Mariana Iglesias
Las hay tóxicas. Las hay simbióticas. Las hay libres al extremo. Y las hay bien desparejas. Algunos les rehúyen, la mayoría las buscan. A veces provocan desencanto, a veces sorprenden. La pareja, todo un tema. Un tema que mantiene códigos eternos, pero que también se amolda a los tiempos. En este milenio, por ejemplo, muchas parejas hacen terapia. Juntos.
Falta de comunicación. Aunque suene paradójico, ese es el gran problema modelo 2007. No hay diálogo. O si, pero de sordos. O a los gritos. Sin escucharse. "Sí, aumentaron las consultas. Ahora tenemos más terapia de parejas que individuales —dice a Clarín María Esther de Palma, de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar—. La falta de comunicación hoy es un tema recurrente. Faltan proyectos compartidos. Y sobra el maltrato, que es mutuo".
La aparente lejana crisis de 2001 fue la madre del aumento de la tendencia en las consultas de a dos: "La plata tapa conflictos. Cuando falta, deja espacios al descubierto", dice la psicóloga Beatriz Goldberg.
Cristina Castillo, psicóloga del Centro Dos, coincide: "Después de 2001 comenzaron a crecer mucho las consultas de pareja. Fue cuando terminó el bienestar. Y empezaron los roces. La mayoría son personas de más de 40 años que nunca habían pisado un consultorio".
La psicóloga Diana Resnicoff abona la idea: "La crisis del 2001 marcó un antes y un después en las terapias de parejas. Cuando no se puede comprar lo que uno quiere, salir a pasear, viajar o disfrutar con amigos, las parejas se quedan solas, sin distracciones. Aparecen las peleas, el fantasma de la separación y las consultas, porque necesitan ayuda externa".
Así las cosas, los especialistas consultados hablan de un crecimiento del doble en este tipo de terapia. "Perdido por perdido", las parejas toman aire y deciden contar sus intimidades a un tercero para ver si alguien neutral, los puede ayudar. En la consulta aparecen otros temas: falta de deseo sexual, la infidelidad, la paternidad. Y los celos (ver "Cuando..."). Pero los psicólogos coinciden: el gran problema de las parejas es que no se comunican, o lo hacen mal.
"Es distinto el amor del enamoramiento. Claro que al principio el otro es mágico, y todo lo que hace es perfecto. Pero después, aquello que era ideal pasa a molestar, incluso a transformarse en detestable. Las parejas dicen que el pacto inicial se rompió, que el otro ya no es el mismo, que cambió, y que quieren que sea el de antes. Imposible. Hay que pactar de nuevo, renovar los acuerdos. Y sobre todo, compartir las diferencias. No borrarlas: aprender a convivir con ellas", dice Castillo.
Palma asegura que la solución de los conflictos depende de la madurez de la pareja, de su capacidad de reflexión y elasticidad: "Es lógico que las personas cambien, porque todas las experiencias vitales cambian al ser humano. Pero hay que saber adaptarse a los cambios. Los dos deben estar dispuestos a revisar sus conductas. Hay que ceder y ser solidario. Se tiende a criticar, pero hay que mirar lo que uno hace".
Para Resnicoff la solución está en ver lo positivo del otro: "Es un trabajo, y hay que hacerlo. Las diferencias en la pareja provocan rabia, bronca, pero hay que saber aceptar lo malo del otro y poder comunicarse, hablar sin herir".
Para el psicólogo Miguel Espeche hay una gran confusión de paradigmas en el tema parejas: "Se ve a la pareja como algo deseable y a la vez amenazante de la individualidad. La sociedad de consumo favorece la noción de que aquello que no se tiene se perdió, entonces estar en pareja produce el temor de la limitación a la identidad y libertad".
Se entiende que si una pareja accede a la terapia es que aún hay cierto interés, pero... ¿Es efectiva? "Sirve pero no hace milagros. Puede aclarar panoramas y ayudar a que se tomen decisiones o desaten nudos. Puede ofrecer miradas con perspectivas nuevas para una comprensión más rica de lo que pasa en el vínculo", dice Espeche (ver "Aceleran...").
En su libro "Quiero estar bien en pareja", Goldberg escribió: "Antes de tomar una decisión drástica, es mucho lo que se puede hacer. Quienes creen que para abordar un nuevo proyecto de vida deben cambiar de pareja, se equivocan. Casi siempre es posible adaptar la pareja para que el nuevo proyecto pueda hacerse. De no ser así, igual convendrá rever cuáles son nuestras dificultades en la relación, para no arrastrarlas a una próxima".
Está claro que no existe la pareja perfecta. O como bien dice Castillo: "Si una pareja no entra en crisis nunca no significa que es la pareja ideal sino simplemente que está muerta".
De perdices y otros cuentos
Silvina Heguy
sheguy@clarin.com
¿Estaremos demasiados acostumbrados a los finales felices de las películas de amor antes de aparecer el clásico The end que, cuando se forma una pareja, se da por sentado que la historia terminará de esa forma y no de otra? ¿Nos habremos acostumbrado tanto a pensar que una escena —el comienzo del amor— está unida sin posibilidad de otra opción con otra: la del por siempre juntos? ¿Creeremos a fuerza de tanto relato rosa que si hay amor, enamoramiento, lo hay y habrá por siempre? Las terapias de parejas —incluso las que dicen fracasar porque terminan en la separación— no hacen más que tratar de ayudar a entender que, en realidad, las películas son eso: películas y que las verdaderas historias de amor dependen de la decisión de seguirlas o terminarlas. Y aceptar también que, para cada una de ellas, hay tantos posibles finales como lo son los diferentes mundos que se intentan unir cuando dos personas deciden estar juntas (¿para siempre?).
Aceleran los procesos
La efectividad de las terapias de pareja quedó en jaque en los EE.UU. tras la publicación, en 2005, de un estudio que sostenía que el 38 por ciento de los matrimonios se separaban a los 4 años de tratamiento. El estudio también revelaba que el 25 por ciento de las parejas empeoraba a los 2 años de terapia.
Aunque en el país no existen investigaciones de este tipo, para los especialistas argentinos la terapia siempre es beneficiosa. Plantean que sirve, por ejemplo, para acelerar procesos.
Los expertos locales consideran que para evaluar la efectividad de un tratamiento no se debe considerar sólo si la pareja logró mantenerse unida. A veces también sirve, dicen, para avanzar en una separación más sana.
"Ya no nos hablábamos"
Mónica tiene 42 y es diseñadora. Carlos, 49 y es empresario. Juntos se presentaron en la consulta porque sentían que "la relación se caía a pedazos: ya no nos hablábamos", y llevaban dos años sin tener relaciones sexuales.
Tenían una nena de 4 años y él, además, otros cuatro hijos de tres matrimonios previos. La incomunicación era casi total. Y la terapeuta, en la primera consulta, sólo escuchó críticas cruzadas. La sesión fue un verdadero campo de batalla. Los dos tenían una larga lista de recriminaciones para hacerle al otro. Entonces la especialista les pidió que hicieran memoria y recordaran qué cosas los había atraído del otro en el momento de conocerse.
También les dijo que debían reestablecer el diálogo. Y les dio un ejercicio para hablar sin herirse: todos los días cada uno debía hablarle al otro durante cuatro minutos seguidos. Dicen que, al principio, costó. Eran ocho minutos en total, nada más. Eligieron que fuera a la mañana, antes de que la nena se despertara.
Así volvieron a hablar, y después también pudieron construir un espacio de intimidad. Trabajaron con todos los aspectos positivos que los habían unido. Terminaron con las recriminaciones. Cada uno pudo hacerse cargo de sus propias dificultades. La terapia duró dos meses. Fueron diez sesiones.
Cuando los celos enfermizos se transforman en el peor enemigo de la relación
La señal de alerta es cuando uno de sus miembros le exige al otro que se aísle. Los terapeutas aseguran que provocan una baja en la calidad de vida de la pareja.
Los celos siempre fueron, son y serán una buena fuente de peleas en las parejas. Quien los haya padecido lo sabe y muy bien.
"Consisten habitualmente en una preocupación por la posible pérdida de la persona amada o un malestar por una relación real o imaginaria que el ser amado tiene con alguien más. Quienes sienten este tipo de celos prefieren que sus parejas permanezcan con ellos y no desean que tengan una relación demasiado íntima con nadie más", el que habla así es Luis Buero, escritor, psicólogo social y creador de un taller de reflexión para celosos y celados anónimos que ya va por su tercer año.
Según Bruero "cuando esos celos están acompañados de intensos sentimientos de inseguridad, autocompasión, hostilidad y depresión, por lo general, producen una baja en la calidad de vida de los integrantes del vínculo que puede ser destructivo para la relación. Hablamos de celos patológicos", dice.
A los talleres gratuitos de Bruero van "unas treinta personas, hombres y mujeres, de 25 a 65 años, y de todas las clases sociales".
Para Resnicoff, el celoso "es un individuo inseguro, con la autoestima baja, poco valorizado, con pensamientos obsesivos". Castillo explica que los celos patológicos radican en que no tienen nada que ver con lo que el otro haga: "El celoso puede ser un sujeto paranoico. Y están los perversos, que siempre hacen sentir culpable al otro".
"Las personas con celos patológicos exigen a su pareja que no se implique emocionalmente con otros. Ven como rival o enemigo potencial a cualquier ser del sexo opuesto que se acerque a su pareja. Su pensamiento es rígido y dogmático, porque siente que si pierde a su pareja será terrible e insoportable. De allí su característica controladora, vigilante, asfixiante, insegura, deprimida en ciertos momentos, agresiva en otros y siempre dependiente", dice Buero con la experiencia de dirigir su taller que tiene un nombre que no deja dudas: "Cuando los celos te carcomen". Son todos los miércoles a las 20 en el Hospital Tornú (Ex Combatientes de Malvinas 3002, hall central del pabellón consultorios externos). Y, repetimos, son gratis.
"Mataron al amor"
Ya hace más de un año que se separaron, pero a ella todavía se le quiebra la voz al contar: los celos enfermizos de él "mataron al amor".
El noviazgo duró un año y funcionó tan bien que decidie ron ir a vivir juntos. Ella, 53 años, productora de seguros. El, 55, ingeniero. Los dos divorciados. "Yo siempre fui extremadamente confiada, le creía, y no vi ninguna señal de celos. Pero ahí estaban, después me di cuenta. Si hasta le molestaba que me ocupara de mis hijas y mis nietos", cuenta la mujer que pide anonimato a Clarín.
La convivencia fue fatal: a él le molestaba que ella trabajara en su casa, pero tampoco le hacía gracia que fuera a la empresa. Ni hablar cuando ella tomó un empleado. Un varón, joven. Le empezó a hacer la vida imposible. Le hacía unas escenas tremendas si volvía a su casa más tarde de lo pensado. Y un día hasta le cambió la cerradura porque ella tenía que volver a las tres de la tarde y no lo hizo. Llegó a las cinco, y no pudo entrar. "Después de las escenas me pedía perdón, y yo lo perdonaba", confiesa ella.
Pero cuando le cambió la cerradura la segunda vez dijo "basta". Se fue. "Pensaba que lo engañaba. Eran todas fantasías de él, yo soy la persona más fiel del mundo. El pretendía que lo estuviera esperando para cebarle mate. Me negué. Todo terminó muy mal. Con una carta documento logré sacar mis cosas de la casa. Los celos son una enfermedad tremenda".
Publicado el 5 de febrero de 2007
Tendencias
Dicen que en los últimos 5 años se duplicaron las terapias de pareja
La falta de comunicación es el problema principal de la convivencia y, según explican los especialistas, se agravó más con la crisis económica. Ahora, ante una posible separación, se recurre cada vez más a expertos.
Mariana Iglesias
Las hay tóxicas. Las hay simbióticas. Las hay libres al extremo. Y las hay bien desparejas. Algunos les rehúyen, la mayoría las buscan. A veces provocan desencanto, a veces sorprenden. La pareja, todo un tema. Un tema que mantiene códigos eternos, pero que también se amolda a los tiempos. En este milenio, por ejemplo, muchas parejas hacen terapia. Juntos.
Falta de comunicación. Aunque suene paradójico, ese es el gran problema modelo 2007. No hay diálogo. O si, pero de sordos. O a los gritos. Sin escucharse. "Sí, aumentaron las consultas. Ahora tenemos más terapia de parejas que individuales —dice a Clarín María Esther de Palma, de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar—. La falta de comunicación hoy es un tema recurrente. Faltan proyectos compartidos. Y sobra el maltrato, que es mutuo".
La aparente lejana crisis de 2001 fue la madre del aumento de la tendencia en las consultas de a dos: "La plata tapa conflictos. Cuando falta, deja espacios al descubierto", dice la psicóloga Beatriz Goldberg.
Cristina Castillo, psicóloga del Centro Dos, coincide: "Después de 2001 comenzaron a crecer mucho las consultas de pareja. Fue cuando terminó el bienestar. Y empezaron los roces. La mayoría son personas de más de 40 años que nunca habían pisado un consultorio".
La psicóloga Diana Resnicoff abona la idea: "La crisis del 2001 marcó un antes y un después en las terapias de parejas. Cuando no se puede comprar lo que uno quiere, salir a pasear, viajar o disfrutar con amigos, las parejas se quedan solas, sin distracciones. Aparecen las peleas, el fantasma de la separación y las consultas, porque necesitan ayuda externa".
Así las cosas, los especialistas consultados hablan de un crecimiento del doble en este tipo de terapia. "Perdido por perdido", las parejas toman aire y deciden contar sus intimidades a un tercero para ver si alguien neutral, los puede ayudar. En la consulta aparecen otros temas: falta de deseo sexual, la infidelidad, la paternidad. Y los celos (ver "Cuando..."). Pero los psicólogos coinciden: el gran problema de las parejas es que no se comunican, o lo hacen mal.
"Es distinto el amor del enamoramiento. Claro que al principio el otro es mágico, y todo lo que hace es perfecto. Pero después, aquello que era ideal pasa a molestar, incluso a transformarse en detestable. Las parejas dicen que el pacto inicial se rompió, que el otro ya no es el mismo, que cambió, y que quieren que sea el de antes. Imposible. Hay que pactar de nuevo, renovar los acuerdos. Y sobre todo, compartir las diferencias. No borrarlas: aprender a convivir con ellas", dice Castillo.
Palma asegura que la solución de los conflictos depende de la madurez de la pareja, de su capacidad de reflexión y elasticidad: "Es lógico que las personas cambien, porque todas las experiencias vitales cambian al ser humano. Pero hay que saber adaptarse a los cambios. Los dos deben estar dispuestos a revisar sus conductas. Hay que ceder y ser solidario. Se tiende a criticar, pero hay que mirar lo que uno hace".
Para Resnicoff la solución está en ver lo positivo del otro: "Es un trabajo, y hay que hacerlo. Las diferencias en la pareja provocan rabia, bronca, pero hay que saber aceptar lo malo del otro y poder comunicarse, hablar sin herir".
Para el psicólogo Miguel Espeche hay una gran confusión de paradigmas en el tema parejas: "Se ve a la pareja como algo deseable y a la vez amenazante de la individualidad. La sociedad de consumo favorece la noción de que aquello que no se tiene se perdió, entonces estar en pareja produce el temor de la limitación a la identidad y libertad".
Se entiende que si una pareja accede a la terapia es que aún hay cierto interés, pero... ¿Es efectiva? "Sirve pero no hace milagros. Puede aclarar panoramas y ayudar a que se tomen decisiones o desaten nudos. Puede ofrecer miradas con perspectivas nuevas para una comprensión más rica de lo que pasa en el vínculo", dice Espeche (ver "Aceleran...").
En su libro "Quiero estar bien en pareja", Goldberg escribió: "Antes de tomar una decisión drástica, es mucho lo que se puede hacer. Quienes creen que para abordar un nuevo proyecto de vida deben cambiar de pareja, se equivocan. Casi siempre es posible adaptar la pareja para que el nuevo proyecto pueda hacerse. De no ser así, igual convendrá rever cuáles son nuestras dificultades en la relación, para no arrastrarlas a una próxima".
Está claro que no existe la pareja perfecta. O como bien dice Castillo: "Si una pareja no entra en crisis nunca no significa que es la pareja ideal sino simplemente que está muerta".
De perdices y otros cuentos
Silvina Heguy
sheguy@clarin.com
¿Estaremos demasiados acostumbrados a los finales felices de las películas de amor antes de aparecer el clásico The end que, cuando se forma una pareja, se da por sentado que la historia terminará de esa forma y no de otra? ¿Nos habremos acostumbrado tanto a pensar que una escena —el comienzo del amor— está unida sin posibilidad de otra opción con otra: la del por siempre juntos? ¿Creeremos a fuerza de tanto relato rosa que si hay amor, enamoramiento, lo hay y habrá por siempre? Las terapias de parejas —incluso las que dicen fracasar porque terminan en la separación— no hacen más que tratar de ayudar a entender que, en realidad, las películas son eso: películas y que las verdaderas historias de amor dependen de la decisión de seguirlas o terminarlas. Y aceptar también que, para cada una de ellas, hay tantos posibles finales como lo son los diferentes mundos que se intentan unir cuando dos personas deciden estar juntas (¿para siempre?).
Aceleran los procesos
La efectividad de las terapias de pareja quedó en jaque en los EE.UU. tras la publicación, en 2005, de un estudio que sostenía que el 38 por ciento de los matrimonios se separaban a los 4 años de tratamiento. El estudio también revelaba que el 25 por ciento de las parejas empeoraba a los 2 años de terapia.
Aunque en el país no existen investigaciones de este tipo, para los especialistas argentinos la terapia siempre es beneficiosa. Plantean que sirve, por ejemplo, para acelerar procesos.
Los expertos locales consideran que para evaluar la efectividad de un tratamiento no se debe considerar sólo si la pareja logró mantenerse unida. A veces también sirve, dicen, para avanzar en una separación más sana.
"Ya no nos hablábamos"
Mónica tiene 42 y es diseñadora. Carlos, 49 y es empresario. Juntos se presentaron en la consulta porque sentían que "la relación se caía a pedazos: ya no nos hablábamos", y llevaban dos años sin tener relaciones sexuales.
Tenían una nena de 4 años y él, además, otros cuatro hijos de tres matrimonios previos. La incomunicación era casi total. Y la terapeuta, en la primera consulta, sólo escuchó críticas cruzadas. La sesión fue un verdadero campo de batalla. Los dos tenían una larga lista de recriminaciones para hacerle al otro. Entonces la especialista les pidió que hicieran memoria y recordaran qué cosas los había atraído del otro en el momento de conocerse.
También les dijo que debían reestablecer el diálogo. Y les dio un ejercicio para hablar sin herirse: todos los días cada uno debía hablarle al otro durante cuatro minutos seguidos. Dicen que, al principio, costó. Eran ocho minutos en total, nada más. Eligieron que fuera a la mañana, antes de que la nena se despertara.
Así volvieron a hablar, y después también pudieron construir un espacio de intimidad. Trabajaron con todos los aspectos positivos que los habían unido. Terminaron con las recriminaciones. Cada uno pudo hacerse cargo de sus propias dificultades. La terapia duró dos meses. Fueron diez sesiones.
Cuando los celos enfermizos se transforman en el peor enemigo de la relación
La señal de alerta es cuando uno de sus miembros le exige al otro que se aísle. Los terapeutas aseguran que provocan una baja en la calidad de vida de la pareja.
Los celos siempre fueron, son y serán una buena fuente de peleas en las parejas. Quien los haya padecido lo sabe y muy bien.
"Consisten habitualmente en una preocupación por la posible pérdida de la persona amada o un malestar por una relación real o imaginaria que el ser amado tiene con alguien más. Quienes sienten este tipo de celos prefieren que sus parejas permanezcan con ellos y no desean que tengan una relación demasiado íntima con nadie más", el que habla así es Luis Buero, escritor, psicólogo social y creador de un taller de reflexión para celosos y celados anónimos que ya va por su tercer año.
Según Bruero "cuando esos celos están acompañados de intensos sentimientos de inseguridad, autocompasión, hostilidad y depresión, por lo general, producen una baja en la calidad de vida de los integrantes del vínculo que puede ser destructivo para la relación. Hablamos de celos patológicos", dice.
A los talleres gratuitos de Bruero van "unas treinta personas, hombres y mujeres, de 25 a 65 años, y de todas las clases sociales".
Para Resnicoff, el celoso "es un individuo inseguro, con la autoestima baja, poco valorizado, con pensamientos obsesivos". Castillo explica que los celos patológicos radican en que no tienen nada que ver con lo que el otro haga: "El celoso puede ser un sujeto paranoico. Y están los perversos, que siempre hacen sentir culpable al otro".
"Las personas con celos patológicos exigen a su pareja que no se implique emocionalmente con otros. Ven como rival o enemigo potencial a cualquier ser del sexo opuesto que se acerque a su pareja. Su pensamiento es rígido y dogmático, porque siente que si pierde a su pareja será terrible e insoportable. De allí su característica controladora, vigilante, asfixiante, insegura, deprimida en ciertos momentos, agresiva en otros y siempre dependiente", dice Buero con la experiencia de dirigir su taller que tiene un nombre que no deja dudas: "Cuando los celos te carcomen". Son todos los miércoles a las 20 en el Hospital Tornú (Ex Combatientes de Malvinas 3002, hall central del pabellón consultorios externos). Y, repetimos, son gratis.
"Mataron al amor"
Ya hace más de un año que se separaron, pero a ella todavía se le quiebra la voz al contar: los celos enfermizos de él "mataron al amor".
El noviazgo duró un año y funcionó tan bien que decidie ron ir a vivir juntos. Ella, 53 años, productora de seguros. El, 55, ingeniero. Los dos divorciados. "Yo siempre fui extremadamente confiada, le creía, y no vi ninguna señal de celos. Pero ahí estaban, después me di cuenta. Si hasta le molestaba que me ocupara de mis hijas y mis nietos", cuenta la mujer que pide anonimato a Clarín.
La convivencia fue fatal: a él le molestaba que ella trabajara en su casa, pero tampoco le hacía gracia que fuera a la empresa. Ni hablar cuando ella tomó un empleado. Un varón, joven. Le empezó a hacer la vida imposible. Le hacía unas escenas tremendas si volvía a su casa más tarde de lo pensado. Y un día hasta le cambió la cerradura porque ella tenía que volver a las tres de la tarde y no lo hizo. Llegó a las cinco, y no pudo entrar. "Después de las escenas me pedía perdón, y yo lo perdonaba", confiesa ella.
Pero cuando le cambió la cerradura la segunda vez dijo "basta". Se fue. "Pensaba que lo engañaba. Eran todas fantasías de él, yo soy la persona más fiel del mundo. El pretendía que lo estuviera esperando para cebarle mate. Me negué. Todo terminó muy mal. Con una carta documento logré sacar mis cosas de la casa. Los celos son una enfermedad tremenda".