
El jueves último, mientras volaba de regreso desde un encuentro sobre diabetes realizado en Dinamarca, la revista Nature dedicó nada menos que 55 páginas de una edición especial a los resultados obtenidos por el Consorcio para la Decodificación y Análisis del Genoma del Chimpancé: la primera lectura de uno de los más importantes capítulos del libro de la vida; es decir, la serie de tres mil millones de unidades químicas escritas en un alfabeto de cuatro letras que contiene la receta completa para construir y hacer funcionar el organismo de un chimpancé.
Nuestro "familiar" se une así a una extensa lista de especies cuyo genoma ya fue decodificado. Incluye desde bacterias y otros microorganismos hasta el ratón, el arroz y el perro. Acompañada por profuso material periodístico -que, además de los cuatro trabajos científicos, incluía fotos, una presentación en power point y ocho comunicaciones de universidades e institutos-, la edición estimuló algunas de las más ambiciosas expectativas de la ciencia: descifrado nuestro propio genoma, la comparación con la secuencia genética del Pan troglodytes promete responder qué es lo que nos hace humanos.
Como explica el biólogo y escritor Matt Ridley en Nature via Nurture (Harper Perennial, 2003), ya en 1984, Charles Sibley y Jon Ahlquist, de la Universidad de Yale, habían descubierto que el ADN del chimpancé es más parecido al humano que al del gorila. "Fue un momento de destronamiento similar al que ocurrió cuando Copérnico ubicó a la Tierra dentro del sistema solar como cualquier otro planeta", afirma.
Ahora, el Consorcio para la Secuenciación y Análisis del Genoma del Chimpancé identificó seis áreas de nuestro ADN que lo diferencian del que posee el chimpancé. Una de ellas contiene un gen crucial (el FOXP2) que nos permite desarrollar el que es, sin duda, el más distintivo de nuestros rasgos: el lenguaje.
¿Qué otras cosas dice el ADN del chimpancé -más precisamente el de Clint, criado en el Centro Yerkes de Investigación en Primates, de los Estados Unidos, que fue el utilizado para el estudio-? En primer lugar, que humanos y chimpancés no son primos tan, tan cercanos como se creía. Comparaciones anteriores mostraban que ambas secuencias genéticas divergían en un 1,2%, o en alrededor de 35 millones de "letras" de las tres mil millones que componen la secuencia. Ahora se precisó que, además, hay otro 2,7% de diferencia debida a la distinta distribución de "párrafos" duplicados.
"La diferencia entre dos seres humanos individuales alcanza, en promedio, al 0,1% -escribe Ridley-, de modo que hay tres millones de letras diferentes entre [el ADN] de mi vecino y el mío. [...] Genéticamente, las diferencias entre un ser humano y un chimpancé son por lo menos diez veces más numerosas que las que existen entre los dos seres humanos más distantes."
¿Podremos ahora contestar la pregunta que nos atormenta? Si se tiene en cuenta que compartimos alrededor del 88% de nuestros genes con los roedores y el 60% con los pollos, el análisis del ADN del chimpancé parece un buen punto de partida. Sin embargo, todo indica que la búsqueda no termina en los genes. Como afirma Ridley, "los organismos no se hacen, crecen. El genoma no es un plano para construir un organismo, sino una receta para «cocinarlo»". Por el momento, la clave de la excepcionalidad del ser humano persiste...
Por Nora Bär
ciencia@lanacion.com.ar
Publicado el 6 de septiembre de 2005
Semejanzas y diferencias
Ellos y nosotros
"Los organismos no se hacen, crecen. El genoma no es un plano para construir un organismo, sino una receta para «cocinarlo»"
Fuente: LA NACION | 07.09.2005 | Página 13 | Ciencia/Salud
El jueves último, mientras volaba de regreso desde un encuentro sobre diabetes realizado en Dinamarca, la revista Nature dedicó nada menos que 55 páginas de una edición especial a los resultados obtenidos por el Consorcio para la Decodificación y Análisis del Genoma del Chimpancé: la primera lectura de uno de los más importantes capítulos del libro de la vida; es decir, la serie de tres mil millones de unidades químicas escritas en un alfabeto de cuatro letras que contiene la receta completa para construir y hacer funcionar el organismo de un chimpancé.
Nuestro "familiar" se une así a una extensa lista de especies cuyo genoma ya fue decodificado. Incluye desde bacterias y otros microorganismos hasta el ratón, el arroz y el perro. Acompañada por profuso material periodístico -que, además de los cuatro trabajos científicos, incluía fotos, una presentación en power point y ocho comunicaciones de universidades e institutos-, la edición estimuló algunas de las más ambiciosas expectativas de la ciencia: descifrado nuestro propio genoma, la comparación con la secuencia genética del Pan troglodytes promete responder qué es lo que nos hace humanos.
Como explica el biólogo y escritor Matt Ridley en Nature via Nurture (Harper Perennial, 2003), ya en 1984, Charles Sibley y Jon Ahlquist, de la Universidad de Yale, habían descubierto que el ADN del chimpancé es más parecido al humano que al del gorila. "Fue un momento de destronamiento similar al que ocurrió cuando Copérnico ubicó a la Tierra dentro del sistema solar como cualquier otro planeta", afirma.
Ahora, el Consorcio para la Secuenciación y Análisis del Genoma del Chimpancé identificó seis áreas de nuestro ADN que lo diferencian del que posee el chimpancé. Una de ellas contiene un gen crucial (el FOXP2) que nos permite desarrollar el que es, sin duda, el más distintivo de nuestros rasgos: el lenguaje.
¿Qué otras cosas dice el ADN del chimpancé -más precisamente el de Clint, criado en el Centro Yerkes de Investigación en Primates, de los Estados Unidos, que fue el utilizado para el estudio-? En primer lugar, que humanos y chimpancés no son primos tan, tan cercanos como se creía. Comparaciones anteriores mostraban que ambas secuencias genéticas divergían en un 1,2%, o en alrededor de 35 millones de "letras" de las tres mil millones que componen la secuencia. Ahora se precisó que, además, hay otro 2,7% de diferencia debida a la distinta distribución de "párrafos" duplicados.
"La diferencia entre dos seres humanos individuales alcanza, en promedio, al 0,1% -escribe Ridley-, de modo que hay tres millones de letras diferentes entre [el ADN] de mi vecino y el mío. [...] Genéticamente, las diferencias entre un ser humano y un chimpancé son por lo menos diez veces más numerosas que las que existen entre los dos seres humanos más distantes."
¿Podremos ahora contestar la pregunta que nos atormenta? Si se tiene en cuenta que compartimos alrededor del 88% de nuestros genes con los roedores y el 60% con los pollos, el análisis del ADN del chimpancé parece un buen punto de partida. Sin embargo, todo indica que la búsqueda no termina en los genes. Como afirma Ridley, "los organismos no se hacen, crecen. El genoma no es un plano para construir un organismo, sino una receta para «cocinarlo»". Por el momento, la clave de la excepcionalidad del ser humano persiste...
Por Nora Bär
ciencia@lanacion.com.ar