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/ Published on June 4, 2005

Datos de una encuesta oficial en Bs As

El lector tiene cara de mujer, profesional y de clase media alta

Así surge de un sondeo encargado por la Secretaría de Cultura de la Ciudad. El 53% de los porteños no lee y en esa franja la mayoría son jóvenes desocupados. ¿Se hace algo para cambiar esta tendencia?

RADIOGRAFIA DE LA LECTURA: DATOS DEL CONSUMO EDITORIAL EN BUENOS AIRES

Socorro Estrada

Las mujeres leen más que los hombres. Los pobres leen menos que los sectores medios y altos. Y más de la mitad de los jóvenes de entre dieciocho y veinticinco años admite que simplemente no lee libros.

Así están las cosas.

Aunque Buenos Aires se venda a sí misma como la capital cultural de la región y se destaque por su amplia oferta en términos de librerías, cafés literarios, editoriales y todo tipo de actividades vinculadas al libro y la lectura, la estadística es contundente: el 53% de los porteños le huye a los libros.

Más de la mitad, sí.

Este índice de desinterés por la lectura pareciera contradecir las cifras de aumento en la producción y venta de libros en los años posteriores a la crisis de 2001. Lo que desnuda una paradoja crucial del consumo cultural: aunque aumenta la variedad de títulos publicados, cada vez se lee menos.

No por nada, Griselda Gambaro abrió la edición 2005 de la Feria del Libro con un párrafo dedicado a todos aquellos que ni siquiera tienen los medios y posibildades de vivir la fiesta del libro.

Entre los datos relevados por la encuesta sobre los hábitos culturales de los porteños, realizada por la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a través del Observatorio de Industrias Culturales, surge además que el acceso a los libros se da en un 71% a través de su compra en las librerías. Lo que impone otra barrera a la lectura, en una sociedad donde cada día se pierde capacidad de consumo. Y que, en contraposición, sólo un 7% de los consultados concurre a las diferentes bibliotecas públicas y/o privadas en busca de libros.

En otras palabras: el acceso al libro está determinado por el poder adquisitivo y además como objeto no se lo ve sino a través del mercado.

Sumados, estos valores dibujan una escena difícil, tanto en términos de educación y desarrollo cultural como de industria editorial. Y exigen el diseño de una política cultural coordinada entre diversos organismos y sostenida a largo plazo. Pareciera entonces que no bastara con programas como el "Plan Nacional de Lectura", lanzado por el Ministerio de Educación de la Nación con gran protagonismo de las escuelas y la Conabip para "recuperar y fortalecer el rol del libro en el sistema educativo y transformar las prácticas lectoras en el ámbito escolar". Ni con las diferentes acciones de la "política 2005 para el libro y la promoción de la lectura" implementada por la Ciudad de Buenos Aires.

Iniciativas éstas que no trabajan, por ejemplo, sobre el precio final de los libros, uno de los temas clave para la difusión de la lectura, factor básico de integración cultural.

¿Cómo lograr que la gente lea si comprar un libro es un lujo para pocos? Aunque el Ministerio de Educación logró un acuerdo para el mantenimiento del precio de los libros de texto, a comienzos de 2005, ese acuerdo no se extendió al resto de la producción editorial.

"Para compensar la falta de acceso a los libros trabajamos con las Bibliotecas Populares", explicó a Clarín Gustavo López, secretario de Cultura del Gobierno de la Ciudad. "Estamos mejorando su oferta de títulos e intentando acercar al público a las bibliotecas a través de actividades como el teatro, las conferencias y la provisión de los diarios del día", agrega. Su idea es evaluar regularmente la situación del libro y la lectura en la ciudad para ir ajustando las políticas de modo que den resultados cuantificables en el mediano plazo.

"Se están haciendo cosas, pero sus resultados van a demorar", reconoce por otra parte Horacio García, secretario de la Cámara Argentina del Libro. La principal queja de los editores del país tiene que ver con el alto precio del papel —que se cotiza en dólares, como otras materias primas exportables— y la imposibilidad de descargar el IVA que se paga en las diferentes etapas de la producción del libro, a pesar de que éste está exento de IVA. "Para que los libros cuesten menos tendríamos que poder reducir estos costos de producción o imprimir tiradas de más ejemplares. Pero es difícil a nivel local, con el bajo nivel de lectura actual y la media de la población fuera del circuito lector por razones económicas", agrega.

Daniel Divinsky, director de Ediciones de la Flor, coincide. "En la industria estamos haciendo diferentes esfuerzos para poder aumentar las tiradas y tener precios más bajos por libro, pero mientras no haya más lectores esa diferencia sólo la podremos hacer exportando", explica.

"Que otros se jacten de las páginas que han escrito: a mí me enorgullecen las que he leído", decía Jorge Luis Borges. Pero está claro que no hay que ser Borges para poder disfrutar de un libro. También, que los libros no pueden ser un lujo ni un objeto incómodo en un país que se piense soberano.

Los números sí muerden

Entre los lectores asiduos priman las mujeres mayores de 25 años, que estudian y/o trabajan y son de clase media alta o alta. La encuesta del Gobierno de la Ciudad no indaga en por qué son las mujeres las que más leen, pero la diferencia entre los géneros es notable: el 52% de las mujeres sostiene que lee con frecuencia y —en cambio— sólo el 41% de los hombres se coloca en la misma categoría. La brecha, además, tiende a aumentar en cada encuesta y es un fenómeno que se repite en todo el mundo.

Para muchos, esta "mayor lectura femenina" es resultado de que las mujeres tienen más tiempo libre, cuando no trabajan o no lo hacen a "tiempo completo". El atajo sexista explicaría que ellas tienden a considerar más justificado que los varones el tiempo dedicado a la fantasía o al imaginario.

En cambio, son los jóvenes, menores de 24 años, que no trabajan ni estudian, los que menos leen. En esa franja el tiempo libre es dominio de los medios electrónicos.

Los números indican que el hábito de la lectura no ha sido inculcado en sus años escolares. Por eso gran parte de las políticas de fomento de la lectura apunta a establecer el uso de libros en la educación primaria, secundaria y universitaria.

Para motivarlos, el plan de acción para el sector del libro que propone el Observatorio de las Industrias Culturales de la Ciudad de Buenos Aires incluye la inserción de publicidad no tradicional en los programas de televisión abierta con mayor rating. Difícil tarea para un guionista incorporar un personaje lector en una ficción que se asume espejo de la sociedad.

         

OPINION
La novela del señor Best Seller, por Beatriz Sarlo

¿El libro que busca no figura en la lista de los más vendidos de las últimas semanas? No es un clásico? Entonces, olvídelo: ya no pertenece a este mundo.

POR BEATRIZ SARLO*

Supongamos que a usted no le interesa comprar los libros que aparecen en la lista de best-sellers, ni los libros que consagraron los suplementos culturales durante los últimos meses. Supongamos que usted no está buscando la novela de alguna celebridad, ni un clásico como El Quijote, del que podría encontrar fácilmente veinte ediciones que lo han puesto de moda como si no fuera un libro difícil de leer hoy, enigmático y extraño a los gustos contemporáneos. Supongamos que usted no está buscando alguna novela policial extranjera que vendió poco y fue a parar a las mesas de saldos junto con novelas argentinas que sufrieron el mismo destino. Supongamos que el libro que usted busca no terminó, después de vendidos doscientos ejemplares, en una librería de lance. Supongamos, por ejemplo, que usted busca una novela de un buen autor argentino, que jamás fue best-seller ni forma con los consagrados. O un ensayo periodístico de hace seis años, que tampoco llegó a las listas de los más vendidos.

Si usted se encuentra en esa situación, tiene un problema. Lo que busca podría estar en algunas de las ferias de libros de Buenos Aires, en Caballito o en Pacífico. Quizá también en una feria de una ciudad grande del interior. Pero se necesita que alguien lo haya llevado allí para venderlo o cambiarlo por otro libro. En pocas palabras: una casualidad. Si usted busca un libro aparecido hace tres años, está en dificultades porque las librerías ya no conservan una pared con bibliotecas de libros que cumplieron lo que los editores llaman su ciclo, que se inicia con el servicio de novedades y, salvo que el libro tenga éxito, termina muy poco después.

El libro que usted busca está muerto. Y, a diferencia de muchas películas, que tienen una segunda vida sistemáticamente ordenada en los video-clubs, los libros que cumplieron dos, tres o cuatro años han desaparecido sin que ello signifique que se hayan agotado. Con paciencia, usted puede esperar que la editorial que lo publicó lo venda, casi al peso, a las librerías de lance. Pero no todas las editoriales hacen esa venta póstuma, y puede suceder que la novela buscada no exista ya para el mundo.

Los libros aparecen y se suceden a una velocidad que hace sospechar que llevan, como el yogur o la manteca, fecha de vencimiento en la tapa. Y esto no pasa sólo en Argentina, sino que la Argentina empezó a funcionar como funciona el mercado del libro en casi todo el mundo.

Algunas pequeñas librerías pueden ser una excepción, pero ellas son lugares de expertos y además, precisamente porque son pequeñas, no pueden guardar todas las novelas publicadas en la última década. A veces, cuando recomiendo un libro (digamos El aire de Sergio Chejfec, uno de los grandes narradores argentinos), tengo la seguridad de que me va a tocar prestarlo de modo indefectible.

Hace algunas semanas, un aviso a toda página de un premio literario subraya lo que cuento. La ilustración muestra a un hombre, presumiblemente aguardando a un viajero en el hall de un aeropuerto, que sostiene un cartelito con el nombre de la persona que ha ido a buscar. Allí se lee: Señor Best Seller. No hay que ser experto en publicidad para darse cuenta de que el concurso promete a su ganador un triunfo que lo hará entrar en las listas de los más vendidos. Parece un chiste pero, como muchos chistes, es más sincero que gracioso. Para que el concurso tenga éxito su ganador debe tenerlo; por lo tanto, el cartelito debe prescindir de un nombre más descriptivo como: "Señor Nuevo Escritor" o, simple y elegante, "Señor Escritor". Best Seller es el único nombre que promete a un libro cierta presencia, por el tiempo de lo que dure en las listas de más vendidos y, a veces, mucho más (pero eso depende del libro, no de la venta únicamente). En el peor de los casos, el futuro Señor Best Seller tiene aseguradas algunas semanas de gloria en las librerías.

Por lo tanto, si tiene ganas de leer y no quiere volverse loco, vaya a lo seguro: deje de dar vueltas sin ton ni son, compre la última novela del Señor Best Seller.

*ESCRITORA Y ENSAYISTA

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