Los padres suponen que la fiebre -el signo de enfermedad más común en la infancia y el motivo de consulta más frecuente (1)- conlleva, por si misma, una serie de peligros concretos para el niño(2), como las convulsiones(3), la meningitis, las secuelas neurológicas y la muerte (3-4). (gráfico 1)

Las investigaciones modernas, con bases fisiopatológicas y moleculares (5), sitúan a los pediatras en posición de atenuar esos temores, educando a los padres en el sentido de ser más importante y prioritario saber qué causa origina la elevación de la temperatura, que descenderla por cualquier medio al alcance.(6)
Lo cierto es que la fiebre aumenta determinados aspectos de la respuesta inmunológica (7-8 ) aunque causa algunos efectos adversos como un mayor consumo de oxígeno y acrecienta las demandas cardiopulmonares (9-13), ocasiona mialgias y disconfort (14). Además, precipita las convulsiones febriles (15-17), generalmente benignas, pero muy perturbadoras para el niño y su entorno.
El tratamiento sintomático de la fiebre es campo de controversias, se toman sobre el niño conductas agresivas, cuyos beneficios no están comprobados, como los baños antitérmicos (18) o el suministro de drogas antipiréticas en ocasiones sobredosificadas (19 ) o abusivamente combinadas (20-21).
Los pediatras, con nuestras actitudes, conductas y prescripciones hemos fomentado en parte esas creencias y temores en los padres (22).
Objetivos específicos:
1. Determinar los conocimientos y los temores más frecuentes de los padres de niños internados ante la fiebre.
2. Describir las prácticas de antipirexia usadas por los padres o prescriptas por los médicos.
3. Conocer el pensamiento de los pediatras argentinos sobre el niño febril de 1 a 24 meses.
4. Integrar un instrumento, de lectura sencilla para entregar a los padres en los consultorios.