Que la contaminación del aire de casi todas las grandes ciudades latinoamericanas afecta severamente la salud no es novedad; pero el debate suele estar centrado en lo que se conoce como “material particulado”, una mezcla compleja de diminutos componentes sólidos y gotitas suspendida en el aire, en la que puede hallarse polvo, hollín, humo, metales, compuestos orgánicos, sulfatos, nitratos y –en las partículas de mayor tamaño- polen y esporas. Esto pasa, claro, también en Colombia; pero en el aire bogotano se han detectado además otras amenazas mortales menos visibles. Se trata de dos gases: el dióxido de nitrógeno (NO₂) y el ozono troposférico (O₃). El primero proviene principalmente de los tubos de escape de vehículos que funcionan con diésel o gasolina, mientras que el O₃, considerado contaminante secundario, se forma en la capa baja de la atmósfera por reacciones fotoquímicas entre óxidos de nitrógeno (como el NO₂) y otros contaminantes, impulsadas por la luz solar. Suele dispararse en temporadas secas y durante incendios forestales, y no solo es tóxico para la salud sino que es también dañino para la vegetación.
Lo que ocurre en Bogotá, como muestra una investigación de Mónica Tatiana Herrera Escalante, magíster en Ingeniería Ambiental de la Universidad Nacional de Colombia, “entre 2013 y 2019, la exposición prolongada al NO₂ fue responsable de hasta un 4,3 % de las muertes por todas las causas naturales en adultos mayores de 30 años (más de 1.100 casos anuales)”. Para llegar a estas conclusiones, Herrera Escalante trabajó con datos de la Red de Monitoreo de Calidad del Aire de Bogotá, que analizó con modelos científicos de dispersión atmosférica y cálculos epidemiológicos. Concluyó –resalta el texto- que el impacto fue aún mayor en personas con enfermedades respiratorias como EPOC e infecciones respiratorias agudas bajas, en las que la exposición a contaminantes como NO₂ puede aumentar el riesgo de infección, complicaciones y mortalidad, especialmente en niños pequeños y personas mayores.
Digámoslo con números |
El análisis de los datos muestra que en los últimos 10 años hubo casi 3.000 días con concentraciones de NO₂ de entre 25 y35 µg/m³, las que, aunque no sobrepasan el límite nacional de 60 µg/m³, son superiores a lo aconsejado por las guías de la OMS (10–20 µg/m³). Se halló también que, aunque la tendencia general es levemente descendiente, la situación no es homogénea: mientras en localidades como Ferias y Guaymaral se registraron descensos, en Engativá, Suba, Bosa, Ciudad Bolívar y especialmente en Kennedy el problema es particularmente marcado. ¿Las razones? Son áreas con alta concentración de habitantes, mucha presión del tráfico y de la actividad industrial, y escasos espacios verdes.
Como adelantamos, el O₃ también encendió alertas. Sus valores variaron con más amplitud, pero hubo más de 100 días en los que registros superaron lo recomendado (100 µg/m³), y episodios que se extendieron hasta diez días seguidos. A diferencia del NO₂, la tendencia del ozono fue en ascenso entre 2013 y 2023 y –destaca el texto– “el contaminante mostró un comportamiento estacional, con picos asociados a épocas secas y fenómenos como incendios forestales, que exacerban las concentraciones locales de O₃”. Las zonas más afectadas se concentran en el sur y en el occidente de la ciudad: Kennedy, Carvajal y Puente Aranda, y “los resultados evidencian que, aun con una fracción atribuible menor que el NO₂ (0.1 – 0.5 %), el O₃ representa un riesgo constante en la salud respiratoria y cardiovascular de la población”. Para cerrar este aspecto del análisis, dos datos interesantes: al comparar el impacto de ambos contaminantes según el sexo, se detectó que, tanto para NO₂ como para O₃, los efectos son mayores en mujeres que en hombres, “lo que podría explicarse por diferencias biológicas e inmunológicas”. El otro es que “la evaluación en salud reveló a Kennedy como la localidad de mayor carga (2.576 muertes atribuibles a largo plazo y 769 a corto plazo)”.
En busca de soluciones |
“Los riesgos en salud no dependen únicamente de factores socioeconómicos, sino también de condiciones urbanas y climáticas complejas, lo que refuerza la necesidad de contar con evaluaciones de exposición más precisas y de alta resolución”, señaló la autora, y el trabajo, en consonancia, no se quedó en lo descriptivo: utilizó DAUMOD-GRS (un modelo de dispersión atmosférica urbana que estima distribución y evolución de contaminantes fotoquímicos en función de las emisiones y de las condiciones meteorológicas) y AirQ+, una herramienta informática desarrollada por la OMS para cuantificar y evaluar el impacto de la contaminación del aire sobre la salud humana. Y esto no se hizo “porque sí”: “los resultados refuerzan la necesidad de fortalecer las políticas de calidad del aire en Bogotá más allá del cumplimiento de los estándares nacionales, alineándolas con las guías de la OMS”, señala casi al final del trabajo la investigadora. Y, consciente de la necesidad de dar bases científicas a la toma de decisiones políticas (en este caso, sanitarias) simuló diversos escenarios. Uno de ellos fue el de reducciones en las emisiones de óxidos de nitrógeno (NOx) y compuestos orgánicos volátiles (COV), y se concluyó que disminuir las emisiones, “especialmente las asociadas a fuentes móviles diésel”, tiene un efecto directo en la disminución de casos atribuibles de mortalidad, en especial para NO₂ y no evidencian casos atribuibles a O₃.
Dicho con cifras: en el escenario actual la concentración promedio de NO₂ es de 30 µg/m³, y si se eliminan los vehículos diésel, baja a 17 µg/m³ (–47 %). Si se reducen el 10 %, desciende a 19 µg/m³, y con una transición total hacia tecnologías más limpias caería a 7 µg/m³ (–77 %). Este es, cabe destacar, el único escenario que cumple con las guías de la OMS. Y el impacto en mortalidad es contundente. En el escenario actual se estiman 2.368 muertes atribuibles a la contaminación en toda la ciudad. Sin diésel esa cifra se reduce a unas 1.230 (–48 %); en cambio, con una reducción parcial la baja es mucho menor, de entre 7 % y 10 %. Por último, en el escenario más ambicioso, que implica el reemplazo total por vehículos eléctricos y a gas natural, se logra disminuir las muertes en más del 60 %, a menos de 900 casos.
Estos elocuentes resultados muestran la necesidad de que en Bogotá se prioricen políticas estructurales, como la modernización del parque automotor, el impulso de la movilidad sostenible, el control de emisiones y, claro, la vigilancia epidemiológica…