Noticias médicas

Publicado el 1 de noviembre de 2005

Entre el amor y el odio

El rey está desnudo

Frecuentemente se juzga a la ciencia local a partir de arrebatos pasajeros o impresiones inspiradas en individualidades.

Por ejemplo, muchos colegas coincidirán si digo que, como periodistas, aunque tenemos la fortuna de conocer a algunas de las mentes más brillantes del país, a veces nos inspiran una sensación de amor-odio.

Es decir, oscilamos entre una pasión un tanto desmedida -que magnífica todo lo que hacen justificándolo en que están empeñados en una lucha tipo David y Goliat contra la adversidad y las crueles desventajas del mundo en desarrollo-, el romanticismo de estilo futbolero -"son los mejores del mundo", "lo arreglan todo con alambre", "en los países desarrollados sobresalen «de taquito»"-, la desconfianza -cuando su autoestima excede sus logros- y el resentimiento -si incurren en un vedettismo poco productivo-.

Pero si lo que se busca es una (auto) crítica meditada, que cale hondo en las falencias que retrasan su desarrollo, el artículo "Siete problemas capitales del sistema científico tecnológico", que se publica en la última edición de Ciencia Hoy firmado por Daniel Bes, es un veredicto sin anestesia.

Producto de documentos preparados por el autor para el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales, el trabajo examina, desde el corazón del sistema, algunos de los "malos hábitos" más enraizados.

Algunos de los mencionados son los conflictos de interés que contraponen el beneficio personal y el de la institución a la que se pertenece; la falta de reglas claras sobre el uso de instrumental del Estado para fines privados; el aprovechamiento indebido de trabajos realizados por otros, usualmente jóvenes, cuyo futuro depende de los primeros; la falta de reconocimiento de colegas que colaboran en trabajos de investigación propios o la inclusión automática entre los firmantes de los directores de tesis o de laboratorios. También figuran la virtual inexistencia de concursos abiertos para ocupar vacantes o la selección de aspirantes entre un grupo restringido de conocidos; los falsos espejismos acerca de la productividad real del sistema; el rechazo extendido al trabajo en equipo y la escasez de investigaciones interdisciplinarias; la desconexión de centros de investigación; carencia de buenas evaluaciones; cargos prácticamente inamovibles; resistencia a rendir cuenta de los subsidios...

Para corregir el rumbo, por supuesto, habrá que pagar un precio y afrontar cambios difíciles. Pero la buena noticia es que, como destaca Bes, la mayoría no depende de los funcionarios o de decisiones presupuestarias, sino de... los propios científicos.

P.S.: Ojalá otros sectores de la vida nacional tuviéramos la misma valentía para enfrentar nuestras propias realidades.

Por Nora Bär
ciencia@lanacion.com.ar