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/ Published on September 1, 2002

Opinión

Cuando la Justicia llega al diván

Un artículo publicado en la sección Opinión del diario Clarín aborda el caso del procesamiento a un psicoanalista por el delito de no acertar con la terapia adecuada. Un caso de supuesta mala praxis y sus consecuencias.

Author: Por Alfredo Jorge Kraut*

Index
1. Denuncia
2. El valor de la palabra

Por un reciente pronunciamiento, la Cámara Nacional en lo Criminal y Correccional procesó a un psicoanalista por la posible comisión del delito de lesiones culposas en perjuicio de un paciente que lo había denunciado al no obtener mejoría tras un largo tratamiento. Luego de aceptar el psicoanálisis como método de tratamiento, el denunciante imputa ahora al terapeuta el no haberlo medicado en consonancia con la patología que alega padecer.

El delito previsto en el fallo supone penas de hasta tres años de prisión e inhabilitación de hasta cuatro para quien "por imprudencia o negligencia, por impericia en su arte o profesión o por inobservancia de los reglamentos o deberes a su cargo, causare a otro un daño en el cuerpo o en la salud" (art. 94, Cód. Penal). Se trata de un delito culposo con fundamento en la torpeza, el descuido o la falta de idoneidad, y no en la intencionalidad.

El tema ha causado sorpresa y preocupación en la comunidad psicoanalítica y psiquiátrica, en tanto plantea hasta dónde cabe juzgar legalmente la corrección de un tratamiento terapéutico.

En un artículo reciente de Clarín referido a la vigencia en nuestro país —en el marco de la crisis actual— de los tratamientos psicológicos, se señala que, mientras los consultorios públicos están desbordados, a los consultorios privados concurren menos pacientes que toman menos sesiones y pagan menos que hace veinte años. La crisis golpeó a la clase media —usuaria privilegiada del psicoanálisis local— y entró a los consultorios: los terapeutas comparten padecimientos con sus pacientes.

La autora de la nota, Patricia Kolesnicov, menciona opiniones del psicoanalista Juan Carlos Volnovich, según el cual los métodos terapéuticos enfrentan "palabra contra pastilla", y los laboratorios están interesados en que se multipliquen las listas de patologías mentales a fin de fabricar nuevos medicamentos: un "manual de la Organización Mundial de la Salud pasó de ochenta enfermedades mentales a cuatrocientas", recalca. El mismo artículo cita a Susana Toporosi ("Pequeños blindajes cotidianos"), quien observa que se proyecta "volver a medicalizar la salud mental y transformarla en un campo donde se anestesie el sufrimiento humano con un psicofármaco".

Son todas razones que alientan el interés por la noticia. Se suma a ellas la intervención jurídica en la actividad médica, con los problemas que se derivan de la necesidad de aplicar sanciones y reparar los daños injustamente causados. Los pacientes mentales, sobre todo los psiquiátricos, poseen características particulares. A la situación de "padecientes" —afectados en sus posesiones más valiosas (la salud mental), y desinformados sobre el diagnóstico y el pronóstico de sus dolencias—, se agrega la complejidad de estas patologías por su significación cultural y por la incertidumbre sobre su curación, sin perjuicio de la incuestionable relación de dependencia que suele crearse con el profesional experto. Esta relación toma la forma de una colaboración asimétrica y se agudiza cuando la persona es más vulnerable, con riesgo de ser explotada.

En el caso aludido, se cuestionó un tratamiento psicoanalítico pero no el psicoanálisis como método, sino la falta de asistencia farmacológica concomitante (objeción del tratamiento prodigado).

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