Noticias médicas

/ Publicado el 26 de junio de 2007

Viceversa

Claroscuros de la salud

La columna de Nora Bar

Un renombrado especialista del Hospital Garrahan contaba no hace mucho, durante una charla informal, que en este centro de referencia uno se puede encontrar al mismo tiempo con alardes tecnológicos que se ubican en los horizontes de la medicina -como implantar un corazón artificial-, y con situaciones inexplicables, como tener un moderno resonador magnético, un equipo carísimo, que no puede utilizarse de noche ni los fines de semana... por falta de técnicos para operarlo.

Este y otros ejemplos traducen el profundo desorden que impera en el ámbito de la salud local, donde el primero y el tercer mundo conviven como la Biblia y el calefón, y en el que las estadísticas pueden llevarnos sin escalas del optimismo a la frustración.

Una profunda brecha -académica y elegantemente llamada polarización epidemiológica- separa a los que padecen enfermedades típicas de la pobreza y la marginación, como el dengue, la tuberculosis o el hantavirus, de los que gracias a las vacunas y otros cuidados viven lo suficiente para sucumbir a los males crónicos que dominan el mapa de la salud en las sociedades desarrolladas, como las cardiopatías, la diabetes o las enfermedades oncológicas.

Es que, como destaca el anuario del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec), por debajo de los promedios nacionales, muchos de los cuales pueden resultar positivos, se ocultan realidades muy diferentes en las distintas regiones y estratos sociales.

En algunas provincias, los indicadores de salud son muy similares a los del sur de Europa -dice Cippec-, mientras que en el otro extremo se aproximan a los de Tailandia o Argelia.

Así, aunque el promedio nacional de la expectativa de vida araña ya los 75 años -una cifra parecida a la de países desarrollados-, se calcula que hay en el país más de dos millones de infectados por el mal de Chagas y 30.000 personas que mueren anualmente por esa causa.

Mientras en 2005 la mortalidad infantil llegaba en Tierra del Fuego al 6,7%, en Formosa alcanzaba el 23 por ciento. Y a pesar de que en el país descendió la mortalidad adolescente (entre 1995 y 2002), en el Gran Buenos Aires se triplicaba como consecuencia de la violencia, los suicidios, los accidentes, los abortos clandestinos, los partos prematuros y la adicción a drogas duras, como el paco, dice Cippec.

Según el mismo informe, 17 millones de argentinos carecen de seguro de salud y subsisten en el más absoluto subdesarrollo, 12 millones viven sin cloacas y ocho millones, sin acceso al agua por red pública.

Como es lógico, la falta de inodoros con descarga y la contaminación de las napas freáticas condicionan un deterioro sanitario en la población afectada. Son precisamente las provincias con peor acceso a un sistema de agua potable las que exhiben más altos índices de mortalidad infantil.

Se dirá que las diferencias sociales invaden toda la geografía y la vida nacional, y que empiezan en la economía y la educación. Pero es en el área de la salud donde estos contrastes se hacen más dolorosos y la equidad se convierte en una meta insoslayable. Un tema que ineludiblemente debe integrar la agenda de discusiones que tenemos por delante.

Por Nora Bär
ciencia@lanacion.com.ar