Esta historia empezó en 2017, cuando un equipo de investigadores con sede en el Centro de Investigación de Enfermedades Infecciosas y Vectoriales (CIREV), del Instituto Nacional de Investigación en Salud Pública (INSPI), comenzó a aplicar lo que se conoce como Técnica del Insecto Estéril (TIE), una de las estrategias de control biológico que busca –en este caso– disminuir la población de mosquitos transmisores de enfermedades como dengue, zika y chikunguña, La TIE se basa en criar masivamente mosquitos en laboratorio y esterilizar los machos usando radiación. Al ser liberados en el ambiente y aparearse con hembras silvestres estos machos no pueden generar descendencia. Con liberaciones sostenidas en el tiempo, la población de mosquitos en una zona determinada tiende a reducirse, lo que contribuye a bajar la transmisión.
Pero, claro, las cosas no suceden en un abrir y cerrar de ojos… Y entonces, no estaban listos para enfrentar el brote que, en consonancia con lo que ocurrió en buena parte de América Latina, azotó a Ecuador en 2024: más de 61.000 casos de dengue, según el Ministerio de Salud Pública, lo que implicó un aumento de casi el 120 % respecto de 2023.
Mientras tanto, el proyecto avanzaba, y se decidió que la primera prueba se haría en la localidad de Bellavista, ubicada en Santa Cruz, una de las islas principales del archipiélago de Galápagos. No fue casualidad la elección: es una de las más pobladas y allí se encuentra la Estación Científica Charles Darwin, un referente en investigación y conservación. Según señalaba en esos meses el sitio del Gobierno de Ecuador, “la localidad cumple con una serie de características, como control del espacio de liberación, prohibición de uso de insecticidas y otros productos.” El proyecto preveía liberar 100.000 mosquitos estériles cada semana durante un año; y en ese este período, evaluar también la reducción de las poblaciones silvestres del mosquito. Así se hizo. La aplicación de la TIE, a cargo del INSPI y cofinanciada por el Programa de Cooperación Técnica del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), se lleva a cabo en alianza estratégica con la Escuela Politécnica Nacional (EPN) y la Universidad San Francisco de Quito (USFQ), y en la prueba piloto se sumó la Agencia de Regulación y Control de la Bioseguridad y Cuarentena para Galápagos (ABG). La USFQ se encargó de un elemento clave: la aceptación y la colaboración de los sectores públicos y de la población general. No era menor, considerando que lo que iba a hacerse contradecía lo hecho hasta ese momento: liberar más mosquitos en lugar de eliminarlos. Por fin, el 25 de julio dejaron volar 120.000 machos estériles.
¿Qué pasó? |
En enero de 2026, estaban en condiciones de producir hasta 200.000 machos estériles por semana. Y hasta el 3 de febrero se habían liberado 2,7 millones. Los resultados oficiales aún no se expresan en cifras definitivas sobre parámetros como supervivencia, vuelo o acoplamiento, pero el sitio oficial del Ministerio de Salud afirmó el 3 de febrero, cuando compartió la noticia de la inauguración de la fábrica, que ha logrado “una reducción casi total del vector Aedes aegypti en el sector”, y que este año se prevé iniciar una invención semejante en el territorio continental, concretamente la intervención en la localidad de Pacto, ubicada en el Chocó Andino, uno de los zonas rurales del Distrito Metropolitano de Quito. Según el Ministerio, se trata de “una zona de alta sensibilidad ecológica, donde esta tecnología permitirá fortalecer el control del dengue y otras arbovirosis en armonía con la conservación ambiental y el desarrollo sostenible”.
Cómo funciona la fábrica |
En la biofábrica del CIREV el proceso comienza con la recolección de mosquitos (en la experiencia piloto, se hizo en Galápagos, ya que cada población presenta rasgos propios, que son variables intervinientes). En Quito se lleva a cabo la cría en condiciones controladas. En primer lugar se preparan los alimentos: agua azucarada al 10 % para todos los adultos y sangre equina (originalmente se utilizó sangre humana) para las hembras, necesaria para la producción de huevos. Con esa base se gestionan los ciclos de oviposición, secado, tamizado y almacenamiento de huevitos, procesos de los que se llevan registros precisos.
La cría se realiza en salas con temperaturas cercanas a 27 °C y humedad relativa de alrededor del 70 %. Las jaulas, organizadas por origen geográfico, pueden albergar miles de individuos y mantienen proporciones equilibradas de machos y hembras. En paralelo, el área de inmaduros ejecuta la eclosión sincronizada de huevos, el conteo estandarizado de larvas y la clasificación de pupas por sexo. Esta última etapa es clave: mediante equipos especializados provistos por el OIEA se separan machos y hembras, y se seleccionan los machos que se destinarán al proceso que los vuelve estériles sin perder su capacidad de vuelo ni de apareamiento. El último paso, antes de trasladarlos al lugar de la liberación, es marcarlos con pigmentos para diferenciarlos de los silvestres.