Arte & Cultura

Publicado el 8 de noviembre de 2005

Medicina y literatura

Cervantes y la Medicina de El Quijote

Analizando la biografía y vivencias del autor de El Quijote podemos encontrar a través de las páginas de la novela una visión más humanista de la profesión médica.

Autor/a: Javier Puerto*

*Patrono de la Fundación de Ciencias de la Salud. Catedrático de Historia de la Farmacia (UCM).

Desde hace casi dos siglos, los análisis que desde la Medicina se ha hecho de la obra en castellano más universal han girado fundamentalmente en torno al tipo de locura que padecía su protagonista. Sin embargo, analizando la biografía y vivencias del autor de El Quijote podemos encontrar a través de las páginas de la novela una visión más humanista de la profesión médica. Cervantes cita mucho a los médicos a lo largo de la obra, y, al contrario que sus contemporáneos, les trata con inusitado respeto, tal vez por sus ascendientes familiares. Pese a ello no deja sin sátira las extravagantes dietas de la época y se burla de los ‘curanderos’ por sus falsos remedios.

El Quijote es el libro más leído y aceptado por los hispano hablantes. En su origen, Cervantes lo concibió como un texto de entretenimiento. Pasa de la ironía al sarcasmo y de ahí a la burla descarnada: fue, y sigue siendo, un libro eminentemente divertido. Sin embargo, los años depositados sobre sus páginas han hecho oscuras algunas de sus bromas y secretas intenciones.

Se considera la primera novela moderna en castellano. Todos los literatos, durante el Renacimiento y el Barroco, se interesaban por la ciencia; no había la rígida división actual entre estos conocimientos y los humanísticos. La totalidad de los intelectuales empleaban un mismo lenguaje. La quiebra se produjo durante la llamada "Revolución científica" que, si se suele situar en el Barroco, comenzó durante el Renacimiento con la obra de Vesalio, Copérnico y Servet; continuó durante el siglo XVII, con la de Galileo, Newton, Harvey y la aparición de instituciones científicas; se perfeccionó en la Ilustración, con Linneo o Lavoisier, y finalizó durante el siglo XIX con la tarea, entre otros, de Koch, Pasteur o Claude Bernard. Una revolución que tardó cuatro siglos en concluirse...

Cervantes escribió su Quijote a principios del Barroco. España comenzaba una decadencia, todavía leve, pero fuertemente sentida por los coetáneos. Tanto él, como su protagonista, Don Quijote, habían vivido el sueño imperial del reinado de Felipe II. En esa época, España se convirtió en el paraíso de tecnólogos y científicos, como no podía ser de otra manera.

Cervantes, luego de decirnos que el suyo es sólo un libro para acabar con los de caballerías, cuando define al caballero andante, lo hace experto en teología, jurisprudencia, medicina y hierbas medicinales, además de matemático y astrólogo.

Si el resto de los autores, más o menos contemporáneos suyos, como Fernando Rojas, Quevedo, Antonio Torquemada y, en cierta manera, Lope de Vega, emplean los conocimientos científicos con toda probidad académica, Cervantes no lo hace así. Es bien conocida la ausencia de estudios reglados en su currículo y su voracidad lectora. Desde esa condición, su postura ante el hecho médico y científico es muy moderna. No le interesa la obra de los eruditos, pero tiene una gran información sobre sus ideas.

Astrología y alquimia
Cervantes, como la mayoría de los escritores antisupersticiosos de su época, principalmente Pedro Ciruelo, distingue bien entre astrología –lo que entenderíamos hoy como astronomía- dedicada a predecir los meteoros, e imprescindible para el conocimiento de las estaciones, el calendario y las épocas de las faenas agrícolas, y la astrología judiciaria –lo que entendemos como astrología- a la que critica en el pasaje del mono astrólogo. En cosmología se muestra seguidor de Tolomeo. Aunque los historiadores de la ciencia solemos mantener que Copérnico fue bien recibido en nuestro país –exactamente por cuatro autores, aunque tampoco muchos más sabían leer y en el siglo XVII se le introdujo en el Índice de libros prohibidos-, el Quijote demuestra lo alejado de sus principios con los conocimientos de las pocas personas informadas. Como siempre, emplea las nociones de cosmología para la broma y la risa; en el episodio del buque encantado, creen haber atravesado el Ecuador y encaminarse hacia las Indias Occidentales; Don Quijote se lamenta, ante Sancho, de no estar en posesión de un astrolabio, mediante el cual determinar la altura solar. En el episodio del Clavileño, cuando Sancho se transforma en Quijote y Don Quijote en Sancho, los duques sin sustancia, les quieren hacer creer que han volado por los espacios siderales. Acogido a sus conocimientos cosmológicos, Don Quijote deduce que o Sancho miente o Sancho se engaña, aunque en este capítulo nos da una muestra maravillosa de tolerancia y piedad, para con su compañero y consigo mismo. Sabedor de que Sancho pone en duda su aventura en la cueva de Montesinos, le propone llegar a un acuerdo: tu crees lo de Montesinos y yo lo de Clavileño:

y no se diga más.

La alquimia era el conocimiento paradigmático sobre lo que hoy llamamos química. Estaba compuesta de unas serie de saberes de laboratorio o espagíricos, y otros de tipo místico o psicológico –que han sido estudiados, entre otros, por Jung.- Cervantes conoce perfectamente su léxico, aunque lo emplea de manera poética. Esto no es raro en la actualidad: André Bretón, Antonin Artaud y los surrealistas lo vulgarizaron. En el siglo XVII resulta más llamativo. De aquí surgen algunas interpretaciones que hacen a Cervantes adepto al ocultismo en Roma, y otras que han querido interpretar el Quijote en clave de la Gran Obra de los alquimistas: en fin… también hay otros que lo hacen en clave cabalística… Cansinos Assens, en La novela de un literato, recoge las palabras del erudito Abraham Yahuda en el primer tercio del siglo XX: mire usted, eso del cervantismo es aquí una monomanía nacional… Todos esos cervantistas están algo toqués… Vienen a ser como cabalistas de Oriente. Creen descubrir en el Quijote cosas que nadie ve sino ellos… y lo cierto es que no saben nada.