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/ Published on August 18, 2006

Opinión

El despertar de un sueño fugaz

Matrimonio: festejos, sueños y realidades.

Por Hugo Litvinoff

A pesar de la profunda crisis por la que atraviesa la institución familiar, el día de la boda es un acontecimiento cargado de ilusiones y promesas de felicidad. Supone abandonar tal vez para siempre la penosa soledad, tener al lado a alguien que nos ame, nos desee sexualmente y esté dispuesto a compartir proyectos, enfrentar problemas y construir juntos un pequeño mundo a la medida de los dos.

Sin embargo, por más ingenuos que sean los futuros cónyuges tarde o temprano caen en la cuenta de que se trata de una empresa al menos tan difícil como deseable. Y no sólo se duda del otro, también uno mismo se pregunta si será capaz de estar a la altura de los desafíos que supone la convivencia. El amor es un gran incentivo, pero no existe nadie tan expuesto y temeroso como el que ama de verdad.

Así las cosas, cabe esperar que la fiesta debería ser el momento en que rodeados de los seres más queridos celebremos el ingreso en una nueva etapa plagada de tantas ilusiones como interrogantes, pero normalmente las cosas no se dan de esta manera y asistimos a lo que podríamos llamar la perversión del festejo.

Para la familia, suele ser la gran posibilidad de devolver favores a otros que invitaron anteriormente y en las clases acomodadas la irresistible oportunidad de lucir y hacer brillar la potencia económica. Para los novios, los desvelos en torno a la fiesta son una excelente evasión que les permite eludir los temores y las ansiedades en torno al casamiento.

Llegan a fantasear, incluso, que una fiesta maravillosa será mágicamente el puntapié inicial para una convivencia feliz. También, el deseo universal de ser importantes, los más observados y estar en boca de todos se apodera del proyecto festivo y relega a un segundo plano el verdadero motivo del festejo.

Expectativas mágicas

Como siempre sucede, a todo sueño le sucede un despertar, y la convivencia, como la vida, nunca es maravillosa ni glamurosa, depara alegrías, frustraciones, incógnitas y satisfacciones que siempre requieren coraje, entusiasmo y una buena cuota de realismo para ser encarada con eficacia. Ninguna fiesta, modesta o exuberante, ni garantiza de por sí la felicidad ni prenuncia la certeza de un fracaso.

Es ni más ni menos que un acontecimiento fugaz que terminará pronto y dejará lugar a lo real de la vida.

Existe, por supuesto, la depresión poscasamiento, pero nadie se deprime más porque la fiesta fue de una u otra manera; se deprime porque espera alcanzar una felicidad que nunca llega por sí sola, o porque esperaba del otro o de sí mismo respuestas que no están a la altura de poder dar.

No existen fórmulas para asegurar una buena vida de pareja ni para evitar futuras depresiones, pero es aconsejable dejar de lado expectativas mágicas, preguntarse si somos capaces, además de amar las virtudes del otro, de amar también sus rarezas o locuras, aprender a pedir y a escuchar y ser capaces de resignar lo que es resignable. Y si nada de eso es posible y si los cambios son lentos o inexistentes, ser capaces de tolerar el dolor de dar un paso al costado y tratar de arrancarle a la vida una nueva oportunidad.

El autor es psicoanalista didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

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