Benedict Carey,The New York Times
NUEVA YORK.- La pregunta más alarmante la mañana de Año Nuevo -"¿Qué hice ayer a la noche?"- puede parecer benigna comparada con "¿Qué hice exactamente todo el año pasado?" o "¿Ya pasó una década?".
Sí. En algún lugar, alguien debe haber presionado el botón de avance rápido. El tiempo pasa, lento o rápido, pero en enero parece que voló y dejó conversaciones pendientes, relaciones no resueltas, malos hábitos sin modificar y objetivos sin alcanzar.
"Muchos piensan en objetivos y, si no los alcanzaron, entonces de pronto piensan que fue apenas ayer cuando se los fijaron", dijo Gal Zauberman, profesor asociado de marketing en la Wharton School of Business.
Aun así, la sensación de que el tiempo pasa varía "según aquello en lo que se piense y cómo se piense". De hecho, los científicos no están seguros de cómo el cerebro sigue el tiempo. Una teoría es que posee un conjunto de células especializadas en contar los intervalos de tiempo; otra es que una gran cantidad de procesos neurales actúan como un reloj interno.
De cualquier forma, los estudios hallaron que ese marcapasos biológico no puede interpretar demasiado bien los intervalos más prolongados. El tiempo parece pasar más lento durante una tarde sin actividad y acelerarse cuando el cerebro está ante una tarea desafiante. Los estimulantes, incluida la cafeína, tienden a hacer que las personas sientan que pasa más rápido; los trabajos complejos, como calcular impuestos, parecen demandar más tiempo que el que ocupan en realidad.
Y las experiencias emocionales, como una separación, un ascenso o un viaje al exterior, tienden a percibirse más próximos en el tiempo de lo que realmente están. Algunos psicólogos dicen que los resultados de las investigaciones respaldan la observación del filósofo Martin Heidegger de que el tiempo "persiste sólo como una consecuencia de los acontecimientos que ocurren en él".
Ahora, los científicos están hallando evidencias de que lo opuesto también sería cierto: si se recuerdan muy pocos acontecimientos, entonces la percepción del tiempo no dura; el cerebro comprime los intervalos pasados.
Subestimar lo transcurrido
En un estudio publicado en la revista Psychological Science , el equipo de Zauberman puso a prueba la memoria de estudiantes universitarios con varios acontecimientos de interés público, como la designación del director de la Reserva Federal (33 meses antes del estudio) o la decisión de la cantante Britney Spears de afeitarse la cabeza (20 meses atrás). En general, los estudiantes subestimaron en 3 meses cuánto tiempo había pasado desde aquellos acontecimientos.
Eso no fue demasiado sorpresivo. En un experimento clásico, un explorador francés llamado Michel Siffre vivió en una cueva durante 2 meses, lejos de los ritmos de noche-día y de relojes fabricados por el hombre. Volvió a la civilización convencido de que había estado aislado durante apenas 25 días. Cuando se lo deja funcionar por sí solo, el cerebro tiende a comprimir el tiempo.
Pero la forma en que establece la temporalidad relativa de los acontecimientos depende de la memoria. De hecho, los participantes del estudio recordaron situaciones asociadas con el acontecimiento original, como la complicada vida amorosa de la cantante o la intervención de Ben Bernanke en la economía estadounidense, que hasta parecían haber ocurrido hacía mucho más tiempo.
En una serie de experimentos, el equipo puso a prueba los recuerdos personales y de fragmentos de películas observados en el laboratorio. El patrón se mantuvo: cuantas más situaciones asociadas recordaban, más lejos parecía el acontecimiento original. "A las personas les cuesta comprender el paso del tiempo -dijo Zauberman- y para poder hacerlo, se une a algo que comprenden", como es el desdoblamiento de los acontecimientos.
En un estudio previo, el mismo equipo había identificado una dinámica similar en el juicio individual de los intervalos que duran sólo unos momentos. Los estímulos relativamente infrecuentes, como los destellos o los tonos, tienden a acelerar el marcapasos interior del cerebro. Eso, por ejemplo, explica por qué parece que los hijos de los demás crecen mucho más rápido que los propios, a los que vemos todos los días. El cerebro tiene más control sobre su propia percepción del paso del tiempo de lo que la gente piensa.
El nuevo estudio sugiere que concentrarse en objetivos o desafíos que ocurrieron durante el año le daría al cerebro la oportunidad de completar el año pasado con recuerdos y el tiempo percibido. La mente es perfectamente capaz de interpretar un año, o una década, que pasó en avance rápido, como algo más que una pérdida de oportunidades de crecimiento.
No somos perfectos, vivamos un poquito
Por Nora Bär
Llegan las vacaciones, que para algunos afortunados transcurren en escenarios alejados de la rutina anual, y también, paradójicamente, días de balances que siempre, de un modo u otro, se obstinan en ser deficitarios?
¿Será porque nos empeñamos en perseguir espejismos inalcanzables, ideales que nos deslumbran, pero también nos trastornan?
Dos de ellos (el máximo aprovechamiento del tiempo y los esfuerzos por mantener una salud impecable) son motivo de sendas notas en la edición de ayer de The New York Times.
Al parecer, el cerebro humano no es muy preciso para medir el tiempo, esa entidad todavía incomprensible hasta para los físicos. Dependemos de parámetros indirectos -como la cantidad de recuerdos que somos capaces de evocar de un cierto período- para que nuestro "reloj" interno marque los minutos, los segundos, los años? Pero (y he aquí la posible explicación de muchas de nuestras angustias), solemos estimar el tiempo transcurrido siempre como menor que el que indican los relojes y calendarios. Por eso, para nosotros, cualquiera lo sabe, ¡el tiempo vuela!
Por otra parte, los avances de la medicina y la difusión masiva de noticias médicas tienen, entre otros muy positivos, un "efecto adverso" en la cultura de las urbes del siglo XXI: la insistencia en parámetros ideales de salud nos convierte a todos en enfermos potenciales, hasta que se demuestre lo contrario. El que puede vanagloriarse de su cintura de avispa o de sus índices de colesterol, seguro que "reprueba" en horas de sueño, visitas al gimnasio o calidad de la dieta.
"¡Es virtualmente imposible cumplir con todas las reglas!", reconoce Tara Parker-Pope, que afortunadamente enseguida nos tira un inesperado "salvavidas": las conclusiones de la doctora Susan Love, mediática especialista en salud femenina de la Universidad de California, que nos aconseja ¡dejar de preocuparnos tanto por la salud!
Que no se entienda mal. No es que Love pregone el desinterés, sino que aclara que la salud perfecta es un mito y que probablemente estemos viviendo de forma más saludable de lo que imaginamos. Sugiere no exagerar, dejar de lado la culpa y, en todo caso, tener en cuenta que lo más saludable es alejarse de los extremos. "La meta no es ser perfecto, sino utilizar nuestro cuerpo, divertirnos y vivir un poquito", afirma.
En época de vacaciones, hay que difundir esta inusual dosis de sentido común que, como cualquiera sabe, es el menos común de los sentidos?