Noticias médicas

Publicado el 15 de enero de 2012

Por Nora Bar

Con la medicina científica, llegó la duda

Los desacuerdos que rodearon la salud de la Presidenta no hicieron más que poner en evidencia que los médicos actuales pocas veces ven la situación en blanco y negro.

Fuente: La Nación

Por Nora Bär

Durante miles de años, cuando la medicina estaba en manos de magos, sacerdotes, brujos y hechiceros que sólo podían recetar pócimas, conjuros, cataplasmas, sangrías... ¡que hasta recurrían a la trepanación!, todos procedimientos sin ningún asidero científico y que frecuentemente no tenían más efecto que el placebo -cuando no la muerte-, el médico era "el sabio de la tribu", su palabra no se discutía y el enfermo se comportaba con absoluta sumisión.

Hoy, paradójicamente, cuando para cada una de sus decisiones terapéuticas el médico tiene que basarse en datos objetivos derivados de ensayos clínicos controlados, metaanálisis, estudios de costo-beneficio, guías y consensos elaborados por las sociedades de cada especialidad... los pacientes somos cada vez menos "pacientes": estamos atentos a la información que difunden los medios de comunicación masiva, navegamos por Internet (de hecho, los sitios médicos se encuentran entre los más visitados), queremos interiorizarnos sobre nuestro tratamiento, saber si es la única opción o hay otras, cuáles son sus posibles efectos adversos, pedir una segunda -y tercera, cuarta o quinta- opinión. En suma: queremos tomar las riendas de nuestra salud (o al menos participar en las decisiones) y nos permitimos dudar.

Los desacuerdos que rodearon la salud de la Presidenta no hicieron más que poner en evidencia que los médicos actuales pocas veces ven la situación en blanco y negro, sino más bien en tonos de gris. Y eso probablemente haya potenciado en el público el ejercicio de la duda.

En el pasado, cuando reinaba entre los enfermos la más completa ignorancia, no existían las normas de asepsia que ahora damos por descontadas, y a menudo se indicaban prácticas o tratamientos francamente nocivos. Una frase atribuida a Descartes ilustra bien cuál era la situación: "Los médicos -decía el filósofo y matemático francés del siglo XVII- son hombres que prescriben medicamentos que conocen poco, para curar enfermedades que conocen aún menos, en seres humanos que no conocen para nada".

Ahora, los profesionales de la salud no se basan en observaciones al azar, suposiciones, creencias o estadísticas "caseras". Toman en cuenta los resultados de ensayos clínicos rigurosamente diseñados para poner a prueba cuáles son los mejores rumbos de acción y siguen los métodos racionales de toma de decisiones terapéuticas que acuerdan los mayores expertos en cada tema después de discutir arduamente los pros y contras de las alternativas posibles.

Curiosamente, aunque poseen medios muchísimo más poderosos para tratarnos (desde la cirugía robótica hasta medicamentos producidos por ingeniería genética), con la medicina "basada en la evidencia" los médicos dejaron de ser poseedores de saberes sobrenaturales. Ahora son seres humanos, entrenados para estudiar nuestras dolencias, tratar de encontrar una explicación y sugerir una forma de erradicarlas. Pero también sujetos al error.

Todo esto hace que ya no haya lugar para términos como "cura mágica" y otros igualmente sensacionalistas. Como dijo el físico Hubert Reeves: "No debemos caer en la infantilización divulgadora de pregonar el triunfalismo científico como si la ciencia tuviera la respuesta a todo". Hacerse adulto, según Reeves, es aprender a vivir con la duda y la incertidumbre.