

Las cosas de la vida
Luis Chiozza
Ediciones del Zorzal
http://www.delzorzal.com.ar/
El trompo de dos espaldas
Por Luis Chiozza*
La expresión “formar pareja” señala que a una pareja hay que formarla y, cuando se logra constituirla, cada uno de los dos que la forman transforma en ella su modo de vivir y de sentir la vida. El término “pareja” mantiene una inconveniente ambigüedad, porque alude a la condición de “par” y ocurre que, si en algún sentido una pareja es un par, se trata de un par complementario, que se constituye propiamente en razón de ser dispar. Frente a todo lo que un ser humano tiene en común con otro, esa diferencia podrá verse pequeña, pero sin asumirla plenamente no se puede formar bien una pareja. En cuanto a la cuestión, que en nuestros días despierta polémica, de si es posible constituir una pareja en una relación homosexual, sólo diré que una respuesta afirmativa lleva implícito que sus integrantes participan desde roles que, aunque se ejerzan en forma alternativa, sean complementarios.
Hemos visto innumerables veces que la forma en que cada ser humano intenta formar una pareja proviene de la experiencia que ha vivido frente a la pareja de sus padres. Es una influencia inevitable, que hasta se manifiesta a veces en el intento compulsivo de hacer precisamente lo contrario de lo que se ha visto en ellos. Comprender esas primeras experiencias infantiles nos enseña, además, que la pareja no se forma como un vínculo de dos sino de tres, porque ese niño que cada uno fue frente a sus padres, contemplando desde afuera algo que en ese momento sólo ocurre entre otros dos, perdura dentro de nosotros cada vez que nos unimos en pareja.
Así se configura en cada pareja, y de modo inconsciente, un vínculo bicorporal pero tripersonal, en el sentido de que dos están allí físicamente mientras que el tercero está siempre implícito en la estructura misma de esa relación. El tercero que amenaza a la pareja, aunque permanezca inconsciente, de algún modo está siempre presente, y mantiene encendida una situación de celos que contribuye al interés erótico.
El suelo erótico sobre el cual se apoya una pareja, el sex appeal sobre el que se construye la familiaridad de un vínculo de cariño, se configura con la misma situación continua de celos y excitación que determina su inestabilidad. Es cierto que la pareja pierde uno de sus fundamentos principales si no cree en su propia estabilidad, ya que en su constitución interviene la necesidad de confortar el ánimo al disminuir, o negar, el sentimiento de inseguridad que siempre nos acecha. Sin embargo, en la medida en que no se tiene un cierto grado de conciencia de esa inestabilidad inevitable, es difícil realizar una buena pareja. Del mismo modo que la estabilidad de un trompo que se mantiene erguido apoyado sobre una punta fina depende de la velocidad con la cual gira, la estabilidad de una pareja es un equilibrio dinámico que se mantiene gracias a una cierta plasticidad para el cambio. Sin esa plasticidad la pareja se arruina y, si perdura, carece de la vitalidad necesaria para ser saludable. Una pareja sana evoluciona y cambia, y se mantiene como tal porque se reconstruye cotidianamente; que es como decir que se “recontrata” de un modo permanente.
Ti voglio bene
Es difícil hablar del amor en la pareja sin producir equívocos, porque con la palabra “amor” se designan tantas cosas, y tan distintas, como para que sea mejor describirlas, en lugar de referirnos a ellas con ese nombre genérico. Hablamos de la amistad y del cariño que se construyen con los años y con los recuerdos compartidos. Hablamos de la familiaridad y de la confianza que genera la convivencia estrecha. Hablamos del compañerismo que surge cuando se tienen las mismas necesidades, intenciones y proyectos. Hablamos de los deseos de una unión genital, y también del deseo de estar cerca, o de ser consolado, acariciado y confortado. Hablamos de los dos grandes afrodisíacos que conducen al orgasmo: el ángel de la ternura y el demonio de las fantasías perversas. Hablamos de las impatía que nace en un instante dado en la ocasión de una mirada, un gesto, una actitud, y de la excitación que se experimenta frente a la desenvoltura de una conducta erótica. Hablamos de la aceptación de nuestra persona, tal cual es, implícita en la sonrisa con la cual nos estiman. ¡Y a toda esa diversidad la llamamos “amor”, con una misma palabra! Digamos, sin ánimo de definición, que el amor adquiere en muchos casos la apariencia de una figura esquiva, inalcanzable, y que en otros se nos presenta como una cierta forma de “iluminación”, momentánea y transitoria. Produce entonces una sensación de curiosidad, respeto y maravilla, que nos lleva a ubicarlo en el lugar de lo sublime.
Se suele afirmar que “el amor no dura”, significando con esto que el entusiasmo de un amor apasionado se agota en un vínculo perdurable por obra de un desgaste producido por la familiaridad, el abuso de confianza y el trato cotidiano. La aparente incompatibilidad entre la maravilla del amor, supuestamente dirigido hacia lo excepcional, y la pretendidamente opaca cotidianidad de un matrimonio desaparece cuando se conserva la capacidad de reencontrar lo nuevo en lo habitual. A la inversa, la imposibilidad de reencontrar la curiosidad y el placer en un vínculo que perdura conduce al anhelo de un amor embriagador cuya figura, antítesis precisa de la frustración que se vive, no debe ser confundida con el amor sublime.
La palabra “querer” señala, en cambio, un deseo posesivo. Los italianos atemperan este significado utilizando la expresión ti voglio bene, es decir, “te quiero bien”, lo cual revela que hay una forma mala del querer. Lo cierto es que cuando queremos una rosa solemos ponerla en un florero, y que cuando la amamos la dejamos vivir en la planta de la cual forma parte. El que ama con cariño cuida y protege al objeto de su amor. Y puede hacerlo gracias a una experiencia de carencia –actual o pretérita– que le permite identificarse con los sentimientos análogos del prójimo. La imposibilidad de poner fin a las propias carencias suele ser uno de los más fuertes motivos del deseo de ayudar. Por un mecanismo análogo solemos hacer muy buenos regalos en las circunstancias en que, inconscientemente, deseamos recibirlos. No sólo hay en ese gesto de cariño una fantasía mágica de inducir en el otro una conducta análoga (que, por este medio, casi nunca se cumple): hay también capacidad de identificación con el deseo ajeno, ternura, amistad y sublimación.
Quién le teme
Un matrimonio no sólo se mantiene por vínculos de amor. Un vínculo en el que predomina el odio también puede ser una prestación de servicios: hay parejas que perduran porque cultivan un campo de guerra que les permite descargar el odio recíproco en una magnitud que, fuera de allí, nadie toleraría. Esta circunstancia engendra en tales matrimonios una tolerancia al odio que mantiene el vínculo. Podemos mencionar tres buenos ejemplos: la obra de teatro Quién le teme a Virginia Wolf, la novela de Simenon El gato, llevada al cine con Jean Gabin y Simone Signoret, y la película La guerra de los Roses.
El matrimonio es un sacramento que ocurre aun más allá de la doctrina religiosa que lo sustente y de la ceremonia que habitualmente lo celebra. Es un sacramento en tanto constituye una misteriosa transformación irreversible que modifica las almas más allá de un propósito o un compromiso formal. Los cónyuges pueden separarse y el matrimonio se puede arruinar, pero no se puede “deshacer” completamente, ya que sus efectos perduran.
Es obvio que, como lo ha señalado Bernard Shaw, la palabra “monogamia” no designa la circunstancia de una sola mujer o un solo hombre en la vida: se trata de sólo una, o sólo uno por vez, en relaciones que se establecen con el ánimo de ser “para siempre”. No es lo mismo sacar de la valija sólo lo imprescindible para pasar la noche en una habitación de hotel, que establecerse, acomodando todo, en una casa nueva, sin perjuicio de que, la experiencia lo muestra, uno pueda mudarse. Que el ánimo de ser “para siempre” se concrete en una buena relación conyugal “para toda la vida” es difícil pero no es insólito. La dificultad no sólo proviene, como se ha señalado, del hecho de que la duración de la vida se ha prolongado en la última centuria, sino, sobre todo, de que en el desarrollo de sus vidas ambos cónyuges suelen evolucionar de maneras muy diferentes. La historia convivida puede funcionar como una argamasa, pero muchos matrimonios perduran gracias a que niegan la parálisis, la dependencia neurótica y el deterioro en que viven inmersos.
André Maurois señalaba, de manera un tanto cínica, que un matrimonio vive al nivel del más mediocre de los cónyuges. De la confluencia de las capacidades de ambos cónyuges dependerá en definitiva la vitalidad del vínculo. Un vínculo es vital cuando sus integrantes conservan la capacidad de enriquecerse mutuamente y de encontrar lo nuevo en lo habitual. Si es cierto que, como dice Ortega, el amor se apoya en el interés y en la curiosidad, la permanencia de esas mismas virtudes ha de ser esencial en el amor duradero. Esto no quita su verdad al hecho de que, en el fondo de las tendencias polígamas que operan en otras culturas (y que funcionan gracias a la posibilidad de ¡reencontrar lo habitual en lo nuevo!), operan el interés y la curiosidad.
Dado que los cambios son inevitables y continuos, la pareja permanece estable gracias a que cotidianamente se vuelve a suscribir, implícitamente, el contrato que la constituye. Importa destacar que, junto a lo que conscientemente se contrata, existen condiciones inconscientes esenciales que se dan por convenidas. Son precisamente esos convenios implícitos, que sólo se hacen manifiestos cuando no funcionan de acuerdo con lo que se había supuesto, los que llegan a poner en crisis la estabilidad del vínculo. ¿Debemos concluir que una pareja debería constituirse con alguna forma de contrato donde se contemple la mayoría de las vicisitudes posibles? Evidentemente no es posible, pero admitamos que una cosa es ignorar cuál será la posición que adoptará el consorte frente a un determinada circunstancia de la vida, y otra cosa, muy distinta, es saberlo y negarle su importancia, con la esperanza torpe de que, llegado el momento, se logrará torcer su voluntad.
Celada
La actividad genital gratificante minimiza la antipatía que surge de las diferencias de estilo y constituye un sólido fundamento para la unión de una pareja, pero es necesario comprender que las relaciones genitales “buenas” dependen de una buena elaboración de los celos. Especialmente importante será elaborarlos cuando una pareja se constituye con dos personas que ya han recorrido un trayecto importante de sus vidas y conservan vínculos entrañables con antiguos cónyuges, con hijos, con familiares o con amigos de antaño, ya que una pareja no puede unirse bien cuando alguno de sus integrantes debe omitir manifestar frente al otro una parte importante de sus afectos profundos.
Sostuvimos antes que los celos constituyen un ingrediente ubicuo que contribuye a la excitación erótica, pero esos mismos celos, cuando adquieren una determinada intensidad y cualidad, tienden a destruir el vínculo genital. Tal condición destructiva se alcanza cuando los celos dan lugar a un malentendido que configura, en el vínculo, un círculo vicioso de retroalimentación positiva que genera cada vez más de lo mismo. Por ejemplo, cuando un cónyuge se muestra desaprensivamente insensible frente a los celos del otro y hace poco para tratar de evitarlos, es porque sufre por sus propios celos, aunque en su conciencia lo niegue, y porque siente, en el fondo, que es la verdadera víctima. A veces a esto se agrega, iniciando el círculo vicioso, el intento de mantener sus propios celos negados mediante el recurso de hacerse celar, y otras veces se añade como condimento, generalmente inconsciente, el placer de la venganza. Se admite que la envidia suele ser muy daniña, y quien la sufre no suele despertar simpatía; de los celos, en cambio, suele pensarse que son un testimonio del amor, y suelen confundirse con el celo con el cual debe cuidarse todo aquello que se ama. Sin embargo, los celos y la envidia, como dos caras de una misma moneda, comparten una identidad de origen. Los celos parten del sentimiento de que somos incapaces de satisfacer las expectativas de la persona amada y, por tal motivo, se comprende muy bien que no sólo nos torture el temor a perderla, sino que, además, suframos sintiendo que esa persona amada y celada ya no nos satisface como, seguramente, satisfaría a quien, con méritos mejores, nos sustituyera. Y, frecuentemente, el hecho de que, en algunos sectores de la convivencia, podamos satisfacer necesidades importantes de la persona amada, no nos convence de que satisfagamos por ello la parte más importante de sus expectativas. La autoestima dañada reclama entonces un testimonio convincente de que somos casi todo lo que nuestro consorte necesita para disfrutar de la vida, y, cuanto menos confiamos en lograrlo, con mayor insistencia reclamamos. Suele establecerse de este modo, a partir de una extrema dependencia inconsciente, un círculo vicioso de reproches y reclamos que se retroalimenta hasta conducir, si otros factores no lo interrumpen, a la ruptura del vínculo.
* Extractado del libro Las cosas de la vida. Composiciones sobre lo que nos importa, que distribuye en estos días Libros del Zorzal.
Un buen orgasmo disculpa
Por L. C.
El encuentro genital comienza habitualmente con la intervención de los órganos sensoriales “distales”, la vista y el oído. Los siguen el tacto, el olfato y el gusto. A medida que el acto prosigue van participando, cada vez más, movimientos involuntarios, inconscientes y automáticos. Todo progresa de tal modo que el orgasmo viene como algo que no ha sido hecho, sino que ha sucedido. Viene desde un lugar donde no se lo domina, como algo que se acompaña de una vivencia particular, una especie de disolución del yo que genera en el ánimo la sensación de un misterio cuya magnitud sólo puede ser comparada con esa otra sensación de misterio que experimentamos frente a la gestación de un bebé o cuando muere un ser querido y de pronto su alma desaparece ante nuestros ojos para nunca más volver. Weizsaecker sostenía que un buen orgasmo disculpa y su afirmación resulta enigmática si no reparamos en el hecho de que el orgasmo conduce a una humilde disolución del yo, y que la culpa es siempre proporcional al tamaño que le asignamos a nuestro propio yo.
La Nación 23.10.05
Acerca de lo esencial
El psicoanalista Luis Chiozza reflexiona, en su libro Las cosas de la vida, acerca de cuestiones cotidianas que preocupan a todo el mundo, como los vínculos, la muerte y el amor
Este libro, Las cosas de la vida, trata de aquello que nos importa: de las dificultades, de las alegrías, de los sinsabores y de los sufrimientos que conforman cotidianamente los distintos momentos de nuestra relación con los otros y con nosotros mismos. El amor, el trabajo, la pareja, la relación con los hijos, la familia, la vejez, la enfermedad, la muerte... En las líneas que siguen, algunos extractos de estas reflexiones.
El territorio del alma...
"… En la medida en que uno se comunica se «une», se siente parte de una comunidad de «unos» comunes, que son «como uno»; y en la medida en que no lo logra, se siente aislado y solo. (…) Es conmovedor encontrarse con un semejante o, para decirlo mejor, que uno se encuentre con uno en el otro, pero es grato hasta un cierto punto, porque también hay orgullo y autoestima en el hecho de sentirse distinto. Cuando uno se siente aislado y solo, se siente único y excepcional, original e irreemplazable. Uno sufre por sentirse incomprendido, pero no corre el riesgo de ser intercambiable (…)
"… la compañía surge, por un lado, del encuentro con lo igual, mientras que, por otro lado, para lograr que el otro desee nuestra compañía procuramos mostrarnos diferentes, es decir, «originales». Uno se ve forzado a navegar entre ambos escollos; en un extremo, ser «distinguido», un ser irreemplazable, «extra-ordinario», que debe pagar el precio de quedarse solo, y en el otro extremo, ser común, un ente «ordinario» completamente sustituible que, como un antihéroe, cosecha el beneficio de sentirse acompañado en el seno de una masa humana. (…) Uno reconoce entre los otros (…) algunos semejantes. Sin esta última experiencia, uno no podría referirse a uno; se encontraría trágicamente limitado a tener que decir siempre «yo». Sin esta última experiencia, este libro, cualquier libro que se pudiera escribir, como una botella con el mensaje de un náufrago, que se pierde en el mar, no encontraría jamás destinatario."
Formar pareja
"Es difícil hablar del amor en la pareja sin producir equívocos, porque con la palabra «amor» se designan tantas cosas, y tan distintas, como para que sea mejor describirlas, en lugar de referirnos a ellas con ese nombre genérico. Hablamos de la amistad y del cariño que se construyen con los años y con los recuerdos compartidos. Hablamos de la familiaridad y de la confianza que genera la convivencia estrecha. Hablamos del compañerismo que surge cuando se tienen las mismas necesidades, intenciones y proyectos. Hablamos de los deseos de una unión genital, y también del deseo de estar cerca, o de ser consolado, acariciado y confortado. Hablamos de los dos grandes afrodisíacos que conducen al orgasmo: el ángel de la ternura y el demonio de las fantasías perversas. Hablamos de la simpatía que nace en un instante dado en la ocasión de una mirada, un gesto, una actitud, y de la excitación que se experimenta frente a la desenvoltura de una conducta erótica. Hablamos de la aceptación de nuestra persona, tal cual es, implícita en la sonrisa con la cual nos estiman. ¡Y a toda esa diversidad la llamamos «amor», con una misma palabra!
"… El entusiasmo en el amor cumple en la pareja una función insustituible y (…) cuando se pierde, eso no ocurre por el mero transcurso de los años, sino por dificultades y conflictos que, de manera consciente o inconsciente, arruinan la salud del vínculo. También existe el cariño, que es una cosa distinta, pero no menos importante, y también existe ese otro afecto que llamamos «querer». (… ) La palabra «amor» designa muchas cosas distintas. La palabra «querer» señala, en cambio, sin lugar a dudas, un deseo posesivo. (…) Lo cierto es que cuando queremos una rosa solemos ponerla en un florero, y que cuando la amamos la dejamos vivir en la planta de la cual forma parte.
"… Nos comportamos muchas veces como el malabarista que mantiene en equilibrio sobre puntas de caña muchos platos a la vez, y nos pasamos la vida corriendo, en el escenario, de una punta a la otra, para evitar que alguno de nuestros compromisos deje de girar. Mantenemos de este modo la ilusión de que no nos vimos obligados a optar, pero inevitablemente algún plato se rompe y, mientras tanto, son muchos los que giran en el límite de su velocidad crítica. Un mundo que carece de un ordenamiento jerárquico (…) va perdiendo aceleradamente significación y bienestar, aunque incremente los bienes materiales de los cuales dispone. La impresionante disminución de la natalidad en muchos países del llamado «primer mundo» habla muy claramente del punto que ha alcanzado un pensamiento egoísta según el cual el compromiso de un hijo (o incluso un matrimonio elegido por amor) arruina las posibilidades de un progreso material o de una buena ubicación en la estructura del poder.
"Una de las graves dificultades de nuestra época consiste en que, de tanto confundir la autoridad con el autoritarismo, nuestro concepto de autoridad se desdibuja. La autoridad es una cualidad, una capacidad que acerca de una especial materia posee el que ha sido muchas veces su autor, y precisamente esa capacidad que le confiere su experiencia determina su cualidad de ser «el que sabe» cómo se hace ese particular asunto. En ese sentido, los progenitores, ante los hijos pequeños, son siempre autoridad. Qué duda cabe de que ambos son o han sido autores de la mayoría de las cosas que un niño tiene que aprender. (…) Si bien puede decirse que un niño al principio necesita revestir a sus padres con una autoridad idealizada, no es menos cierto que necesita ir descubriendo, paulatinamente, cuáles son las materias en que no la tienen. (…) La manera en que los padres enfrentan auténticamente sus propios sentimientos frente al fracaso, la equivocación o la derrota puede ser para un niño la fuente de un valioso aprendizaje y la muestra de una nueva «autoridad» que le devuelve el respeto hacia sus padres."
De padres e hijos
"La edad en la cual los hijos ingresan normalmente en lo que se suele llamar «un rebelde sin causa» es la adolescencia. Es la etapa de la vida en la cual se desarrolla la rivalidad como una parte saludable y necesaria del desarrollo evolutivo que se da, en su forma típica, entre un hijo o una hija y el progenitor del mismo sexo. La esencia de la rivalidad reside en la lucha de dos personas por la posesión exclusiva de un bien determinado que, en primera instancia, es «tener razón» y, en última instancia, consiste en el amor de una tercera persona. Importa comprender, sin embargo, que cuando se trata de lo que ocurre entre los adolescentes y sus padres el interés en sostener una discrepancia y experimentar lo que entonces sucede es mucho más importante que el tema o argumento sobre el cual se discrepa.
"… Cuando ya hemos vivido muchos años y nuestro futuro se achica, nos resulta mucho más fácil huir desde el presente hacia el pasado que huir planificando un futuro que se nos antoja exiguo. Envidiamos la juventud, y aun la niñez, porque nos hemos olvidado de que en aquellos años también sentimos la necesidad, impaciente, de evadir el presente. Nos hemos olvidado de que nos evadíamos hacia el único lugar donde encontrábamos espacio, es decir, hacia un futuro, entonces largo, que nos gustaba imaginar promisorio. También nos hemos olvidado de que, en aquellos años en que teníamos la incertidumbre de lo que nos depararía el mañana, envidiábamos a las personas «hechas», que, según pensábamos, disponían de un pasado exitoso y vivían sólidamente aferradas a los proyectos logrados.
"Los hijos adultos se parecen a los amigos que uno verá de tanto en tanto. Debemos aprender a tolerar que a veces crean que no nos necesitan, y que otras veces no nos necesiten de verdad, pero no alcanza con esto. Si al caminar por un desierto, heridos o fatigados, tuviéramos que apoyarnos en los hombros de algún amigo más fuerte, deberíamos hacerlo del modo que lo incomodara menos. Algo similar tal vez sea lo primero que deberemos aprender como padres de nuestros hijos adultos, cómo acomodar nuestras vidas para pesarles poco...
"Cuando nuestros padres mueren, aunque seamos adultos, nos sentimos huérfanos. Ellos guardaban recuerdos acerca de nuestra infancia y de nuestros años juveniles que nadie más posee. Con ellos éramos de un modo que no podrá volver a ser. (…) Esa soledad no se explica únicamente por el vacío de sentido que nuestros padres nos dejan con su ausencia. Se trata sobre todo de que cuando mueren descubrimos, asombrados, que el interés que pusieron en nuestras vidas, y el amor que ambos nos tuvieron, se nutrían de una cualidad (…) insustituible. Era un amor nacido del hecho escueto de que fuimos sus hijos, un amor que relegaba a un término segundo cualquier otra condición. Sólo en los cónyuges, en los hijos y en los amigos con los cuales compartimos la vida durante muchos años encontramos un reflejo aproximado de ese amor parental. Cuando nuestros padres mueren nos sentimos sobrevivientes de una irreparable catástrofe. Gravemente heridos por la muerte que debemos vivir, nos espera un duelo especialmente difícil, porque de pronto, estremecidos por el impacto de una intuición profunda, comprendemos, de una manera nueva, el doloroso significado de la expresión «nunca más». (...)
"Un día mi conciencia humana, dentro de cuyas capacidades vivo la parte consciente de mi vida, adquirió la posibilidad de diferenciar entre mi madre y yo. Ella nació como persona en el mismo proceso en que yo nací. (…) Ella nació en el instante en que nació, en mi conciencia, el dibujo de una frontera y junto con esa frontera limitante nació «el nene» que más tarde aprendería a llamar «yo». Junto conmigo nació entonces, en mi vida, ella. Y en ese proceso de mi vida un día aprendí que yo existía para ella como ella para mí y que ambos, semejantes, éramos para cada «uno» de nos-otros un «otro» similar…"
Perfil: Luis Chiozza
Nació en Buenos Aires, en 1930; se graduó de médico en 1955; en 1996 recibió el Premio Konex en psicoanálisis.
Además de sus honores académicos, cabe destacar que es director del Centro Weizsaecker de Consulta Médica y del Instituto de Docencia e Investigación de la Fundación Luis Chiozza; también es miembro del Comité Asesor del International Journal Of Neuropsichoanalysis y del Analytic Psicotherapy and Psichopatology, publicado por la Clínica Psiquiátrica de la Universidad de Roma.

* Las cosas de la vida: composiciones sobre lo que nos importa de Luis Chiozza
¿Existen buenas y malas maneras de vivir la vida? ¿Qué hay detrás de aquellos sentimientos que fundamentan nuestras costumbres, nuestra cultura y nuestros valores? ¿Cuáles temas son aquellos que sin que lleguemos a percibirlos influyen en nuestra manera de sentir y de vivir la vida?
Justamente, en Las cosas de la vida, el Dr. Luis Chiozza, a partir de su vasta experiencia en el campo de la psicoterapia y utilizando un lenguaje claro y comprensible, trata aquello que nos importa: las dificultades, las alegrías, los sinsabores y los sufrimientos que conforman cotidianamente los distintos momentos de nuestra relación con los otros y con nosotros mismos. El amor, el trabajo, la pareja, la relación con los hijos, la familia, la vejez, la enfermedad, la muerte, constituyen temas o dramas que, como dice el autor en el prólogo, “fácilmente se nos vuelven difíciles” y configuran historias habituales que en algunas circunstancias llegan a culminar en una enfermedad.
Así, el Dr. Chiozza –prolífico autor que ha escrito entre otros libros el best seller ¿Por qué enfermamos?: la historia que se oculta en el cuerpo– le ofrece al lector una imagen conmovedora de la intrincada trama que conforman las relaciones humanas.
Información bibliográfica: ISBN: 987-1081-91-X. Cantidad de páginas: 304. Formato: 21 x 15 cm. Precio: $ 34.