Tecnología

/ Publicado el 8 de febrero de 2026

Sinapsis

El "teléfono descompuesto" gigante que llamamos sistema de salud

Cuando la información existe, pero no fluye, y el paciente queda atrapado en medio del ruido.

Durante el último año he vivido de cerca algo que, aunque todos intuimos, rara vez nombramos con claridad. Lo viví acompañando a mi mamá.

Como muchas familias en nuestra región, hemos tenido que movernos entre dos mundos. La seguridad social, por un tema de sostenibilidad. La medicina privada, por la necesidad de una atención más pronta. Dos sistemas que conviven, pero que no conversan. Y en medio de ambos, una persona real, con un problema real, tratando de navegar un océano de información.

Ahí fue donde entendí que la salud actual se parece demasiado a un teléfono descompuesto gigante.

La información existe. Los estudios se hacen. Los informes se generan. Pero el mensaje no llega completo, no llega a tiempo o llega distorsionado.

Decisiones clínicas con información incompleta

En una ocasión, un médico tomó decisiones sobre el caso de mi madre con información incompleta, no por falta de conocimiento, sino porque simplemente no tenía acceso a datos que ya existían.

En ese caso concreto, mi mamá ya se había realizado pruebas pulmonares clave. Sin embargo, el médico del sistema público no contaba con esos resultados. El efecto fue inmediato y grave: acciones que debieron haberse tomado a esa altura del caso no se tomaron, no por negligencia, sino por desconexión.

Cuando el paciente se vuelve el mensajero

Y cuando los sistemas no hablan entre sí, el peso recae sobre quien menos debería cargarlo: el paciente.

El médico depende entonces de la memoria del paciente, de su capacidad de explicar su propio caso, de recordar fechas, nombres de estudios, resultados, diagnósticos previos. Pero los pacientes no son técnicos ni especialistas. Olvidan detalles, no entienden términos, mezclan conceptos. Eso es humano. Lo que no es humano es que el sistema y las vidas de los pacientes dependan de ello.

Además, hay un costo silencioso pero enorme: tiempo clínico perdido. Minutos valiosos de consulta intentando reconstruir información que ya debería venir estructurada, clara y accesible.

El caos documental y la sobrecarga burocrática

A esto se suma algo que me impactó profundamente: la cantidad absurda de papelería que se entrega al paciente.

Notas de referencia, órdenes de laboratorio, interconsultas, resultados impresos, nuevas citas, indicaciones sueltas. Incluso para mí, siendo profesional de la salud, fue difícil ordenar todo, entender qué iba antes, qué dependía de qué, qué era vigente y qué no.

Ahora imaginemos a una persona vulnerable. Un adulto mayor. Alguien solo. Alguien sin acompañamiento. El laberinto se vuelve intransitable.

Esto no es una anécdota aislada. Es la manifestación de una falta casi total de interoperabilidad.

Sistemas que no se comunican. Instituciones que operan como islas. Especialidades que no comparten contexto. Y el paciente convertido en el único puente entre mundos desconectados.

El impacto invisible en costos y resultados

El impacto de esta ineficiencia no es solo humano. Es también presupuestal.

Diagnósticos retrasados o incorrectos. Pruebas repetidas innecesariamente. Recursos mal utilizados. Costos que se acumulan y erosionan la sostenibilidad que tanto decimos querer proteger.

Pero, sobre todo, hay un impacto directo en la calidad de la atención y en los resultados en salud. Retrasar decisiones clínicas no es neutro. Tiene consecuencias. Algunas visibles. Otras irreversibles.

El gran rompecabezas por resolver

Entonces surge la gran pregunta: ¿cómo resolvemos este rompecabezas?

Uno de los caminos es la interoperabilidad de datos entre instituciones. Pero seamos honestos: esto no es solo un reto técnico. Es un reto político, de gobernanza y de voluntades.

Y aun si lo logramos, surge otra pregunta incómoda: con la enorme cantidad de información que genera cada paciente, ¿qué información es realmente relevante?

No todo dato tiene el mismo peso clínico. Necesitamos aprender a priorizar, a distinguir lo esencial del ruido.

Tecnología como apoyo, no como reemplazo

Aquí es donde las nuevas tecnologías empiezan a jugar un rol interesante.

Modelos de lenguaje capaces de ingerir grandes volúmenes de información podrían ayudar a orientar al paciente sobre qué estudios realizarse, en qué orden y dónde. Podrían asistir al médico condensando años de historia clínica en resúmenes accionables, destacando exactamente lo que necesita para decidir.

Una dimensión olvidada de la salud

Pero antes de hablar de soluciones, hay algo más urgente: visibilizar el problema.

En salud hablamos mucho de su dimensión humanística y científica. Últimamente, con razón, de su dimensión financiera y de sostenibilidad. Pero seguimos hablando muy poco de una dimensión crítica y transversal: la dimensión informática de la salud.

La información no es un accesorio. Es un determinante de la atención.

Una pregunta incómoda y urgente

¿Cuántas señoras como mi mamá estarán hoy enfrentando este laberinto sin el apoyo de alguien formado en salud? ¿Cómo impacta esto en su evolución, en su ansiedad y en sus resultados?

¿Cuántas complicaciones, cuántos errores, cuántas muertes podrían evitarse si dejáramos de tratar la información como un problema secundario?

Este no es un tema del futuro. Es un problema urgente del presente. Y mientras no lo nombremos, seguiremos jugando al teléfono descompuesto… con la vida de las personas.

 

 


Fernando Bonilla Sinibaldi, MD, MSc, MBA
Consultor y Divulgador 
Salud Digital e Inteligencia Artificial en Salud  
Health Transformers 360 
https://substack.com/@iaensalud