Artículos

Publicado el 18 de diciembre de 2002

Terapia endovascular

Cirugía mínimamente invasiva

Las nuevas tecnologías quirúrgicas permiten que los pacientes se vayan a su casa a los pocos días de los procedimientos realizados.

Autor/a: Por Alejandra Rodriguez

Manuel es un paciente imaginario, pero su perfil se corresponde con el de muchos ciudadanos reales. Tiene 50 años, fuma, bebe alcohol regularmente, no practica ningún tipo de ejercicio y su dieta no es precisamente la que indican las instituciones sanitarias. El médico ya le ha advertido que sus niveles de colesterol están por encima de lo deseable y que es una persona con alto riesgo de tener un susto en forma de amago de infarto o similar. Llegado el caso, es posible que incluso tengan que realizarle un barrido de las arterias para evitar que éstas se obstruyan de manera fatal y terminen causándole un ataque cardiaco o un accidente cerebrovascular.

Hasta hace alrededor de una década, estas tareas de limpieza se acometían de manera quirúrgica y, dados los riesgos y las posibles complicaciones, cuando el paciente ya había tenido problemas más o menos severos. Sin embargo, en la actualidad es factible abordar la mayoría de estos procedimientos con métodos mucho menos cruentos e incluso, a veces, con carácter preventivo.

Todo ello, debido al progreso de las técnicas de diagnóstico por imagen que permiten ver al paciente por dentro, en tiempo real, en tres dimensiones y con una definición impensable hace unos años; así como al desarrollo de dispositivos cada vez más sofisticados gracias a los que se puede prescindir del bisturí cada vez más a menudo. Entre estos últimos destacan, en cuanto al tratamiento de alteraciones vasculares, catéteres de gran flexibilidad que miden menos de un milímetro de espesor y cubren el tortuoso recorrido de las arterias del ser humano hasta llegar a vasos cada vez más pequeños. Tampoco se pueden obviar las mallas de acero explandibles (también conocidas por su nombre en inglés, stents), ingenios de acero diseñados en forma de red capaces de fijar paredes arteriales debilitadas y de ampliar la luz del vaso para prevenir trombosis; o las espirales de platino desprendibles (coils en inglés), ovillos metálicos que a sellan aneurismas cerebrales y evitan hemorragias subaracnoideas. Todos estos instrumentos, utilizados en las llamadas terapias endovasculares, están haciendo posible que pacientes como Manuel pasen por el hospital y se vayan a su casa a los pocos días con las arterias como nuevas y una incisión de sólo tres milímetros, que sirve de puerta de entrada al catéter, como único testigo externo de su paso por el centro sanitario.

Un trabajo publicado el 26 de octubre en 'The Lancet' ha dado el reconocimiento oficial al esfuerzo que muchos neurorradiólogos están llevando a cabo desde hace algo menos de una década para el tratamiento de una patología que, si bien no es demasiado frecuente —afecta a entre seis y ocho personas adultas por cada 100.000—, sí suele tener consecuencias fatales o muy graves.

Se trata del abordaje no quirúrgico de los aneurismas cerebrales —dilataciones anómalas de las arterias intracraneales que irrigan el cerebro— y las hemorragias subaracnoideas que éstos provocan al romperse, algo no muy difícil dado que el tejido está bastante debilitado en esta zona.
El reto que han asumido estos especialistas es abordar el problema desde dentro.

Combinando el uso de finos catéteres, dispositivos metálicos (denominados stents y coils) y las técnicas de imagen más sofisticadas, los neurorradiólogos que se dedican a esta patología son capaces de introducirse, casi de forma literal, en el interior de los vasos sanguíneos del paciente, localizar la lesión y repararla sin necesidad de realizar ni una sola incisión quirúrgica en el cuerpo de una persona de por sí bastante afectada.

Hay que tener en cuenta que, como consecuencia de una hemorragia subaracnoidea, un buen porcentaje de pacientes muere en poco tiempo (de camino al hospital o a las pocas horas de ingresar en urgencias) y otro supera el episodio con secuelas neurológicas permanentes más o menos serias, como pérdida de sensibilidad en algunas zonas del cuerpo, dificultades motoras, parálisis facial, alteraciones de las capacidades cognitivas, etcétera.

Con todo, el verdadero peligro que representa un aneurisma cerebral, dado que no suele detectarse hasta que no se ha roto, es que vuelva a sangrar a los pocos días de haberse presentado la primera hemorragia, un hecho que se produce en el 60% de los casos.