De otro orden es el dolor que acompaña a una pérdida. Éste es lo suficientemente complejo como para que los autores que lo abordan pongan el acento en el objeto perdido, en el proceso que sigue a la pérdida –al que denominan duelo– o en los síntomas con los que el sujeto ve afectada su subjetividad. Louis-Vincent Thomas lo define así: “el duelo es la vivencia penosa y dolorosa (dolere quiere decir sufrir) que causa todo lo que ofende a nuestro impulso vital. En primer lugar, la pérdida de uno mismo en el envejecimiento: pérdida de cabello, de capacidad física y genésica, de memoria y lucidez, a la que es menester resignarse. Más aún, la pérdida del ser amado, que ocasiona un profundo desconcierto, una herida que equivale a menudo a una mutilación [...]. Sin duda la vivencia del duelo varía según el tipo de actividad que se tenía hacia el que acaba de
desaparecer”.1
En el Diccionario de psicoanálisis, escrito por J. Laplanche y J. B. Pontalis, consultamos el término duelo. El texto no lo registra como tal. Lo que se encuentra es trabajo de duelo (trauerarbeit, en alemán), al cual definen así: “proceso intrapsíquico, consecutivo a la pérdida de un objeto de fijación y por medio del cual el sujeto logra desprenderse progresivamente de dicho objeto”.2
Se trata entonces de un proceso que se desarrolla a nivel intrapsíquico y que aparece después de haber perdido un objeto importante o de fijación; mediante tal proceso logrará desprenderse del objeto, por tanto, es de suponerse que un objeto de fijación es aquel al que estamos prendidos de tal manera que al perderlo nos vemos sumergidos en un proceso de duelo, ergo no cualquier pérdida es motivo de duelo. El desprendimiento es progresivo y requiere forzosamente de tiempo, aunque los autores no hablan de la duración del periodo de desprendimiento. Aquí decir intrapsíquico es afirmar que se da en el sujeto, dentro de él, sin implicar su voluntad, sin que pueda evitar el sufrimiento o la angustia que lo aqueja, especialmente al inicio del proceso. Es también implicar el trabajo intenso al que está sometido el aparato psíquico. Y, ¿cómo se sabe que existe ese trabajo intrapsíquico?
Viene atestiguado porque el sujeto muestra “falta de interés por el mundo externo [...] y toda la energía del sujeto aparece acaparada por su dolor y sus recuerdos”. 3 Para Elisabeth Roudinesco y Michel Plon (1998) los síntomas son: “humor triste, sensación de un abismo infinito, extinción del deseo y la palabra, embotamiento seguido de exaltación, atracción irresistible de la muerte, las ruinas, la nostalgia, el duelo”.4 Entonces, se llama duelo a un evento en el que el sujeto pierde un objeto que para él era relevante, que le importaba, que llenaba una esfera de su vida... lo supiera él o no.
Freud (1905) diría que lo único que podemos considerar como pérdida es cuando el objeto perdido ha sido previamente libidinizado, esto es, que posee una carga elevada de libido, de energía psíquica. Y por tal ruta hasta podemos establecer una relación directamente proporcional entre objeto, pérdida y reacción del sujeto: a mayor libidinización objetal, mayor reacción del sujeto, mayor el dolor por la ausencia y más indefinición de las áreas del dolor. ¿Y como qué objeto llenaría esos requisitos? Los cumpliría cualquiera, sin importar si éste es una persona, un trabajo o un cambio de ciudad, de vida, de estado civil o de uno determinado por la edad; entonces, cualquier objeto dentro de un espectro infinito provocaría el dolor correspondiente al perderlo.