Arte & Cultura

Publicado el 17 de abril de 2007

Pasión por la palabra

Celebración del lenguaje

Apuntes sobre el Congreso de la Lengua 2007, Colombia. García Márquez, Ángeles Mastretta, Vila Matas y otros con sus textos completos.

Autor/a: Varios

El Congreso de la Lengua: homenaje a un grande y debates sobre el idioma

García Márquez, celebrado por todos

El escritor colombiano recibió el afecto de los reyes de España, de figuras de la política y la literatura y de sus lectores

CARTAGENA.- Una lluvia de mariposas, pétalos y papelitos amarillos cayó sobre el colmado auditorio Getsemaní, del Centro de Convenciones de esta ciudad, ante la mirada emocionada de Gabriel García Márquez. El coro cartagenero Los Niños Vallenatos ingresó a la sala al ritmo del son preferido del monumental escritor. Entonces, el acto de inicio del IV Congreso Internacional de la Lengua Española (CILE), jalonado por las brillantes intervenciones de Carlos Fuentes, Tomás Eloy Martínez y Antonio Muñoz Molina, se convirtió en una fiesta.

Una ovación tronó en homenaje al extraordinario narrador hispanoamericano, que ayer recibió de manos del presidente de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, una edición homenaje de su novela canónica Cien años de soledad , que ya vendió en el mundo más de 50 millones de ejemplares.

El color de los pétalos que acompañaron la interpretación de "La diosa coronada", el vallenato preferido de Gabo, coincidió con el atuendo de la reina Sofía, que lo había mudado poco antes al conocer que Lina María Moreno, esposa del presidente colombiano, vestiría de blanco. Es el color que los colombianos eligen para celebrar la vida y el favorito del escritor, que no lució el liqui liqui con que recibió el Premio Nobel, hace 25 años (otro de los aniversarios que se festejaron ayer, junto con sus recientes 80 años).

Hubo lágrimas de emoción. La frase final de la comentada intervención de Fuentes resume conmovedoramente el legado de García Márquez: "Hoy es el primer día del próximo lector de Cien años de soledad ", dijo.

Fue la celebración de la palabra, de la literatura y de la lengua. Los reyes de España estuvieron tan a gusto como el ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton, quien llegó demoradísimo al acto, que duró tres horas.

Amigo de las sorpresas, Gabo -como se lo conoce en esta tierra sofocante de gente sin prisa- llegó a su propio homenaje a las 8.45 de la mañana, cuando el auditorio se poblaba morosamente y LA NACION ya se encontraba en el interior. El autor de La hojarasca apareció tranquilamente, acompañado de su inseparable compañera de toda la vida, Mercedes Barcha.

"Ni en el más delirante de mis sueños en los días en que escribía Cien años de soledad llegué a imaginar esto", dijo Gabo, que pareció aturdido por tanta muestra de afectuosa admiración (ver discurso completo en LANACION.com.ar). Y se dispuso a disfrutar el documental en su honor que recorre Aracataca -su Macondo personal- y recoge el testimonio de sus amigos Alvaro Mutis, Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Monsiváis.

Más tarde, durante un almuerzo que compartieron los reyes, Clinton, los García Márquez, el ex presidente colombiano Belisario Betancur, el presidente Uribe y su esposa, LA NACION pudo dialogar con la mejor y más antigua amiga del escritor colombiano, la poeta Meira Delmar, que vive en Barranquilla y se veía emocionadísima. Pocos saben que García Márquez paga generosamente los honorarios del lector Diego Marín, que, tres veces por semana, lee para Meira ensayos y novelas que eligen entre los dos.

Al cabo del acto, como si se tratara de una estrella de rock, Gabo fue estrujado por una multitud y escapó flanqueado por las autoridades del Instituto Cervantes.

Le cupo al director del Cervantes, César Antonio Molina, dejar planteada la condición simbólica del escritor homenajeado: "Uno de los mayores íconos de nuestra literatura".

Y fue Carlos Fuentes quien condujo a los asistentes al territorio de la palabra literaria al narrar el inicio de su amistad con García Márquez. Recordó que apenas leyó el original de Cien años de soledad se comunicó con el inolvidable Julio Cortázar: "He leído el Quijote americano", vaticinó. Y no se equivocó.

Por Susana Reinoso
Enviada especial
LA NACION |


Texto completo con el discurso de García Márquez

"Ni en el más delirante de mis sueños en los días en que escribía 'Cien años de soledad' llegué a imaginar en asistir a este acto para sustentar la edición de un millón de ejemplares.
Pensar que un millón de personas pudieran leer algo escrito en la soledad de mi cuarto con 28 letras del alfabeto y dos dedos como todo arsenal parecería a todas luces una locura. Hoy las academias de la lengua lo hacen con un gesto hacia una novela que ha pasado ante los ojos de cincuenta veces un millón de lectores y ante un artesano insomne como yo, que no sale de su sorpresa por todo lo que le ha sucedido pero no se trata de un reconocimiento a un escritor.

Este milagro es la demostración irrefutable de que hay una cantidad enorme de personas dispuestas a leer historias en lengua castellana, y por lo tanto un millón de ejemplares de 'Cien años de soledad' no son un millón de homenajes a un escritor que hoy recibe sonrojado el primer libro de este tiraje descomunal.

Es la demostración de que hay lectores en lengua castellana hambrientos de este alimento.
No sé a qué horas sucedió todo; sólo sé que desde que tenía 17 años y hasta la mañana de hoy no he hecho cosa distinta que levantarme todos los días temprano y sentarme ante un teclado para llenar una página en blanco o una pantalla de computador con la única misión de escribir una historia aún no contada por nadie que le haga más feliz la vida a un lector inexistente.

En mi rutina de escribir, nada ha cambiado desde entonces. Nunca he visto nada distinto que mis dos dedos índices golpeando aún las 28 letras del alfabeto inmodificado y he tenido ante mis ojos en estos setenta y pico de años.

Hoy me toca levantar la cabeza para asistir a este homenaje que agradezco y no puedo hacer otra cosa que detenerme a pensar qué es lo que me ha sucedido.

Lo que veo es que el lector inexistente de mi página en blanco es hoy una descomunal muchedumbre abierta de lectura en lengua española.

Los lectores de 'Cien años de soledad' son hoy una comunidad que si se unieran en una misma tierra sería uno de los 20 países más poblados del mundo. No se trata de afirmación pretenciosa. Quiero apenas mostrar que hay una gigantesca cantidad de personas que han demostrado con su hábito de lectura que tienen un alma abierta para ser llenada con mensajes en castellano.

El desafío es para todos los escritores, poetas, narradores para alimentar esa sed y multiplicar esa muchedumbre.

A mis 38 años y ya con cuatro libros publicados desde mis 20 años, me senté en mi máquina de escribir y empecé: 'Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo'.

No tenía la menor idea del significado ni del origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme. Lo que hoy sé es que no dejé de escribir durante 18 meses hasta que terminé el libro. Parecería mentira pero uno de los problemas más apremiantes era el papel de la máquina de escribir...

Tenía la mala educación de pensar que los errores de mecanografía o de gramática eran en realidad errores de creación y cada vez que los detectaba rompía la hoja y la tiraba al canasto de basura para empezar de nuevo.

Con el ritmo que había adquirido en un año de práctica calculé que me costaría unos seis meses de mañanas diarias para terminar.

Esperanza Araiza, la inolvidable 'Pera', era una mecanógrafa de poetas y cineastas que había pasado en limpio grandes obras de escritores mexicanos. Entre ellos 'La región más transparente' de Carlos Fuentes, 'Pedro Páramo' de Juan Rulfo.

Cuando le propuse que me sacara en limpio la obra, la novela era un borrador acribillado a remiendos, primero en tinta negra y después en roja para evitar confusiones. Pero esto no era nada para una mujer acostumbrada a todo en una jaula de locos.

Pocos años después 'Pera' me confesó que cuando llevaba a su casa la última versión corregida por mí resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial y las cuartillas quedaron flotando en el cenegal de la calle. Las que recogió empapadas y casi ilegibles con la ayuda de otros pasajeros las secó en su casa hoja por hoja con una plancha de ropa.

Y otro libro mejor sería cómo sobrevivimos Mercedes y yo con nuestros dos hijos durante ese tiempo en que no gané ni un centavo por ninguna parte. Ni siquiera sé cómo hizo Mercedes durante esos meses para que no faltara ni un día la comida en la casa.

Después de los alivios efímeros con ciertas cosas menudas, hubo que apelar a las joyas que Mercedes había recibido de sus familiares a través de los años. El experto las examinó con rigor de cirujano paso a paso con su ojo mágico las esmeraldas del collar, los rubíes de las sortijas, y al final volvió con una larga verónica de novillero. "Todo esto es puro vidrio"...

Por fin, a principios de agosto de 1966, Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de México para enviar a Buenos Aires la versión terminada de 'Cien años de soledad', un paquete de 590 cuartillas escritas a máquina a doble espacio y en papel ordinario dirigidas a Francisco Porrúa, director literario de la editorial Sudamericana. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales, y dijo 'Son 82 pesos'. Mercedes contó los billetes y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera y se enfrentó a la realidad: 'sólo tenemos 53'.

Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte. Pero antes de que consiguiéramos el dinero para enviarla, Paco Porrúa, nuestro hombre en la editorial suramericana, ansioso de leer la primera parte nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarlo.

Así es como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy".

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Las mejores 100 novelas en español

CARTAGENA (De una enviada especial).- El amor en los tiempos del cólera, el romance de Fermina Daza y Florentino Ariza creado por Gabriel García Márquez, y La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa, encabezan una lista de las 100 mejores novelas de la lengua castellana de los últimos 25 años difundida ayer por la revista colombiana Semana.

Un total de 81 expertos hispanoamericanos, entre académicos, críticos y escritores, fueron consultados para conformar la lista. La publicación señaló que ésta no pretende ser la selección definitiva, sino apenas un homenaje que se les rinde a todos los escritores de lengua española.

No es casual que España, con 32 títulos, sea el país que más novelas incluyó en la selección. Allí está la meca de la industria editorial en castellano y es sin duda el país de habla hispana donde más nuevos títulos se publican y venden por año.

Siguen en orden dos novelas del desaparecido escritor chileno Roberto Bolaño: Los detectives salvajes y 2666. Luego se ubican Noticias del imperio, del mexicano Fernando del Paso, y Corazón tan blanco, del español Javier Marías. En séptimo lugar se ubicó Bartleby y compañía, del español Enrique Vila-Matas, seguida de Santa Evita, del argentino Tomás Eloy Martínez.

Marías tiene otra obra entre los diez primeros, Mañana en la batalla piensa en mí, mientras que el colombiano Fernando Vallejo, con El desbarrancadero, logró el décimo puesto. Vallejo también ocupa el puesto 11 con La virgen de los sicarios, tras la cual se encuentra El entenado, del argentino Juan José Saer.

Soldados de Salamina, del español Javier Cercas, y Estrella brillante, de Bolaño, siguen en la lista, que incluye además obras de Juan Goytisolo, Antonio Muñoz Molina y el uruguayo Juan Carlos Onetti.

A continuación se ubica "Paisaje después de la batalla", de Juan Goytisolo, y "La ciudad de los prodigios", del también español Eduardo Mendoza. "El jinete polaco", del español Antonio Muñoz Molina; "El testigo", del mexicano Juan Villoro; "Salón de belleza", del también mexicano Mario Bellatin, y "Cuando ya no importe", del fallecido autor uruguayo, Juan Carlos Onetti, cierran la lista de las primeras veinte novelas.

La Nación

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Ángeles Mastretta: Cuentos de ángeles 

Ángeles Mastretta leyó dos cuentos en su intervención en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española. Los relatos -breves pero contundentes- fueron agradecidos con atronadores aplausos por el público que asistió al Panel “Literatura e Integración”, donde el poder de la palabra de esta escritora mexicana nacida en Puebla se condensó de manera fiel en “Ortografía” y “Arco Iris”. Dos relatos para releer.

Una de las pasiones de la escritora Ángeles Mastretta es la ortografía. "Es una forma sutil de la elegancia de alma", dice la narradora de uno de sus cuentos.  

* Acceda al texto completo del discurso haciendo click aquí

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La alegría de leer
Juan Gossaín

Discurso leído durante la entrega de los Premios de la Asociación de Academias de la Lengua Española y la Presentación del Diccionario Esencial de la RAE, Medellín, Colombia, 23 de marzo de 2007.

"...me atrevo a convocar a los jóvenes para que se subleven contra imposiciones hogareñas y órdenes escolares. Lean lo que quieran pero léanlo; lean todo lo que caiga en sus manos o se atraviese en su camino: novelas y cuentos, poesía de la buena y de la mala, porque a la buena no se llega sino pasando primero por la mala; devoren hasta los catálogos de muebles, los letreros de la calle, periódicos viejos, las curiosidades que se esconden en el directorio telefónico e, incluso, las lápidas del cementerio. Porque si estamos de acuerdo en que leer es un acto libertario, entonces no habrá nadie que pueda quitarles lo leído."

* Acceda al texto completo del discurso haciendo click aquí

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El idioma del abismo
Enrique Vila-Matas

No olvidaré, siendo yo un adolescente, la visita a Ronda. Fui con mis padres y hermanos en uno de esos viajes familiares tan habituales de la década de los sesenta. Eran años en los que el país empezó a prosperar económicamente y las familias catalanas de clase media, como la mía, se compraban automóviles y se lanzaban a un tímido turismo por las tierras de España. No olvidaré la visita a Ronda, donde vivía un tío lejano, que era familia de mi madre. Se trataba de un hombre enjuto y reflexivo, viejo republicano, profesor en un instituto de la ciudad, un hombre ya algo trasnochado. Parecía obsesionado por el poeta Rilke, que había pasado en Ronda una temporada inspirándose allí para sus famosas Elegías. No olvidaré nunca el momento en que, al atardecer, estando yo asomado al impresionante promontorio que da sobre el vacío y a cuyos pies se extiende el valle cerrado por la serranía, se acercó y me preguntó qué me parecía aquella vista tan imponente. Le dije, con mis palabras de adolescente, que mi mirada se sentía exclusivamente atraída hacia aquella pavorosa caída de cien metros, hacia el solemne abismo. Entonces el hombre, como si fuera una prolongación del discurso vagamente anticuado y profesoral que venía sosteniendo, me dijo imprimiéndole a su voz una súbita y extraña grandeza:

- Las obras de arte dan contenido intelectual al vacío.

No dijo más y no parecían sus palabras venir muy a cuento. Me quedaron grabadas para siempre. Muchos años después, encontrándome en un balcón del castillo de Duino en Trieste, donde por un largo tiempo residiera también Rilke, alguien habló de las Elegías del poeta y de cómo en ellas se expresaba que la razón de ser del hombre era decir, interiorizar las cosas para que así pervivan. Y escuchando esto me acordé enseguida de aquel atardecer en Ronda y de la contundente frase del profesor sobre las obras de arte. Me acordé de todo aquello en el atardecer de Duino, no muy distinto al de años antes en Ronda, aunque en el balcón del castillo triestino soplaba un viento fuerte y los rayos del sol descendían sobre el azul brillante de un mar franjeado de plata. Allí exactamente, a unos doscientos pies sobre las olas del Adriático, Rilke había creído percibir una voz que decía:

- ¿Quién si yo gritara, me oiría desde la jerarquía de los ángeles?

Había nacido su soberbia primera Elegía.

Pensé en la mía, en mi elegía personal, de hecho tan adolescente todavía, una elegía que era pura humildad y que se había formado con aquel profesor, en Ronda, tras un paseo y una frase muy sencilla, aunque en el fondo tan simple como el mismo abismo de Rilke. 

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Leer da caries
Jorge García Usta

Con el tiempo, aseguran los apocalípticos de siempre, habrá que leer a escondidas. Leer será una actividad ten vergonzosa como comer ajiaco 1 en la Boquilla 2, y escribir esquelas de amor para adornarlas después con pétalos disecados. Emocionarse, en la posmodernidad que mutila o anula, es pecado. Nos rodea la industria de la obscenidad audiovisual, un bombardeo enloquecedor de imágenes sin sentido, una propaganda desdichada que nos invita a sumergirnos en el océano de los video clips, las telenovelas venezolanas, las rancheras vallenatas.

Los propagandistas ingeniosos de lo audiovisual (que los hay) dicen, entre risas, que leer da caries. Pero la publicidad de las cremas dentales nunca viene en los libros sino en la televisión. Freddy Badrán es uno de esos lectores que sabe desquitarse del tráfago visual de la semana y convierte los fines de semana en maratones de lectura, en los que alejado de los ruidos del mundo, lee tres y cuatro libros entre sopores y goles italianos. Esos maratones no serán posibles en ese futuro de pesadillas, cuando los lectores tendrán que aliarse con los fumadores, las prostitutas pelirrojas, los zurdos, los hijos comprensivos, los gordos serios, los flacos deportistas, los amantes del béisbol, los tipos sin arete, las mujeres con sostenes y otras muy desamparadas minorías sociales. El día no está lejos, dicen aquellos apocalípticos.

No saben de lo que se perderán; no podrán imaginar el resto de Remedios La Bella 3 mientras subía a los cielos (aseguro que iba ceñuda y descompuesta, y que por fin maldecía a Fernanda del Carpio), ni el brillo luciferino en los ojos de El Quijote cuando se enfrentaba a los risueños molinos de viento (ya oigo la voz del gramático diciendo que los molinos no se reían porque los molinos no pueden reírse), ni los remiendos de la blusa de la madre de Gorki 4. No podrán dejarse ir, suave, deliciosa, abandonadamente, en la corriente o el torbellino de la imaginación: ese esfuerzo de nuestras primeras potencias, que nos ratifica como seres humanos.

Porque ¿Usted cree que es lo mismo leer y padecer aquella escena en la que el coronel Aureliano Buendía le dice a Gerineldo Márquez que el Macondo está lloviendo y usted siente en el centro de su alma esa lluvia melancólica que gotea contra el piso de sus recuerdos, que oír, mientras maneja, grita y maldice por la avenida Pedro de Heredia, la voz del coronel Aureliano Buendía 3 interpretada por la voz de William Vinasco Ch. 5?
Leer, se dice, es una actividad en desuso, incluso para los propios periodistas, que intentan capturar algunos hechos y seres de cierto interés social, presentarlos bien a esa imprecisa oficina de cómplices o impugnadores que se llama opinión pública, y dormir mal. Las estadísticas – que al decir a veces complejo o infame de Borges legitiman el error de la democracia – muestran y demuestran que ya casi nadie lee. Otras estadísticas muestran que hay repuntes de la lectura.

Es igual a lo que ocurre con la lectura de poesía. Los editores de vuelo dicen que no publican poesía porque nadie la lee. Pero casi todo el mundo, en algún momento, lee poesía, y muchos la escriben. Es algo que no esta sujeto a modas ni a fórmulas de mercado. Es una necesidad interior del ser. Cuando un concejal quiere enamorar a una mujer no le envía los discursos de Olaya Herrera 6 ni de Gaitán 7, y ni siquiera los de Belisario 8. Cuando un matemático quiere conquistar a una mujer, no le envía flores acompañadas por ecuaciones sino con versos de Neruda. Las inteligencias, como los loros leales, tienen su propia e intransferible estaca.

Pero la gente sigue leyendo. Es imposible vivir sin leer. Leer es como respirar, como ir al mar, como engendrar.

Pretender decretar la abolición de la lectura sería como pretender abolir, también por decreto, la naturaleza solitaria del hombre, sus verdades últimas. El hombre no puede estar siempre participando en hechos y diversiones masivas y en orgías audiovisuales, en las que se estimula sólo su emocionalidad. El hombre es, al mismo tiempo, un ser social y solitario, cuya escisión se paga con la muerte, la enfermedad mental y el odio.

Las estadísticas – todos los sabemos – son capaces de demostrar una cosa o su contrario, y tal vez eso también lo saben algunos editores que dicen: “es que nadie lee”, pero siguen publicando libros y ganando dinero, organizando ferias del libro y seminarios para que la lectura continúe siendo un bello vicio.
Por eso no es cierto que leer da caries. Por el contrario, el buen lector es el único que, aprende, incluso, a morder con los ojos.

Notas del Editor:

1 Plato típico de la sabana de Bogotá, en el altiplano cundiboyacense, zona andina colombiana: caldo preparado con varias clases de papa, saborizado con una hierba conocida como “guasca”, y acompañado de pollo desmechado, alcaparras, mazorca, crema de leche y otros ingredientes.

2 La Boquilla: frecuentado balneario de Cartagena de Indias, tradicionalmente playa de pescadores.

3 Personaje de “Cien Años de Soledad”, de Gabriel García Márquez.

4 Personaje de “La Madre”, novela del escritor ruso Máximo Gorki. 

5 Locutor, presentador y narrador deportivo colombiano, reconocido por su estridencia.

6  Enrique Olaya Herrera, ex presidente de la República de Colombia.

7 Jorge Eliécer Gaitán. Caudillo del partido liberal colombiano, asesinado el 9 de abril de 1948.

8  Belisario Betancur. Ex presidente de la República de Colombia, poeta y gestor cultural.