Noticias médicas

/ Publicado el 12 de marzo de 2007

Cuidado centrado en el afecto personal

Cuando muere un paciente

Reflexiones en torno a la muerte de un ser querido

RAMÓN BAYÉS 
 
Cuando muere un paciente, con su muerte no termina la tarea de los profesionales sanitarios que lo han atendido. En todo caso -especialmente cuando las parejas de los enfermos o fallecidos son ancianos- existe una última responsabilidad: tratar de dar apoyo emocional a la persona que ha sufrido la pérdida.

Los trabajos de Nicholas Christaquis, a los que EL PAÍS ha hecho referencia en esta misma sección, muestran el incremento de la vulnerabilidad a las enfermedades que presenta el miembro sano o superviviente de una pareja ante la hospitalización de su compañero o compañera, o al verse confrontado con su fallecimiento. Christakis no ha sido el único investigador en mostrar este fenómeno; Bartrop, Schleifer y tantos otros vienen aportando datos, desde hace años, en esta misma dirección. Pero tal vez por su envergadura -más de un millón de sujetos mayores de 65 años- el último trabajo de Christakis, publicado en The New England Journal of Medicine en febrero del año pasado, puede servir como revulsivo para que los profesionales sanitarios, en especial los médicos, presten un momento de atención a la importancia de tareas muy sencillas que están en su mano y que podrían tener efectos preventivos para la salud del miembro sano o superviviente de la pareja, en especial en aquellos casos en los que se haya establecido una mínima relación personal con el enfermo o el familiar, y la persona que se ve privada de su compañero carezca de alternativas familiares afectivas.

La siguiente carta, recibida en la dirección de un centro médico norteamericano debería obligarnos a reflexionar:

"Estimado doctor: El 3 de Agosto, mi madre, Jean Smith, murió. Había sido paciente de este Centro Médico con el doctor Roberts. Hasta su muerte, a los 90 años, fue una persona activa, implicada con su familia y con la sociedad (conducía e iba a clases de yoga). Murió súbitamente mientras dormía. Estamos desolados.

Varias semanas después de su muerte, escribí al doctor Roberts para comunicarle su muerte. Le expresé cuánto había apreciado sus cuidados, tanto su valiosa atención médica como su apoyo cuando se sentía ansiosa y preocupada por su salud.

En ningún momento he obtenido respuesta alguna ni del doctor Roberts ni de otra persona del Centro Médico. Me he sentido muy decepcionada y afligida, y he pensado que, como responsable del Centro, debería tener usted conocimiento de ello.

Cordialmente, Margaret Smith".

Las palabras anteriores no precisan comentario. Las personas en duelo, al menos algunas de ellas, para seguir adelante con su nueva vida, necesitan saber que para el médico que ha atendido a su ser querido, éste no fue un mero cliente anónimo.

Annie Mitchell, profesora de la universidad británica de Exeter, en el transcurso de una reunión sobre evaluación económica de la asistencia sanitaria, ha dicho que lo que los pacientes quieren es muy sencillo: ver al mismo médico en cada visita, sentirse mejor y ser tratados como personas y no como consumidores.

Pocos son los familiares que, en nuestro país, escriben cartas de agradecimiento a su médico, a alguna enfermera o al equipo que ha cuidado de su persona querida. Aunque, paralelamente, desde el otro lado, ¿cuántos profesionales sanitarios proporcionan apoyo emocional a los viudos o viudas de los pacientes fallecidos, en especial si conocen -o están en condiciones de conocer- que el miembro superviviente, si es de edad avanzada, empieza en terrible soledad esta nueva fase de su vida?

El 28 de enero de 2003, Diego, un fotógrafo jubilado de 81 años vecino de un pueblecito de la provincia de Granada, mató de un disparo en la frente a su esposa Encarnación de 80 años, la cual padecía la enfermedad de Alzheimer en fase avanzada. Después, el hombre volvió el arma contra si mismo y se suicidó. Un ejemplo límite, pero real.

Tigges, a partir de los datos que le proporcionan sus propias investigaciones, deduce que la pérdida de calidad de vida de las personas se produce, fundamentalmente, por sentimientos de indefensión (pérdida de control), desesperanza (incapacidad para encontrar un motivo para seguir viviendo) e inutilidad (percepción de que nuestra vida no vale ni sirve para nada). Esta descripción constituye tal vez el vivo retrato de muchos ancianos o ancianas que pierden, física o mentalmente, a sus parejas.

Una llamada telefónica, una breve visita, un apretón de manos silencioso, una carta de condolencia, aunque sea corta, sobre todo si contiene algún pequeño detalle de recuerdo personal, pueden contribuir en alguna medida al soporte del familiar en duelo; en algunos casos, estoy convencido de ello, pueden hacer milagros. Ciertamente, estoy hablando de solidaridad y sensibilidad, pero también de objetivos de salud. Desde el momento en que las investigaciones muestran que determinadas situaciones incrementan el riesgo de enfermedad, tratar de evitar, aunque sea parcialmente, estos efectos con acciones preventivas entra también a formar parte de la responsabilidad de los profesionales sanitarios.

A medida que las pequeñas poblaciones se han desarrollado y ha aumentado el número de personas desconocidas de su entorno, los médicos han dejado de asistir a los entierros o funerales de sus antiguos pacientes. Tras la muerte, el olvido. ¿Sería mucho pedirles que, ante cada muerte, tanto si ocurre en el domicilio como en el hospital, se planteen, por un momento, si en aquel caso concreto, está en su mano hacer algo más por el superviviente o supervivientes en duelo? ¿Por qué es tan difícil tratar de valorar y ayudar a soportar la pérdida de otro ser humano con el que hemos compartido un tiempo y un espacio en el mismo mundo, antes de que se nos lleve a todos el viento de la historia?

No deja de resultar paradójico que en el momento en que los investigadores empiezan a descubrir la importancia que tienen las relaciones interpersonales para la salud, es, precisamente, cuando su disponibilidad está disminuyendo. ¿De qué sirve que aumente nuestra longevidad si estos años suplementarios que nos regala la poderosa tecnología médica actual, los tenemos que vivir inmersos en un creciente aislamiento social, emocional y cognitivo?

Ramon Bayés es profesor emérito de la Universidad Autónoma de Barcelona (ramon.bayes@uab.es)

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Las emociones negativas que causa la muerte de un ser querido remiten al cabo de medio año

Tras la muerte de un ser querido por causas naturales, las respuestas normales de la mayoría de la gente son la aceptación y la añoranza por el fallecido. Y las emociones negativas propias del duelo suelen disminuir hacia los seis meses de la pérdida, según un nuevo estudio publicado en el Journal of the American Medical Association (JAMA), que es una evaluación empírica de la teoría de estadios del duelo.

La teoría de estadios del duelo establece cinco fases (incredulidad, añoranza, enfado, depresión y aceptación) se ha generalizado en una amplia variedad de duelos como ayuda para saber si un patrón específico de adaptación a la pérdida es normal o no.

El análisis de los datos de 233 personas que habían perdido a un ser querido por causas naturales no traumáticas, y se sometieron al menos a una evaluación de los cinco indicadores del duelo incluidos en la teoría de los estadios en los 24 meses posteriores al fallecimiento, reveló que "contrariamente a la teoría, la incredulidad no fue el indicador inicial y dominante del dolor", descubrieron los investigadores. El 83,8% de los participantes eran cónyuges del desaparecido. El resto de los participantes (16,2%) eran hijos adultos, padres o hermanos del muerto.

"La aceptación fue el elemento compartido con más frecuencia, y la añoranza fue el indicador negativo del dolor dominante de uno a 24 meses después de la pérdida", dicen los autores. La aceptación aumentó de forma continua durante el periodo de observación del estudio que finalizó a los 24 meses de la pérdida del ser querido.

"Independientemente de cómo se analicen los datos, todos los indicadores negativos del dolor disminuyen aproximadamente a los seis meses de la pérdida. Por tanto, es probable que la persistencia de estas emociones negativas tras los seis meses refleje una adaptación más difícil que la media, e indica la necesidad de una mayor evaluación del superviviente apenado y una posible prescripción de tratamiento", concluyen los autores.

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