Fernando Savater , en su explicación sobre El Contenido de la Felicidad, dice: “Describir un comportamiento humano es relativamente fácil, así como también dar cuenta de su sentido funcional o aportar varias causas plausibles que puedan haberlo motivado; pero entender su entraña y hacerla pública, expresa, inteligible, es algo punto menos que imposible para un simple estudioso de las costumbres”.
Para cualquier periodista, mucho más cercano a los acontecimientos inmediatos, para alguien acostumbrado a narrar los hechos de la realidad más próxima y cotidiana, dilucidar sobre las motivaciones inconscientes y recovecos del alma humana resulta toda una hazaña de la mayor complejidad. En ese mismo ensayo Savater encomienda esta tarea a los grandes novelistas y, probablemente, Crimen y Castigo o Los Miserables sean las mejores explicaciones a los límites poco claros entre el bien y el mal y entre la felicidad y el dolor.
Los novelistas no sólo pueden, sino que es su deber dar rienda suelta a sus emociones. La desventaja de ser periodista es que, al contrario de los literatos, al relato de lo que acontece en el presente se le exige la mayor objetividad posible. El resultado son recuentos de acciones en los que se intenta suprimir toda huella de emoción. Es una imagen que, sin duda, se parece a un mundo sin matices, en blanco y negro, que dice qué sucede pero no lo que es.
En el oficio de observador uno se acostumbra a entrar en realidades que desconoce, pero para comprenderlas es necesario recurrir a la propia experiencia a fin de tratar de ponerse en el lugar del otro. De pronto el informador se enfrenta a situaciones que son determinantes en la vida de un país, de sus ciudadanos y es imposible quedarse impasible cuando los otros sufren lo que sufren. Que la realidad duela, esa realidad de la pobreza, de la desesperación del hambre, de la guerra inevitable, de la muerte inútil, debiera ser una característica intrínseca a la condición del ser humano.
Sin embargo, de manera ineludible se camina por una delgada línea que oscila entre el dolor real, el de los sinsabores cotidianos que van de lo económico a lo personal, hasta el morbo que exigen los medios de comunicación. Es el sufrimiento del otro el que se hace rentable y se convierte en el elemento detonante de raitings, excesos y comercializaciones que, paradójicamente, terminan por ser, en muchos casos, sustentadas en el dolor. Las miradas desde el periodista se balancean entre varios escenarios.
En el proceso de lo diario todo se convierte en una oferta y demanda. Se trata de ganarle al de junto ante un público que día con día se hace más insaciable. Los cambios del dial en las estaciones de radio y televisión son prueba de la competencia entre los profesionales de los medios y uno de los ejes de una audiencia cada vez más participativa, pero también más cercana al morbo. Duele el dolor del otro, pero si está en la pantalla se convierte en un centro casi de inevitable atención.
Las miradas de la gente cuando vive los llamados desastres naturales o en la narración de los hechos de excepción son el fundamento de la historia del periodismo por contar. La señora que habla de lo que le pasó, el niño que pide ayuda, el asombro ante una cámara o ante la llegada del automóvil rentado del periodista, que se la ha pasado durante horas recorriendo carreteras de terracería para llegar y establecer contacto con un mundo lleno de dolor. Los pocos momentos vividos, de manera cierta, se quedan en la gran mayoría de los casos en algún espacio de la mente. Es el dolor de la desigualdad y del futuro lleno de incertidumbre.
La pobreza es la mirada que nunca se olvida. Es la del dolor que mira con ojos tristes, a sabiendas de que el que trae la pluma, la grabadora o la cámara regresará a un mundo que es muy diferente al suyo. Los que sufren se quedan con su dolor y uno quisiera llevarse algo de ese momento para siempre, aunque evidentemente no se erradica el dolor. Termina uno por caminar con dolores brutales que no sólo son el de la desesperanza. En la fuerza de la cotidianidad de repente todo puede pasar a segundo plano. El dolor se diluye y se pierde y uno espera que nunca se vaya de la memoria personal y colectiva. Se desea apropiarse del dolor, ese dolor, por lo menos para mitigarlo.
Recuerdo una ocasión en la que eso que duele en el alma brincó por doquier y se transformó en una especie de referente personal. Hace algunos años, tras un largo recorrido que duró varios días por caminos escondidos a través de la sierra, por fin llegamos ante un grupo de guerrilleros con quienes habíamos establecido largos procesos de comunicación para encontrarnos con uno de sus dirigentes. El penoso viaje hizo que se fuera olvidando el objetivo. Caminar por veredas agrestes, en donde aparecen, a pesar de su larga existencia, como por magia, pequeñas ¿casas? nos reveló una realidad que ratifica ese dolor que no se ve pero que contundentemente toca y le da un sentido diferente a la mirada propia. En ese sendero, guiado por lo guerrilleros, cada paso se convirtió en una auténtica bofetada.
De pronto, estaban ahí todas las causas que podrían explicar cualquier rebelión armada. Sin justificar sus acciones, se entendía por qué algunos grupos pueden llegar a esos extremos. Entonces perdió importancia hablar de lo que era el EPR (Ejército Popular Revolucionario). Se olvidaron todas las razones por las que se hizo el viaje y sólo fue importante que estábamos ahí y que lo que teníamos enfrente era nuestro país.
Se torna muy difícil volver y ocuparse nuevamente de lo que dice el Presidente en turno después de haber observado la forma de vida que tiene esa gente a la que hemos abandonado en el precipicio de la miseria y de saber que ellos piensan, porque les ha pasado muchas veces, que en cuanto uno voltee la mirada es posible que se les olvide, que en el momento en que se apague la cámara o la grabadora el tema será otra vez el dólar, la ingobernabilidad, el fútbol o el Big Brother y las personas que los vieron regresen a una realidad que ellos no verán para sí.
No es humanamente posible olvidar las miradas de sufrimiento. Están hechas para marcar destinos; sin embargo, para los que no las han visto, aunque sepan de qué se está hablando, de alguna manera la cotidianidad consigue posponer las emergencias. El dolor experimentado nos convierte en otros que no éramos antes, en unos diferentes, posiblemente más “fuertes” y más “sabios” después de sobrevivirlo, pero también más conscientes de nuestra fragilidad. Cuando ese dolor ajeno roza, se hace nuestro; pero cuando se observa de lejos o en la televisión, parece ser ajeno. Es otra la sensibilidad que mueve los resortes de nuestra vida.
Tal vez no olvidemos el dolor del todo, pero casi nunca recordamos que el dolor no consolado tiene que irse a alguna parte. Si no nos dejamos sobrecoger por él, si no le damos la oportunidad de conmovernos, es posible que este dolor se quede ahí, aglutinado, alimentándose con el rencor de la indiferencia. Es ese dolor soterrado el que divide a las naciones como en los conflictos étnicos, un dolor no resuelto que da rienda suelta al odio y los totalitarismos más irracionales. Ese dolor que no está en uno pero que también le pasa a uno.
Los médicos seguramente podrán explicar cuáles son los dolores más agudos que alguien puede sufrir y seguramente coincidirán en que no hay peor dolor que aquel que sabemos que es dolor, pero que no se siente en ninguna parte del cuerpo.
Publicado el 14 de septiembre de 2008
El Dolor interminable
"Tal vez no olvidemos el dolor del todo, pero casi nunca recordamos que el dolor no consolado tiene que irse a alguna parte"
Autor/a: Javier Solorzano, Periodista y Analista Político
Fuente: Vol. I/ No. 12/ Abril/ 2003
Fernando Savater , en su explicación sobre El Contenido de la Felicidad, dice: “Describir un comportamiento humano es relativamente fácil, así como también dar cuenta de su sentido funcional o aportar varias causas plausibles que puedan haberlo motivado; pero entender su entraña y hacerla pública, expresa, inteligible, es algo punto menos que imposible para un simple estudioso de las costumbres”.
Para cualquier periodista, mucho más cercano a los acontecimientos inmediatos, para alguien acostumbrado a narrar los hechos de la realidad más próxima y cotidiana, dilucidar sobre las motivaciones inconscientes y recovecos del alma humana resulta toda una hazaña de la mayor complejidad. En ese mismo ensayo Savater encomienda esta tarea a los grandes novelistas y, probablemente, Crimen y Castigo o Los Miserables sean las mejores explicaciones a los límites poco claros entre el bien y el mal y entre la felicidad y el dolor.
Los novelistas no sólo pueden, sino que es su deber dar rienda suelta a sus emociones. La desventaja de ser periodista es que, al contrario de los literatos, al relato de lo que acontece en el presente se le exige la mayor objetividad posible. El resultado son recuentos de acciones en los que se intenta suprimir toda huella de emoción. Es una imagen que, sin duda, se parece a un mundo sin matices, en blanco y negro, que dice qué sucede pero no lo que es.
En el oficio de observador uno se acostumbra a entrar en realidades que desconoce, pero para comprenderlas es necesario recurrir a la propia experiencia a fin de tratar de ponerse en el lugar del otro. De pronto el informador se enfrenta a situaciones que son determinantes en la vida de un país, de sus ciudadanos y es imposible quedarse impasible cuando los otros sufren lo que sufren. Que la realidad duela, esa realidad de la pobreza, de la desesperación del hambre, de la guerra inevitable, de la muerte inútil, debiera ser una característica intrínseca a la condición del ser humano.
Sin embargo, de manera ineludible se camina por una delgada línea que oscila entre el dolor real, el de los sinsabores cotidianos que van de lo económico a lo personal, hasta el morbo que exigen los medios de comunicación. Es el sufrimiento del otro el que se hace rentable y se convierte en el elemento detonante de raitings, excesos y comercializaciones que, paradójicamente, terminan por ser, en muchos casos, sustentadas en el dolor. Las miradas desde el periodista se balancean entre varios escenarios.
En el proceso de lo diario todo se convierte en una oferta y demanda. Se trata de ganarle al de junto ante un público que día con día se hace más insaciable. Los cambios del dial en las estaciones de radio y televisión son prueba de la competencia entre los profesionales de los medios y uno de los ejes de una audiencia cada vez más participativa, pero también más cercana al morbo. Duele el dolor del otro, pero si está en la pantalla se convierte en un centro casi de inevitable atención.
Las miradas de la gente cuando vive los llamados desastres naturales o en la narración de los hechos de excepción son el fundamento de la historia del periodismo por contar. La señora que habla de lo que le pasó, el niño que pide ayuda, el asombro ante una cámara o ante la llegada del automóvil rentado del periodista, que se la ha pasado durante horas recorriendo carreteras de terracería para llegar y establecer contacto con un mundo lleno de dolor. Los pocos momentos vividos, de manera cierta, se quedan en la gran mayoría de los casos en algún espacio de la mente. Es el dolor de la desigualdad y del futuro lleno de incertidumbre.
La pobreza es la mirada que nunca se olvida. Es la del dolor que mira con ojos tristes, a sabiendas de que el que trae la pluma, la grabadora o la cámara regresará a un mundo que es muy diferente al suyo. Los que sufren se quedan con su dolor y uno quisiera llevarse algo de ese momento para siempre, aunque evidentemente no se erradica el dolor. Termina uno por caminar con dolores brutales que no sólo son el de la desesperanza. En la fuerza de la cotidianidad de repente todo puede pasar a segundo plano. El dolor se diluye y se pierde y uno espera que nunca se vaya de la memoria personal y colectiva. Se desea apropiarse del dolor, ese dolor, por lo menos para mitigarlo.
Recuerdo una ocasión en la que eso que duele en el alma brincó por doquier y se transformó en una especie de referente personal. Hace algunos años, tras un largo recorrido que duró varios días por caminos escondidos a través de la sierra, por fin llegamos ante un grupo de guerrilleros con quienes habíamos establecido largos procesos de comunicación para encontrarnos con uno de sus dirigentes. El penoso viaje hizo que se fuera olvidando el objetivo. Caminar por veredas agrestes, en donde aparecen, a pesar de su larga existencia, como por magia, pequeñas ¿casas? nos reveló una realidad que ratifica ese dolor que no se ve pero que contundentemente toca y le da un sentido diferente a la mirada propia. En ese sendero, guiado por lo guerrilleros, cada paso se convirtió en una auténtica bofetada.
De pronto, estaban ahí todas las causas que podrían explicar cualquier rebelión armada. Sin justificar sus acciones, se entendía por qué algunos grupos pueden llegar a esos extremos. Entonces perdió importancia hablar de lo que era el EPR (Ejército Popular Revolucionario). Se olvidaron todas las razones por las que se hizo el viaje y sólo fue importante que estábamos ahí y que lo que teníamos enfrente era nuestro país.
Se torna muy difícil volver y ocuparse nuevamente de lo que dice el Presidente en turno después de haber observado la forma de vida que tiene esa gente a la que hemos abandonado en el precipicio de la miseria y de saber que ellos piensan, porque les ha pasado muchas veces, que en cuanto uno voltee la mirada es posible que se les olvide, que en el momento en que se apague la cámara o la grabadora el tema será otra vez el dólar, la ingobernabilidad, el fútbol o el Big Brother y las personas que los vieron regresen a una realidad que ellos no verán para sí.
No es humanamente posible olvidar las miradas de sufrimiento. Están hechas para marcar destinos; sin embargo, para los que no las han visto, aunque sepan de qué se está hablando, de alguna manera la cotidianidad consigue posponer las emergencias. El dolor experimentado nos convierte en otros que no éramos antes, en unos diferentes, posiblemente más “fuertes” y más “sabios” después de sobrevivirlo, pero también más conscientes de nuestra fragilidad. Cuando ese dolor ajeno roza, se hace nuestro; pero cuando se observa de lejos o en la televisión, parece ser ajeno. Es otra la sensibilidad que mueve los resortes de nuestra vida.
Tal vez no olvidemos el dolor del todo, pero casi nunca recordamos que el dolor no consolado tiene que irse a alguna parte. Si no nos dejamos sobrecoger por él, si no le damos la oportunidad de conmovernos, es posible que este dolor se quede ahí, aglutinado, alimentándose con el rencor de la indiferencia. Es ese dolor soterrado el que divide a las naciones como en los conflictos étnicos, un dolor no resuelto que da rienda suelta al odio y los totalitarismos más irracionales. Ese dolor que no está en uno pero que también le pasa a uno.
Los médicos seguramente podrán explicar cuáles son los dolores más agudos que alguien puede sufrir y seguramente coincidirán en que no hay peor dolor que aquel que sabemos que es dolor, pero que no se siente en ninguna parte del cuerpo.