Arte & Cultura

Publicado el 1 de agosto de 2026

Entre la vida y la muerte no hay pasillo

Entre reanimaciones que devuelven la vida y otras que no, aparece una pregunta que atraviesa toda la profesión: ¿qué queda de una persona cuando el cuerpo se detiene?

Me recibí de médico hace años. Los primeros dos los pasé en Terapia Intensiva, sumergido en un mundo donde la vida y la muerte conviven a centímetros. Después vino la formación en Emergencias y Toxicología: cuatro años como fellow, y luego como instructor de residentes por casi 10 años. Desde 2012 trabajo en el mismo Hospital, hoy como staff. Lo cuento porque cada etapa dejó una marca. No solo en mi manera de trabajar, sino en mi forma de ver la vida.

Lo que me atrapó de las Emergencias fue siempre lo mismo: la dinámica. La rotación constante de pacientes, el pensamiento rápido, y la obligación de resolver en minutos lo que en otro lugar se resuelve en días. Las Emergencias no esperan y no negocian. Pero lo más fascinante es que allí se despliega todo el espectro humano: desde diagnósticos diferenciales infinitos hasta historias personales que atraviesan cualquier capacidad técnica.

Con los años entendí algo simple: no trato enfermedades, trato personas. Personas vulnerables, angustiadas, confundidas, que buscan alivio y, muchas veces sin saberlo, buscan también que alguien las mire más allá del caso clínico. A eso se suma algo que pocos reconocen: los vínculos con los pacientes crónicos. Los vemos tantas veces que terminamos conociendo sus miedos y sus rutinas. No son números. Son vidas que vuelven a cruzarse con la nuestra.

Y ahí aparece una tensión que no se resuelve nunca: muchos pacientes creen que el médico es infalible. Que no se cansa, que no tiene hambre, que no se enferma. Un robot. La realidad es otra: somos humanos atendiendo a diez, quince, veinte personas al mismo tiempo. Humanos con miedo. Humanos que se frustran. Humanos que también sufrimos pérdidas.

Cada consulta me enseñó algo que ningún libro explica: la fragilidad no es un concepto, es un lugar. Estar de los dos lados del mostrador obliga a mirar todo con más humildad. Esa parte te la cuento en forma personal, porque ahí la historia se vuelve más íntima

En Emergencias la vida y la muerte se dan la mano todos los días. A veces en el mismo minuto. Podés diagnosticar un embarazo, asistir un parto y horas después reanimar a un paciente en paro cardíaco. A veces, son pacientes mayores, otras veces son jóvenes. Y eso cambia todo. La muerte de una persona joven no pesa más porque su vida valga más, sino porque rompe la narrativa que todos llevamos incorporada: que lo viejo precede a lo nuevo. Cuando ese orden se rompe, algo se mueve también adentro nuestro. Te muestra, con crudeza, que nada está garantizado.

En esos escenarios el equipo funciona como un solo organismo. Mismo ritmo, misma urgencia, mismos nervios contenidos. Cuando el paciente vuelve del paro, hay alivio, una victoria compartida. Pero cuando no vuelve, el ambiente se vuelve pesado, silencioso, casi ritual. Ahí aparece el debriefing: el espacio breve donde revisamos qué hicimos o qué podemos mejorar y, sobre todo, cómo nos sentimos. Porque sentimos. Ese espacio no es un trámite, es protección. Evita que la emoción quede acumulada esperando estallar en otro momento.

En este trabajo, el apoyo emocional no es un lujo, sino una necesidad. Viene, sobre todo, de los compañeros: nadie entiende lo que se vive ahí adentro más que quien respiró el mismo aire cargado de adrenalina. Pero también están los vínculos personales: la familia, la pareja, los hijos. Ellos son el contrapeso. Son el lugar al que uno vuelve, cuando necesitás recordar que tu vida no es solo el hospital.

La espiritualidad también sostiene. No hablo de religiosidad como hábito, sino como perspectiva. La muerte, vista así, no es solo un final: es el límite que le da forma a todo lo que hacemos. Nos iguala a todos. Derriba títulos, edades, logros, orgullo. Es el recordatorio más honesto de que somos pasajeros. La vida, en cambio, es elección. Es dirección.

Con los años entendí que todos buscamos un sentido, aunque no siempre lo encontremos. El sentido no es una idea abstracta: es la brújula que armamos con nuestras relaciones, nuestras decisiones, nuestros valores. Y es ahí donde el miedo a la muerte cobra un nuevo significado. La mayoría no teme al acto de morir, teme al vacío que deja. Teme por quienes se quedan. Ese miedo no es debilidad. Es la prueba más clara de que estamos vinculados. Le tememos al sufrimiento del otro porque amamos. 

En cuanto a la formación, los médicos recibimos capacitación en duelo, en comunicación de malas noticias, en acompañamiento, recién cuando se está ejerciendo. La facultad no forma en esto. Se enseña cómo hablar, cómo contener, cómo ordenar una conversación difícil. Pero ninguna formación inmuniza. Cuando das una mala noticia, ves en la cara de esa familia el impacto de cada palabra. Ahí no hay simulacro. Solo hay humanidad.

Mi concepción de la muerte cambió con los años. Al principio era técnica, distante, casi un fenómeno biológico. Después se volvió humana, ligada a historias de vida. Aprendí que no todas las muertes pesan igual. Aprendí a comunicarla con más delicadeza, sabiendo que ese instante queda grabado para siempre en la memoria de una familia.

El aprendizaje más profundo es este: la muerte deja de ser un evento clínico y se convierte en un espejo. Te muestra quién sos, qué valorás, qué deberías cambiar. Y ahí entendí también mis propios recursos: la experiencia clínica, sí, pero también la capacidad de pedir ayuda, de apoyarme en mis vínculos, de reconocer mis límites. Lo es la empatía, lo es la espiritualidad, entendida como ese espacio interior donde uno acomoda lo que la razón no alcanza a resolver. La clave está en permitirnos sentirlo sin quedarnos atrapados ahí.

Lo más difícil de esta profesión es la exposición constante a la vulnerabilidad humana. Pero lo más valioso es saber que, en medio de eso, siempre existe la posibilidad de cambiar un destino. Aunque sea por un instante. A veces, salvando una vida. A veces, acompañando a una familia. A veces, simplemente actuando con humanidad en el peor día de alguien. Ese impacto, el que damos y el que recibimos, es lo que le da sentido al trabajo.

Más de una vez un paciente falleció bajo mi cuidado. Y aunque hice todo lo posible, siguiendo protocolos, tomando decisiones en segundos, la muerte igual se impone. Ahí aparece la impotencia. La tristeza. Un peso silencioso que tarda horas en disiparse. Esa mezcla de emociones deja marca, pero también enseña humildad y recuerda algo esencial: nuestro rol no es dominar la vida, es acompañarla con dignidad hasta donde se pueda. Cuando el desenlace no cambia, al menos queda la certeza de haber actuado con el máximo cuidado posible. A veces, esa certeza es el único alivio.

Y después de tantos acompañamientos, de tantas manos que se aferran y tantas miradas que se apagan, tengo una convicción: la respuesta a qué pasa después de la muerte no puede limitarse a lo biológico. El cuerpo se detiene. Pero algo permanece. Energía, espíritu, legado, memoria: cada uno elige su palabra. Lo indiscutible es que la persona no desaparece del todo. Permanece en quienes la amaron, en las decisiones que tomó, en la forma en que su vida tocó otras vidas. El "después" no es un lugar. Es una huella.

Keanu Reeves lo dijo en el programa The Late Show con Stephen Colbert, cuando le preguntaron sobre la muerte: "¿Qué crees que pasa cuando uno muere?", y Keanu responde: "Sé que las personas que te amaron, te extrañarán".

Trabajamos en Emergencias para salvar vidas, y terminamos aprendiendo más sobre la muerte que sobre la vida misma. Y sin embargo, cada muerte nos devuelve a la vida.

Por eso sigo eligiendo este trabajo. Porque cuando no puedo cambiar el final, puedo acompañar ese tránsito con respeto y presencia. Y porque cuando sí puedo cambiar un destino, cuando una vida se sostiene y una familia vuelve a abrazar a quien creía perdido, esa sensación no se compara con nada.

Convivir con la muerte todos los días no te vuelve insensible. Te vuelve consciente. Te recuerda que la vida es finita, y por eso vale. Te obliga a revisar prioridades. Te enseña que el tiempo no se gasta: se elige. No solo como médico, sino también como persona.