relatos son omitidos, distorsionados o negados, pueden surgir en la infancia o adolescencia fantasías de abandono, de reemplazo o de desarraigo.

El niño nacido por subrogación necesita no solo cuidados físicos y afectivos, sino también un lugar simbólico en la historia de quienes lo reciben. Incluir su origen gestacional en los relatos familiares puede ser una forma de ofrecerle una inscripción subjetiva que repare o integre las posibles disonancias entre su experiencia sensorial prenatal y su realidad posnatal.

La madre que recibe al bebé sin haberlo gestado también transita un proceso subjetivo complejo. La imposibilidad de experimentar el embarazo puede vivirse como una pérdida simbólica, dando lugar a fantasías inconscientes que buscan reconstruir el lazo prenatal ausente.

La gestación, más allá de su dimensión biológica, suele funcionar como una etapa de apropiación simbólica del rol materno. Cuando esta etapa se omite, la madre receptora puede enfrentarse a una sensación de "desfasaje identitario" respecto de su lugar materno. En muchas mujeres, aparecen fantasías de robo o de usurpación, como si al no haber pasado por el embarazo, se cuestionara su legitimidad como madre. También puede surgir una angustia relacionada con la mujer gestante, vivida como una sombra 
materna que permanece en el inconsciente, especialmente si el proceso no fue elaborado simbólicamente.

Por eso, la construcción del vínculo madre-hijo requiere en estos casos de un trabajo psíquico particular: el deseo debe volverse palabra, representación, continente simbólico que ofrezca al niño un lugar de origen más allá del cuerpo que lo gestó.

Con el deseo de tender un puente entre la subrogación y sus consecuencias psíquicas, podemos pensar que el cruce entre la práctica contemporánea de la subrogación y la teoría psicoanalítica sobre la construcción del psiquismo, obliga a repensar los límites entre el deseo, el cuerpo y la subjetividad. Más allá de los acuerdos legales, la gestación es un acto profundamente vincular, cargado de afecto y significado. Reconocer esto no implica rechazar la subrogación, sino enriquecer el debate con una mirada que contemple también lo psíquico, lo humano y lo filosófico.

Una regulación ética de esta práctica debería incluir no solo derechos legales, sino también dispositivos de cuidado emocional y reconocimiento subjetivo para todas las partes involucradas.

 

 


* Lic. Silvana Robles, MN40.464, MP 96903, Licenciada en Psicologia, Psicoanalista y Especialista en Drogadependencias de la UNT.