Wenger y colaboradores, han evaluado la incidencia de este tema, la utilización de directrices avanzadas, y las preferencias de atención del paciente con VIH, relacionándolas con variables demográficas y estatus socioeconómico del enfermo, y con las características del personal sanitario.
El trabajo se realizó sobre una muestra de población norteamericana, de casi tres mil personas que representaban a un total de 231 400 adultos que recibían atención por el VIH.
Los resultados obtenidos por el equipo del Dr. Wenger, recogían que el 50 por ciento de la población estudiada, discutía con su médico sobre algún aspecto relacionado con el final de la vida, y el 38 por ciento se movía dentro de directrices avanzadas. La probabilidad entre los pacientes de llevar a cabo una línea avanzada, era mayor, después de haber discutido sobre el tema con el médico.
La mayor proporción de pacientes que abordaban cuestiones sobre el final de la vida con su médico, se producía entre las mujeres y los pacientes con hijos; y el grupo de pacientes que menor probabilidad tenía de tratar el tema, eran las personas infectadas con VIH por el uso de drogas por vía parenteral, y aquellas con un nivel cultural más bajo.
Una mayor confianza en su médico y una relación médico-paciente más larga, estaba asociada, según los autores, a una planificación más avanzada de la atención.
Los datos llevan a los autores a concluir señalando que la mitad de las personas infectadas con VIH corren el riesgo de tomar decisiones sobre el final de la vida sin antes discutir sobre el tema con su médico. Las minorías raciales, los usuarios de drogas parenterales, y las personas con menor nivel cultural, son las que necesitan en mayor grado, la planificación de intervenciones más avanzadas en los programas clínicos para enfermos con VIH.