La insuficiencia cardíaca continúa siendo un problema sanitario global, con prevalencia creciente y elevada carga clínica. El documento señala que la falta de una definición estandarizada limitó durante años la investigación, la vigilancia epidemiológica y las estrategias preventivas. La actualización de 2026 revisa la primera definición universal publicada en 2021 y busca unificar el lenguaje entre clínicos, investigadores, sistemas de salud y responsables de políticas sanitarias.
El consenso define la insuficiencia cardíaca como un síndrome clínico de causas diversas, caracterizado por síntomas, signos y alteraciones de laboratorio o imagen compatibles con congestión pulmonar o sistémica, o con cambios del gasto cardíaco atribuibles a una anomalía estructural o funcional. El diagnóstico surge de una evaluación integral, no de una prueba aislada.
Los síntomas y signos típicos incluyen disnea de esfuerzo, ortopnea, ingurgitación yugular, estertores, tercer ruido y edema abdominal o periférico. La certeza aumenta con péptidos natriuréticos elevados o evidencia por imágenes de congestión y presiones de llenado aumentadas. El texto advierte que algunos pacientes con fracción preservada pueden tener péptidos normales pese a evidencia hemodinámica inequívoca.
La estadificación mantiene una secuencia clínica: estadio A para personas en riesgo; estadio B o preinsuficiencia cardíaca para quienes presentan anomalías estructurales, funcionales o biomarcadores alterados sin síntomas; estadio C para enfermedad sintomática actual o previa; y estadio D para cuadros avanzados, refractarios, con hospitalizaciones recurrentes o necesidad de terapias avanzadas.
El documento subraya que, una vez establecido el diagnóstico sintomático, la condición suele considerarse permanente aun si mejora con tratamiento. Sin embargo, reconoce trayectorias dinámicas, incluida la remisión. También incorpora determinantes sociales, como pobreza, educación, entorno barrial y acceso sanitario, por su influencia sobre riesgo, pronóstico y desigualdades asistenciales.
Entre los factores de riesgo del estadio A se incluyen hipertensión, cardiopatía isquémica, cardiopatía congénita, diabetes, obesidad, exposición a cardiotóxicos, antecedentes familiares y alteraciones genéticas. El consenso destaca especialmente obesidad, diabetes y enfermedad renal crónica por su prevalencia creciente y por las nuevas oportunidades preventivas disponibles.
En personas con diabetes u obesidad, ciertas intervenciones farmacológicas reducen el riesgo de desarrollar insuficiencia cardíaca. El documento menciona inhibidores de SGLT2, agonistas del receptor GLP-1 y finerenona en pacientes con enfermedad renal crónica y diabetes. En estadio B, el mayor riesgo de progresión justifica estrategias más intensivas.
El cribado óptimo aún no está definido. No obstante, combinar péptidos natriuréticos con factores de riesgo puede identificar personas que se beneficiarían de intervenciones tempranas. También se mencionan troponina circulante, relación albúmina-creatinina urinaria y electrocardiograma asistido por inteligencia artificial, aunque requieren más estudios antes de una implementación clínica amplia.
La clasificación por fracción de eyección se modifica de manera sustancial. Durante décadas, los ensayos clínicos usaron puntos de corte rígidos, pero el consenso reconoce variabilidad de medición, diferencias entre técnicas de imagen y debates por sexo, edad y origen étnico. La nueva propuesta agrupa los fenotipos en fracción reducida, preservada y mejorada.
El documento señala que el límite inferior normal de fracción de eyección es aproximadamente 53% en mujeres y 52% en varones, con umbrales algo más altos en personas de origen asiático. Una fracción menor de 50% difícilmente represente función normal, aunque el consenso evita imponer umbrales absolutos para todos los escenarios clínicos.

El proceso de insuficiencia cardíaca (IC) de una persona comienza de izquierda a derecha, y la calidad de vida o la capacidad de ejercicio y el pronóstico empeoran a medida que avanza la etapa de IC. Cada etapa conlleva cierto riesgo de muerte súbita.
La clasificación causal también se amplía. La división clásica entre etiología isquémica y no isquémica resulta insuficiente, porque omite condiciones con implicancias diagnósticas y terapéuticas específicas. Identificar una causa tratable puede modificar la estrategia más allá del manejo convencional.
El consenso propone grupos etiológicos como miocardiopatía isquémica, hipertensiva, valvular, relacionada con arritmias, infiltrativa, infecciosa, inflamatoria, tóxica, hereditaria, pericárdica, metabólica o nutricional, asociada al embarazo, inducida por estrés, pulmonar o derecha, congénita, mediada por alto gasto, idiopática y otras causas.
La variación geográfica ocupa un lugar central. La cardiopatía isquémica explica más del 50% de los casos en regiones occidentales de altos ingresos y en Europa oriental y central, pero menos del 10% en África subsahariana. En América Latina, la enfermedad de Chagas conserva relevancia regional.
Un análisis de 195 países entre 1990 y 2017 atribuyó la mayor proporción global estandarizada por edad a cardiopatía isquémica, 26,5%, seguida por enfermedad hipertensiva, 26,2%, y enfermedad pulmonar obstructiva crónica, 23,4%. Estas diferencias condicionan la interpretación de ensayos, el diseño de estudios y la atención local.
La trayectoria clínica puede incluir mejoría, remisión o recuperación. La mejoría implica aumento de fracción de eyección con persistencia de anomalías. La remisión supone fracción normalizada, síntomas mínimos y biomarcadores estables, pero con vulnerabilidad a recaídas. La recuperación sostenida se considera alcanzable solo en una minoría.
El empeoramiento requiere diagnóstico previo y se caracteriza por deterioro progresivo de síntomas, signos y calidad de vida. Puede asociarse con disnea, edema, arritmias, menor capacidad funcional, aumento de presiones pulmonares, deterioro ventricular o elevación de BNP, NT-proBNP y troponinas. Excluye casos de novo y causas precipitantes no vinculadas a progresión.
La descompensación se define por necesidad de intensificar cuidados o aplicar terapia de rescate. Puede requerir aumento de diuréticos, combinación diurética, ajuste del tratamiento dirigido por guías, resincronización, intervenciones valvulares, soporte circulatorio mecánico o trasplante. Las presentaciones agudas incluyen infarto, síndrome coronario agudo, emergencia hipertensiva, arritmias y embolia pulmonar.
Las formas crónicas o subagudas pueden evolucionar durante semanas o meses, con fatiga, disnea leve o aumento de peso por retención hídrica. Estos síntomas pueden confundirse con envejecimiento o desacondicionamiento. El documento también distingue imitadores clínicos, como enfermedad coronaria, enfermedad renal crónica, embarazo, obesidad y desacondicionamiento.
La segunda definición universal ofrece un marco estandarizado para ordenar diagnóstico, estadificación, causas, variación regional y evolución clínica. No reemplaza guías terapéuticas, pero busca reducir heterogeneidad conceptual y mejorar comparabilidad. Su aporte principal es una nomenclatura común para prevención, investigación, vigilancia sanitaria y práctica asistencial.
Publicado el 16 de agosto de 2026
Consenso internacional
Nueva definición universal para la insuficiencia cardíaca
El documento AHA/ACC/ESC/WHF revisa los criterios utilizados para identificar, clasificar y describir este síndrome clínico.
Autor/a: Mary Norine Walsh, Lars Kober, Karen Sliwa, et al.
Fuente: Circulation 2026 Jun 29. AHA/ACC/ESC/WHF Expert Consensus Document: Second Universal Definition of Heart Failure (2026)
Un marco común
La insuficiencia cardíaca continúa siendo un problema sanitario global, con prevalencia creciente y elevada carga clínica. El documento señala que la falta de una definición estandarizada limitó durante años la investigación, la vigilancia epidemiológica y las estrategias preventivas. La actualización de 2026 revisa la primera definición universal publicada en 2021 y busca unificar el lenguaje entre clínicos, investigadores, sistemas de salud y responsables de políticas sanitarias.
El consenso define la insuficiencia cardíaca como un síndrome clínico de causas diversas, caracterizado por síntomas, signos y alteraciones de laboratorio o imagen compatibles con congestión pulmonar o sistémica, o con cambios del gasto cardíaco atribuibles a una anomalía estructural o funcional. El diagnóstico surge de una evaluación integral, no de una prueba aislada.
Los síntomas y signos típicos incluyen disnea de esfuerzo, ortopnea, ingurgitación yugular, estertores, tercer ruido y edema abdominal o periférico. La certeza aumenta con péptidos natriuréticos elevados o evidencia por imágenes de congestión y presiones de llenado aumentadas. El texto advierte que algunos pacientes con fracción preservada pueden tener péptidos normales pese a evidencia hemodinámica inequívoca.
La estadificación mantiene una secuencia clínica: estadio A para personas en riesgo; estadio B o preinsuficiencia cardíaca para quienes presentan anomalías estructurales, funcionales o biomarcadores alterados sin síntomas; estadio C para enfermedad sintomática actual o previa; y estadio D para cuadros avanzados, refractarios, con hospitalizaciones recurrentes o necesidad de terapias avanzadas.
El documento subraya que, una vez establecido el diagnóstico sintomático, la condición suele considerarse permanente aun si mejora con tratamiento. Sin embargo, reconoce trayectorias dinámicas, incluida la remisión. También incorpora determinantes sociales, como pobreza, educación, entorno barrial y acceso sanitario, por su influencia sobre riesgo, pronóstico y desigualdades asistenciales.
Estadios y fenotipos
Entre los factores de riesgo del estadio A se incluyen hipertensión, cardiopatía isquémica, cardiopatía congénita, diabetes, obesidad, exposición a cardiotóxicos, antecedentes familiares y alteraciones genéticas. El consenso destaca especialmente obesidad, diabetes y enfermedad renal crónica por su prevalencia creciente y por las nuevas oportunidades preventivas disponibles.
En personas con diabetes u obesidad, ciertas intervenciones farmacológicas reducen el riesgo de desarrollar insuficiencia cardíaca. El documento menciona inhibidores de SGLT2, agonistas del receptor GLP-1 y finerenona en pacientes con enfermedad renal crónica y diabetes. En estadio B, el mayor riesgo de progresión justifica estrategias más intensivas.
El cribado óptimo aún no está definido. No obstante, combinar péptidos natriuréticos con factores de riesgo puede identificar personas que se beneficiarían de intervenciones tempranas. También se mencionan troponina circulante, relación albúmina-creatinina urinaria y electrocardiograma asistido por inteligencia artificial, aunque requieren más estudios antes de una implementación clínica amplia.
La clasificación por fracción de eyección se modifica de manera sustancial. Durante décadas, los ensayos clínicos usaron puntos de corte rígidos, pero el consenso reconoce variabilidad de medición, diferencias entre técnicas de imagen y debates por sexo, edad y origen étnico. La nueva propuesta agrupa los fenotipos en fracción reducida, preservada y mejorada.
El documento señala que el límite inferior normal de fracción de eyección es aproximadamente 53% en mujeres y 52% en varones, con umbrales algo más altos en personas de origen asiático. Una fracción menor de 50% difícilmente represente función normal, aunque el consenso evita imponer umbrales absolutos para todos los escenarios clínicos.
El proceso de insuficiencia cardíaca (IC) de una persona comienza de izquierda a derecha, y la calidad de vida o la capacidad de ejercicio y el pronóstico empeoran a medida que avanza la etapa de IC. Cada etapa conlleva cierto riesgo de muerte súbita.
Causas y trayectorias
La clasificación causal también se amplía. La división clásica entre etiología isquémica y no isquémica resulta insuficiente, porque omite condiciones con implicancias diagnósticas y terapéuticas específicas. Identificar una causa tratable puede modificar la estrategia más allá del manejo convencional.
El consenso propone grupos etiológicos como miocardiopatía isquémica, hipertensiva, valvular, relacionada con arritmias, infiltrativa, infecciosa, inflamatoria, tóxica, hereditaria, pericárdica, metabólica o nutricional, asociada al embarazo, inducida por estrés, pulmonar o derecha, congénita, mediada por alto gasto, idiopática y otras causas.
La variación geográfica ocupa un lugar central. La cardiopatía isquémica explica más del 50% de los casos en regiones occidentales de altos ingresos y en Europa oriental y central, pero menos del 10% en África subsahariana. En América Latina, la enfermedad de Chagas conserva relevancia regional.
Un análisis de 195 países entre 1990 y 2017 atribuyó la mayor proporción global estandarizada por edad a cardiopatía isquémica, 26,5%, seguida por enfermedad hipertensiva, 26,2%, y enfermedad pulmonar obstructiva crónica, 23,4%. Estas diferencias condicionan la interpretación de ensayos, el diseño de estudios y la atención local.
La trayectoria clínica puede incluir mejoría, remisión o recuperación. La mejoría implica aumento de fracción de eyección con persistencia de anomalías. La remisión supone fracción normalizada, síntomas mínimos y biomarcadores estables, pero con vulnerabilidad a recaídas. La recuperación sostenida se considera alcanzable solo en una minoría.
El empeoramiento requiere diagnóstico previo y se caracteriza por deterioro progresivo de síntomas, signos y calidad de vida. Puede asociarse con disnea, edema, arritmias, menor capacidad funcional, aumento de presiones pulmonares, deterioro ventricular o elevación de BNP, NT-proBNP y troponinas. Excluye casos de novo y causas precipitantes no vinculadas a progresión.
La descompensación se define por necesidad de intensificar cuidados o aplicar terapia de rescate. Puede requerir aumento de diuréticos, combinación diurética, ajuste del tratamiento dirigido por guías, resincronización, intervenciones valvulares, soporte circulatorio mecánico o trasplante. Las presentaciones agudas incluyen infarto, síndrome coronario agudo, emergencia hipertensiva, arritmias y embolia pulmonar.
Conclusiones
Las formas crónicas o subagudas pueden evolucionar durante semanas o meses, con fatiga, disnea leve o aumento de peso por retención hídrica. Estos síntomas pueden confundirse con envejecimiento o desacondicionamiento. El documento también distingue imitadores clínicos, como enfermedad coronaria, enfermedad renal crónica, embarazo, obesidad y desacondicionamiento.
La segunda definición universal ofrece un marco estandarizado para ordenar diagnóstico, estadificación, causas, variación regional y evolución clínica. No reemplaza guías terapéuticas, pero busca reducir heterogeneidad conceptual y mejorar comparabilidad. Su aporte principal es una nomenclatura común para prevención, investigación, vigilancia sanitaria y práctica asistencial.