Noticias médicas

/ Publicado el 22 de julio de 2011

Un ginecólogo en la Puna

Conquistar la base de la pirámide

Los emprendimientos que atienden las necesidades de las poblaciones más postergadas no sólo crecen por volumen, sino que generan innovación y oportunidades de negocios inexploradas.

Fuente: El Cronista

Por María Gabriela Ensinck

Formado en la Universidad Nacional de Córdoba, con un posgrado en el exterior y 20 años de trayectoria, el ginecólogo jujeño Jorge Gronda podía considerarse un médico exitoso. Pero había algo que no le cerraba, y era la brecha cada vez mayor entre la medicina que ejercía en el hospital público de San Salvador de Jujuy y la que brindaba a sus pacientes en el consultorio privado. “Hay una regla no escrita que dice que a los médicos del hospital nos pagan poco y hacemos que trabajamos. Así estuve yo 20 años, ejerciendo una medicina para pobres a la mañana y otra para ricos a la tarde. Hasta que un día no pude más con el sistema, porque el sistema iba a poder conmigo. Y renuncié. Al hospital y al consultorio, y me fui a la Puna. Con la idea de empezar a criar vicuñas”, cuenta Gronda. Pero su vocación pudo más, y allá, en la Puna, tomó contacto con una realidad aún más dramática que la que había visto en el hospital de la capital jujeña.

 A mujeres que no tenían posibilidad de llegar a un centro de salud si el parto se complicaba o sus hijos se enfermaban, Gronda empezó a atenderlas en sus casas, a brindarles consejos de higiene y de salud y creó una salita de atención primaria. Hasta que su capital se esfumó y tuvo que volver a trabajar full time en su consultorio. Entonces sus pacientes cholas lo venían a ver y él no les cobraba la consulta. Llegó un momento en que “tenía más pacientes gratis que pagas, y estaba por quebrar. Un día mi secretaria me trajo una caja llena con billetes de $ 2. Era la recaudación que esas mujeres de la Puna venían juntando. Ellas querían pagar, aunque el costo de una consulta privada ($ 100) les resultaba muy elevado”. El otro problema era que las cholas se negaban a atenderse con otro médico que no fuera ‘el doctorcito’. Otra vez su secretaria lo sacó del apuro con una idea: imprimir una tarjeta plastificada, como las que daban las prepagas y obras sociales, “válida para atenderse con cualquier doctor”. Ahora ellas también tenían un carnet de pertenencia.

Esta fue la base del sistema de salud Ser (www.sistemaser.org.ar): un servicio de salud social privado, basado en el modelo de Empresas Sociales propuesto por el premio Nobel de la Paz, Muhamad Yunus. Los asociados pagan una cuota anual de $ 13 o $ 26 por el grupo familiar, y acceden a consultas con honorarios accesibles ($30), que son cobrados mensualmente por los médicos que conforman el sistema (y no a cuatro meses como ocurre con las prepagas y obras sociales). “Tenemos los mejores salarios, porque queremos a los mejores profesionales de la salud”, asegura. Por el boca a boca, el sistema fue creciendo y médicos de otras especialidades se asociaron y sumaron sus clínicas: oftalmología, pediatría, urología, odontología.
Al principio, era un sistema de atención primario. Pero ¿qué ocurre con las cirugías y los partos, intervenciones que cuestan unos $ 3.000? Gronda se hacía esta pregunta cuando vio salir a una de sus pacientes de una cadena de electrodomésticos con un televisor bajo el brazo. “La primera reacción fue juzgarla: ¿por qué comprás un televisor si no podés pagar tu parto en una clínica? Pues bien, ella llevaba la TV porque la podía pagar en cuotas. Entonces, hablé con el dueño de la clínica y le ofrecí pagar las intervenciones programadas en cuotas. Y cuando son de urgencia, nosotros les prestamos el dinero a los asociados y ellos devuelven el microcrédito”, cuenta.

El sistema Ser tiene 70.000 pacientes, más de 90 prestadores y una docena de farmacias en Jujuy y Salta. La Fundación Yunus está llevando este modelo a Colombia, y Gronda sigue empeñado en mejorar el servicio. “Lo bueno es que este sistema brinda salud y también construye ciudadanía, porque las personas que en el hospital esperaban siete horas a que las atiendan y no decían nada por las condiciones deplorables del establecimiento, aquí se sienten incluidas y con derecho a reclamar lo que les corresponde”, concluye.

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