Cuando los familiares de Leonardo Molina se despidieron antes de que él entrara en el quirófano para que le extirparan el apéndice, ninguno imaginó que poco más tarde algunos de ellos participarían de la cirugía. Un corte de luz, que dejó a oscuras el quirófano e inutilizó el grupo electrógeno secundario del Policlínico Juan Domingo Perón, de Villa Mercedes, en San Luis, hizo que los desesperados familiares ingresaran en el quirófano e iluminaran con la luz de sus celulares al paciente para que los médicos pudieran continuar con la intervención.
“Me llamaron mi mamá y mi hermana para que fuera de urgencia al policlínico porque se había cortado la luz”, narró ayer a LA NACION el hermano de Leonardo, Ricardo Molina. “Los médicos habían llamado a Defensa Civil y a la policía porque estaban sin luz, y entonces yo empecé a pedir linternas, pero no había nada en la parte de quirófanos”, explicó.
La familia Molina asegura que fue la desesperación la que los llevó a ingresar en la sala de cirugía sin estar autorizados y tal como estaban vestidos. Fue entonces cuando a los médicos se les ocurrió que alumbraran con sus celulares, según recuerda la esposa del paciente. “La operación operación duró casi dos horas, que fueron los minutos más desesperantes de nuestras vidas", dijo la mamá de Leonardo, al recordar lo vivido hace ya una semana.
El sábado 21, el paciente llegó con su esposa al policlínico local con los síntomas más frecuentes de una apendicitis. Luego de realizarle los estudios necesarios para confirmar que se trataba de una inflamación del apéndice, los médicos decidieron extirpar el apéndice mediante una cirugía que hasta ese momento no presentaba más riesgos que los que suele tener una apendicectomía.
Pasadas las 18, Leonardo ingresó en el quirófano. "La cirugía empezó sin inconvenientes, pero cuando el equipo médico estaba interviniendo al paciente se cortó la luz. Faltaba alrededor de una hora para terminar la operación, que suele durar de una hora y media a dos horas", explicó por vía telefónica a LA NACION el doctor Darío Maurer, director del policlínico ubicado a 90 kilómetros de la ciudad de San Luis.
Un apagón en una parte de la ciudad alcanzó al hospital y las luces de emergencia no se activaron. La operación comenzó a demorarse y la oscuridad en el quirófano que los familiares veían desde el pasillo donde estaban esperando impulsaron al padre de Leonardo, Omar Molina, a golpear la puerta de la sala de operaciones e ingresar como estaba vestido para preguntar qué pasaba.
"Necesitamos luz", dijeron los familiares consultados que fue la respuesta de los médicos. Pero, también, fue el disparador de una carrera alocada por los pasillos en busca de una solución.
La batería y una óptica de un vehículo Renault 9 estacionado en la guardia del policlínico más un cable de ventilador sirvieron, por un momento, para llevar luz a los profesionales que trabajaban en penumbras.
El esfuerzo no fue suficiente, por lo que el padre del joven paciente volvió a los pasillos a recolectar celulares para que los médicos pudieran finalizar la operación. Según la esposa de Leonardo, la idea de usar celulares nació de los médicos (ver aparte).
Pero la pesadilla de la familia Molina, según sus relatos, aún no había terminado. Mientras no se pudo utilizar el respirador mecánico por falta de energía, "tampoco funcionó el manual que estaba descompuesto", aseguraron.
Versiones cruzadas
Para el director del hospital, los hechos se sucedieron de la siguiente manera: "Los familiares estaban en el pasillo, donde tampoco había electricidad. Desesperados, irrumpieron en el quirófano y le preguntaron al equipo médico si necesitaba luz. Los médicos pensaron que se trataba de personal de mantenimiento y le dijeron que sí. Fue ahí cuando los familiares entran en el quirófano y les empiezan a alcanzar teléfonos celulares".
Según Maurer, el equipo formado por tres cirujanos, una enfermera, una instrumentadora y el anestesista -todos a cargo del cirujano Facundo Posadas- trabajó a la luz de los diez celulares reunidos entre 10 y 20 minutos. "Eso duró hasta que arrancó el nuevo grupo electrógeno que estábamos instalando en el hospital porque ya habíamos tenido muchos cortes de luz que, suponemos, es por esto de la crisis energética que vive el país", dijo Maurer.
Sin embargo, para los Molina, el lugar estuvo sin luz durante aproximadamente una hora y el hermano del paciente llegó a afirmar que a Leonardo "casi se le había ido la anestesia".
Maurer, en cambio, indicó que el anestesista continuó con su trabajo con ayuda del respirador artificial utilizado en forma manual. "El monitoreo cardiológico no se pudo seguir haciendo porque se cortó la luz, pero se utilizó un saturómetro, que funciona a batería, para controlar la oxigenación de la sangre", señaló.
El policlínico de Villa Mercedes posee tres grupos electrógenos; uno para abastecer energía a cada sector. "Cuando se cortó la luz, justo se quemó la bobina del equipo del sector donde ahora están funcionando los quirófanos, porque el lugar original lo estamos remodelando -precisó el responsable del policlínico-. No hay forma de prevenir que se queme la bobina." Hace dos meses, comentó también, un corte de luz quemó seis incubadoras en el área de neonatología y tres respiradores. "Cuando volvió la luz, llegó con más de 220 voltios y eso nos dañó todos los equipos", agregó.
La familia asegura que todavía les preocupa la salud de Leonardo, ya que lo que primero fue una simple apendicitis, aseguró, "terminó en peritonitis", que es la inflamación del peritoneo, el tejido que recubre la pared del abdomen y cubre los órganos abdominales. Además, el hermano del paciente mencionó que Leonardo tendría una infección posquirúrgica.
Por su parte, el Ministro de Salud provincial, Eduardo Gomina, minimizó lo ocurrido. "Lo que pasó es que se cortó la luz y el generador que se había probado unos días antes no funcionó -dijo-. Además, la luz de emergencia se quedó sin batería. Pero hay que destacar la entrega y pericia del equipo médico que pudo llevar a buen puerto una situación tan inesperada."
Por Fabiola Czubaj
De la Redacción de LA NACION
Con la colaboración de: Claudia San Martin
Cuando el celular es una fuente de luz
Puede aportar una hora de iluminación
La luz de la pantalla de un celular es uno de los componentes del teléfono que más energía consume. Por eso, al cabo de entre 15 y 30 segundos, se apaga automáticamente. Por añadidura, cuanto más brillo se le da a la pantalla (este valor puede ser configurado por el usuario), más batería gasta.
Un celular estándar ofrece, a plena carga, unas 6 a 8 horas de conversación. Si no se lo usa en absoluto puede estar entre una y dos semanas sin necesitar una recarga.
En cuanto al celular como linterna, es una solución práctica usada con frecuencia, cuando no hay otra fuente de luz disponible, y con su carga al máximo puede ofrecer como mínimo una hora de iluminación, posiblemente más. Gustavo Wrobel, director de Comunicaciones Externas para América latina de Motorola, confirmó a LA NACION este dato.
"En pruebas informales, probando funciones de un equipo y cosas así, lo que obliga a tener la pantalla activa todo el tiempo, puedo decir que con el display siempre encendido las baterías de un teléfono nuevo van a durar como mínimo entre 40 minutos y una hora", dijo.
Por varias horas
En el blog de los desarrolladores de Windows Mobile (http://blogs.msdn.com/windowsmobile/archive/2006/08/04/689069.aspx ) hay un dato más alentador. La luz de la pantalla consume unos 45 mA, diez veces más que el teléfono en standby. Así que, como linterna, podría durar varias horas sin agotar sus baterías.
Esto depende, desde luego, de al menos cuatro factores.
Primero, la carga restante en la batería. Segundo, el cuidado que se le haya dado a esa batería. Tercero, la calidad de la batería. Y cuarto, de que haya otros sistemas en el teléfono consumiendo energía. Por ejemplo, la conexión inalámbrica por Bluetooth, si está activada, busca dispositivos todo el tiempo, afectando la duración de la batería.
Ariel Torres
"Lo único que hacía era pedir a Dios para que saliera bien"
Lo dijo Andrea, la esposa que vivió la operación desde afuera
Andrea Ojeda vivió el peor momento de su vida sola y a oscuras, según recuerda. En el Policlínico Juan Domingo Perón, de Villa Mercedes, se había cortado la electricidad y a su marido lo estaban operando sólo con la luz que brindaban diez celulares. Además, le dijeron que la intervención quirúrgica se había complicado.
"Empecé a llorar y no me animé a entrar. Tenía miedo, mucho miedo. Lo único que hacía era pedirle a Dios para que saliera todo bien", contó ayer Andrea a LA NACION a poco más de una semana de la operación.
El sábado pasado, Andrea salió con su marido desde su casa hacia el hospital local para una operación que parecía de rutina. Cuando llegaron, todo parecía normal y la intervención comenzó como cualquier otra. "A los 15 minutos se cortó la luz y con mi suegro no sabíamos qué hacer", relató desde Villa Mercedes esta ama de casa, de 29 años.
En ese momento, los médicos del hospital todavía creían que la luz podía volver, pero pasaban los minutos y seguía sin haber electricidad. La propuesta de alumbrar con los celulares "fue de uno de ellos", dijo.
Pidiendo celulares
"Mi cuñado y mi hermano entraron con sus teléfonos para iluminar y yo me quedé afuera encargada de pedirle el celular a cada persona que pasaba. Todos nos prestaron el suyo", contó.
Entonces, uno de los familiares le ofreció entrar al quirófano para colaborar, pero ella se negó. "Quizá podía haber ayudado, pero en ese momento no pude. Me quedé afuera sola y a oscuras", continuó.
Antes de que terminara la operación, recordó Andrea, llegaron unos amigos de su esposo y pasó los siguientes minutos acompañada. "Por suerte, después salieron los médicos y me dijeron que estaba todo bien", comentó. Leonardo sólo se enteró de todos los problemas que tuvieron cuando terminó la operación. "Estaba nervioso y lloraba. No lo podía creer", dijo.
Andrea y Leonardo están juntos desde hace más de 10 años. El es chapista y trabaja en el taller con su padre, Omar. En realidad, padre e hijo son porteños y llegaron a San Luis hace 20 años.
Cuestión de amor
"Yo me enamoré de Leonardo hace 13 años y nos fuimos a vivir juntos cuando cumplimos los 18", recordó. Al poco tiempo, llegaron los hijos: Daniel es el más grande y tiene 7 años; Hernán es el menor y cumplió dos.
"Mi hijo más grande vio a los medios [de comunicación] y a la gente que se acercaba y se dio cuenta de lo que pasaba. Nosotros sólo le habíamos dicho que papá se había ido a operar", se resignó Andrea. Para ella, los héroes de la jornada fueron los médicos que operaron a Leonardo.
"No tengo palabras para describir lo bien que se portaron con nosotros. Estuvieron acompañándonos y operaron a pesar de todas las dificultades. Son un ejemplo", los retrató.
Andrea, en cambio, no guarda el mismo recuerdo de Darío Maurer, director del hospital. "Estaba en el mismo edificio que nosotros, pero fue incapaz de acercarse a hablar con nosotros. Salió a responderles a los medios sin nuestra autorización", se quejó.
Hace tres días, Leonardo Molina recibió el alta médica y pudo volver a su casa después de la operación. De todos modos, todavía tiene que concurrir al policlínico una vez por día. Lo hace siempre acompañado por Andrea. Cuando llegan al hospital, sólo esperan que haya luz...
Por Agustín F. Cronenbold
De la Redacción de LA NACION