En 2023 la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) lo habían dejado más que claro: “Al inicio de la década de 1950, las personas mayores representaban el 5,6 % de la población; en los 2000, llegaron al 8,3 % y alcanzarán el 25 % en el 2050. Esto llevará a que, por primera vez, alrededor del 2050, la población de 60 años y más será numéricamente mayor que la de 0 a 19 años de edad”, señalaba un informe conjunto. El documento añadía: “Más allá de las cifras, lo más inquietante para la región es el escenario en el que ocurre el envejecimiento poblacional, caracterizado por la desigualdad, la pobreza, el agotamiento de un modelo de crecimiento económico insostenible, y el avance del desempleo y del empleo de baja productividad. Frente a ello, la planificación basada en los escenarios demográficos es más importante que nunca puesto que, aunque existan variaciones, ofrece un marco que permite la adopción de decisiones trascendentales para el desarrollo de los pueblos”.
Desde el punto de vista sanitario, a ese escenario se suman la inmunosenescencia —deterioro natural y progresivo del sistema inmunológico—, la elevada prevalencia de enfermedades crónicas y un desafío adicional: la autonomía; no olvidemos que cada vez con más frecuencia los adultos mayores prefieren no depender de sus familiares, pero también ocurre que no tienen quién se haga cargo de ellos. Sabemos que es preferible prevenir que curar, entonces la “pregunta del millón” es ¿cómo anticipar acciones que no solo prevengan enfermedades sino que además permitan preservar la autonomía y la calidad de vida de las personas mayores?
Con ese punto de partida, un grupo de infectólogos, geriatras, epidemiólogos y especialistas en inmunizaciones de nueve países de Latinoamérica fue convocado por la Asociación Panamericana de Infectología (API) para participar del Influenza Summit LATAM, que se realizó en Lima. El objetivo fue revisar la evidencia más reciente sobre influenza y traducirla en recomendaciones concretas para las políticas públicas.
Uno de los resultados de ese encuentro fue un documento, que titularon “Llamado urgente a la acción por una longevidad saludable” y describieron como nuevo consenso regional. Allí hicieron “un llamado a fortalecer la protección de mayores de 60 años y de quienes viven con enfermedades crónicas no transmisibles (ECNT), dado el amplio impacto de la influenza en la salud en esas personas. Y la “regionalidad” del llamado importa. Según informa el texto del consenso, en las Américas “se observa que, a medida que aumenta la esperanza de vida, crece el número de años vividos con mala salud: luego de los 60 años las mujeres viven un promedio de 12,3 años con mala salud y los hombres 9,7.” Esto se suma a una alta prevalencia de multimorbilidad (45,7 % en Sudamérica), por lo que –destacaron los expertos– “el diseño de estrategias sanitarias efectivas debe contemplar la cantidad de personas mayores y también con cuánta carga de enfermedad envejecen”.
¿Por qué importa la influenza?
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Para empezar, porque cada año provoca en el mundo una enfermedad respiratoria grave a entre tres y cinco millones de personas. Pero el virus no se limita a causar infección respiratoria: “la relación es bidireccional –advierte el documento-: las enfermedades crónicas aumentan el riesgo de influenza grave y, a su vez, la influenza acelera la progresión y descompensación de dichas enfermedades. Por ejemplo, el riesgo de accidente cerebrovascular (ACV) aumenta ocho veces durante los primeros tres días posteriores a la infección y el riesgo de infarto agudo de miocardio se incrementa hasta seis veces durante la semana siguiente (los destacados son nuestros).” Por otro lado, “las enfermedades cardiovasculares, la diabetes, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) y la enfermedad renal crónica son muy prevalentes en personas mayores, y cada una de estas condiciones aumenta de forma independiente el riesgo de padecer influenza grave, neumonía y descompensación aguda”, agrega el texto. Y destaca que el impacto no es solo estrictamente sanitario; también resulta en pérdida de capacidad productiva y de autonomía, y en un aumento de costos hospitalarios, por lo que genera una importante pérdida económica.
En este contexto, la vacunación cobra un papel central. Y, en comparación con las vacunas estándar –resalta el documento–, los beneficios de las llamadas “vacunas antigripales mejoradas” para las personas mayores trascienden la prevención de la infección respiratoria: pueden reducir un 36 % el riesgo de eventos cardiovasculares mayores (ECVM); e incluso si se produce un infarto agudo de miocardio, se asocian con una reducción del 28 % en los ECVM y de la mortalidad por cualquier causa durante el año siguiente.
Y eso parece no ser todo. Por un lado, se informa que “la evidencia disponible sugiere una asociación entre la vacunación antigripal y la reducción del riesgo de determinados desenlaces neurológicos, incluida una reducción relativa del 31% en el riesgo de demencia y una reducción relativa del 40 % en el riesgo de Alzheimer.” Por el otro, el texto resalta que las vacunas mejoradas contra la influenza aplicadas a adultos mayores o a personas con factores de riesgo son altamente costo-efectivas y logran mayor éxito sanitario, pues disminuyen sustancialmente la carga de enfermedad, las hospitalizaciones y la mortalidad, con un impacto presupuestario “mínimo”, aseguraron los expertos. Y, para el cierre, hicieron un llamado muy concreto.
Sumemos: la población es cada vez más longeva y la natalidad, cada vez más baja; en ese contexto, cada vez habrá menos jóvenes disponibles para cuidar a los ancianos, por lo que la autonomía, más allá de ser socialmente percibida como un valor, es una necesidad. Sigamos sumando: la inmunosenescencia es un hecho y la vida saludable es clave para la autonomía; las vacunas salvan vidas, y las “mejoradas”, concretamente, protegen a las personas mayores y con condiciones de riesgo.
Pareciera que no hay más que decir, pero los expertos prefirieron insistir: “Instamos a autoridades sanitarias, tomadores de decisión, sociedades científicas, manufacturadores y equipos de salud de América Latina y el Caribe a tomar medidas para proteger a los más vulnerables del amplio impacto de la influenza, a partir de consensos regionales y acciones coordinadas, que adopten las vacunas mejoradas diseñadas para esas poblaciones (el destacado es nuestro) y las siguientes recomendaciones:
1. Concientizar sobre el impacto multisistémico de la influenza y el riesgo aumentado por edad y comorbilidades
2. Armonizar la indicación de vacunas antigripales para personas mayores en programas de vacunación de los países de la región.
3. Establecer consensos y alianzas estratégicas entre todos los actores involucrados: sociedades científicas, tomadores de decisión, manufacturadores, academia, expertos, equipos de salud.
4. Visibilizar la inversión y costo-efectividad de la vacunación con vacunas antigripales mejoradas a personas mayores y personas con enfermedades crónicas.
Ahora, sí, ponemos punto final.
Published on August 18, 2026
Cobra cada vez más importancia
El rol de la vacuna contra la influenza en una Latinoamérica que envejece
Referentes de la Asociación Panamericana de Infectología y especialistas de nueve países llamaron a la acción para favorecer una longevidad saludable.
Fuente: IntraMed
En 2023 la Organización Panamericana de la Salud (OPS) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) lo habían dejado más que claro: “Al inicio de la década de 1950, las personas mayores representaban el 5,6 % de la población; en los 2000, llegaron al 8,3 % y alcanzarán el 25 % en el 2050. Esto llevará a que, por primera vez, alrededor del 2050, la población de 60 años y más será numéricamente mayor que la de 0 a 19 años de edad”, señalaba un informe conjunto. El documento añadía: “Más allá de las cifras, lo más inquietante para la región es el escenario en el que ocurre el envejecimiento poblacional, caracterizado por la desigualdad, la pobreza, el agotamiento de un modelo de crecimiento económico insostenible, y el avance del desempleo y del empleo de baja productividad. Frente a ello, la planificación basada en los escenarios demográficos es más importante que nunca puesto que, aunque existan variaciones, ofrece un marco que permite la adopción de decisiones trascendentales para el desarrollo de los pueblos”.
Desde el punto de vista sanitario, a ese escenario se suman la inmunosenescencia —deterioro natural y progresivo del sistema inmunológico—, la elevada prevalencia de enfermedades crónicas y un desafío adicional: la autonomía; no olvidemos que cada vez con más frecuencia los adultos mayores prefieren no depender de sus familiares, pero también ocurre que no tienen quién se haga cargo de ellos. Sabemos que es preferible prevenir que curar, entonces la “pregunta del millón” es ¿cómo anticipar acciones que no solo prevengan enfermedades sino que además permitan preservar la autonomía y la calidad de vida de las personas mayores?
Con ese punto de partida, un grupo de infectólogos, geriatras, epidemiólogos y especialistas en inmunizaciones de nueve países de Latinoamérica fue convocado por la Asociación Panamericana de Infectología (API) para participar del Influenza Summit LATAM, que se realizó en Lima. El objetivo fue revisar la evidencia más reciente sobre influenza y traducirla en recomendaciones concretas para las políticas públicas.
Uno de los resultados de ese encuentro fue un documento, que titularon “Llamado urgente a la acción por una longevidad saludable” y describieron como nuevo consenso regional. Allí hicieron “un llamado a fortalecer la protección de mayores de 60 años y de quienes viven con enfermedades crónicas no transmisibles (ECNT), dado el amplio impacto de la influenza en la salud en esas personas. Y la “regionalidad” del llamado importa. Según informa el texto del consenso, en las Américas “se observa que, a medida que aumenta la esperanza de vida, crece el número de años vividos con mala salud: luego de los 60 años las mujeres viven un promedio de 12,3 años con mala salud y los hombres 9,7.” Esto se suma a una alta prevalencia de multimorbilidad (45,7 % en Sudamérica), por lo que –destacaron los expertos– “el diseño de estrategias sanitarias efectivas debe contemplar la cantidad de personas mayores y también con cuánta carga de enfermedad envejecen”.
¿Por qué importa la influenza?
Para empezar, porque cada año provoca en el mundo una enfermedad respiratoria grave a entre tres y cinco millones de personas. Pero el virus no se limita a causar infección respiratoria: “la relación es bidireccional –advierte el documento-: las enfermedades crónicas aumentan el riesgo de influenza grave y, a su vez, la influenza acelera la progresión y descompensación de dichas enfermedades. Por ejemplo, el riesgo de accidente cerebrovascular (ACV) aumenta ocho veces durante los primeros tres días posteriores a la infección y el riesgo de infarto agudo de miocardio se incrementa hasta seis veces durante la semana siguiente (los destacados son nuestros).” Por otro lado, “las enfermedades cardiovasculares, la diabetes, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) y la enfermedad renal crónica son muy prevalentes en personas mayores, y cada una de estas condiciones aumenta de forma independiente el riesgo de padecer influenza grave, neumonía y descompensación aguda”, agrega el texto. Y destaca que el impacto no es solo estrictamente sanitario; también resulta en pérdida de capacidad productiva y de autonomía, y en un aumento de costos hospitalarios, por lo que genera una importante pérdida económica.
En este contexto, la vacunación cobra un papel central. Y, en comparación con las vacunas estándar –resalta el documento–, los beneficios de las llamadas “vacunas antigripales mejoradas” para las personas mayores trascienden la prevención de la infección respiratoria: pueden reducir un 36 % el riesgo de eventos cardiovasculares mayores (ECVM); e incluso si se produce un infarto agudo de miocardio, se asocian con una reducción del 28 % en los ECVM y de la mortalidad por cualquier causa durante el año siguiente.
Y eso parece no ser todo. Por un lado, se informa que “la evidencia disponible sugiere una asociación entre la vacunación antigripal y la reducción del riesgo de determinados desenlaces neurológicos, incluida una reducción relativa del 31% en el riesgo de demencia y una reducción relativa del 40 % en el riesgo de Alzheimer.” Por el otro, el texto resalta que las vacunas mejoradas contra la influenza aplicadas a adultos mayores o a personas con factores de riesgo son altamente costo-efectivas y logran mayor éxito sanitario, pues disminuyen sustancialmente la carga de enfermedad, las hospitalizaciones y la mortalidad, con un impacto presupuestario “mínimo”, aseguraron los expertos. Y, para el cierre, hicieron un llamado muy concreto.
¿Manos a la obra?
Sumemos: la población es cada vez más longeva y la natalidad, cada vez más baja; en ese contexto, cada vez habrá menos jóvenes disponibles para cuidar a los ancianos, por lo que la autonomía, más allá de ser socialmente percibida como un valor, es una necesidad. Sigamos sumando: la inmunosenescencia es un hecho y la vida saludable es clave para la autonomía; las vacunas salvan vidas, y las “mejoradas”, concretamente, protegen a las personas mayores y con condiciones de riesgo.
Pareciera que no hay más que decir, pero los expertos prefirieron insistir: “Instamos a autoridades sanitarias, tomadores de decisión, sociedades científicas, manufacturadores y equipos de salud de América Latina y el Caribe a tomar medidas para proteger a los más vulnerables del amplio impacto de la influenza, a partir de consensos regionales y acciones coordinadas, que adopten las vacunas mejoradas diseñadas para esas poblaciones (el destacado es nuestro) y las siguientes recomendaciones:
1. Concientizar sobre el impacto multisistémico de la influenza y el riesgo aumentado por edad y comorbilidades
2. Armonizar la indicación de vacunas antigripales para personas mayores en programas de vacunación de los países de la región.
3. Establecer consensos y alianzas estratégicas entre todos los actores involucrados: sociedades científicas, tomadores de decisión, manufacturadores, academia, expertos, equipos de salud.
4. Visibilizar la inversión y costo-efectividad de la vacunación con vacunas antigripales mejoradas a personas mayores y personas con enfermedades crónicas.
Ahora, sí, ponemos punto final.