En la atención primaria, la presión por dar respuestas rápidas ante la multimorbilidad que acuden los pacientes favorece la atribución causal errónea de síntomas complejos a hallazgos coexistentes —radiológicos, metabólicos o reumatológicos— que no guardan relación directa con el motivo de consulta. Este sesgo cognitivo, conocido como anchoring bias, lleva a cierres diagnósticos prematuros, expectativas falsas y subdiagnóstico de patologías neurológicas relevantes, como el síndrome de neurona motora superior.
El objetivo del presente artículo busca analizar este fenómeno desde la práctica de la APS, su impacto ético y clínico, y proponer estrategias para fortalecer el razonamiento
sindrómico y la comunicación honesta con los pacientes y tiene la finalidad de generar conciencia sobre la necesidad de diferenciar coexistencia de causalidad, promover el uso racional de laboratorios y rescatar la semiología como eje del diagnóstico en contextos de recursos limitados como lo es en el área rural.
En la atención primaria de salud (APS), donde se atiende la mayor parte de la población, la frecuencia de encontrar hallazgos clínicos o paraclínicos que “parecen” explicar los síntomas del paciente es casi habitual. Sin embargo, convertir automáticamente un hallazgo coexistente en causa de la clínica conduce a diagnósticos erróneos, expectativas nfundadas y pérdida de confianza por el paciente.¹
Muchos pacientes salen con una respuesta inmediata: “esto es por esto”. Pero esa aparente certeza, que tranquiliza momentáneamente, puede desviar la atención de signos más relevantes, especialmente neurológicos. En el contexto de adultos mayores, donde las comorbilidades metabólicas, articulares o degenerativas son comunes, este error de atribución causal tiene consecuencias directas sobre el pronóstico y la relación médico-paciente.²
El objetivo de esta revisión es analizar, desde la práctica en APS, cómo los sesgos cognitivos y la presión asistencial favorecen el cierre diagnóstico prematuro, afectando el reconocimiento de síndromes neurológicos centrales.
El anchoring bias o sesgo de anclaje es la tendencia a fijar la explicación diagnóstica en el primer dato “concreto” que aparece —una radiografía con artrosis, ácido úrico
levemente elevado, dislipidemia—, ignorando información posterior discordante.³
En la práctica diaria, esto se traduce en frases frecuentes: “sus parestesias son por la gota”, “su debilidad es del colesterol”, “su dolor de cabeza es del estrés”. Aunque dichas afirmaciones parten de la buena intención de aliviar la ansiedad del paciente, terminan por construir falsas certezas diagnósticas.⁴
El problema no es solo clínico, sino social: cada diagnóstico precipitado genera expectativas que luego se frustran, y el paciente percibe incoherencia o desconfianza hacia el sistema. En la atención centrada en la persona, donde el vínculo terapéutico es el pilar de la atención longitudinal, este tipo de errores erosiona la credibilidad del médico y la adherencia al seguimiento.⁵
Además, la práctica de ordenar múltiples laboratorios “por descartar” sin hipótesis concreta produce ruido diagnóstico, resultados incidentales y gasto innecesario.⁶ Cada
prueba debería responder una pregunta clínica; cuando no la hay, se sustituye el razonamiento por acumulación de datos.
En paralelo, la falta de reconocimiento de signos neurológicos objetivos —hiperreflexia, espasticidad, debilidad distal asimétrica, signo de Babinski— mantiene ocultas patologías centrales tratables como la mielopatía cervical degenerativa o lesiones medulares progresivas.⁷,⁸
Estos signos suelen pasar inadvertidos porque:
● No generan dolor agudo ni hallazgos llamativos en exámenes iniciales.
● Se confunden con artrosis, neuropatías o reumatismo.
● Requieren tiempo para exploración física detallada, algo limitado en APS.
El resultado: el paciente consulta reiteradas veces sin diagnóstico, mientras se repiten laboratorios o se atribuye su cuadro a causas periféricas o metabólicas. En ese intervalo, la patología neurológica progresa silenciosamente.⁹
Desde la perspectiva del paciente, el diagnóstico no es un fin en sí mismo, sino un medio para aliviar el sufrimiento. En atención primaria, reconocer un síndrome sin forzar una explicación causal permite acompañar el dolor con honestidad y orientar decisiones oportunas. Nombrar una enfermedad que no explica la clínica puede tranquilizar momentáneamente, pero termina alejando al paciente de la comprensión real de su problema.
El mayor riesgo ocurre cuando ambos fenómenos se superponen: el paciente presenta una comorbilidad objetivable (por ejemplo, gota tofácea) y un síndrome neurológico en
evolución. El hallazgo visible genera un anclaje cognitivo que eclipsa el cuadro neurológico real.¹⁰
Este escenario es cotidiano en APS: el médico actúa de buena fe, trata la enfermedad confirmada y comunica que “eso explica los síntomas”, pero el paciente sigue igual. El
problema persiste no porque el tratamiento sea inefectivo, sino porque el razonamiento clínico fue desplazado por la necesidad de responder.
Separar causalidad de coincidencia exige reflexión, paciencia y honestidad. Decir “esto aún no lo sabemos, pero vamos a investigarlo” no debilita la relación médico-paciente;
la fortalece.
Prometer causalidad donde no la hay es un acto clínico y ético riesgoso. Genera falsas esperanzas, sostiene tratamientos inadecuados y deteriora la confianza social en la medicina.¹¹
El médico de APS se enfrenta a un dilema diario: aliviar la ansiedad del paciente sin mentirle. Comunicar incertidumbre de manera empática es parte de la competencia profesional. Explicar lo que sí se sabe y lo que aún se estudia protege al paciente de la frustración y al médico del desgaste moral que produce “sostener verdades a medias”.
En la práctica diaria de la atención primaria, especialmente en contextos rurales, explicar al paciente que su dolor o sus síntomas no se explican por el hallazgo encontrado suele generar desconcierto. Muchas personas esperan que toda molestia tenga una causa inmediata y visible, y cuando el médico afirma que “no es por eso”, la respuesta frecuente es la duda o la incomprensión. Sin embargo, desde una perspectiva ética, sostener una explicación causal que no se corresponde con la clínica solo para tranquilizar momentáneamente al paciente implica crear falsas certezas.
Acompañar el sufrimiento sin atribuir causas que no lo explican requiere tiempo, comunicación clara y, sobre todo, asumir que la honestidad diagnóstica puede resultar incómoda, pero es una forma esencial de cuidado en atención primaria.
1. Razonar antes de pedir. Cada laboratorio debe responder una pregunta clínica.
2. Describir síndromes, no cerrar diagnósticos sin evidencia.
3. Explorar signos neurológicos básicos: fuerza, reflejos, tono, Babinski.
4. Comunicar incertidumbre con empatía.
5. Derivar si hay signos de neurona motora superior, aunque los estudios iniciales sean normales.
6. Registrar comorbilidades sin confundirlas con causas.
La atención primaria no falla cuando no logra establecer de manera inmediata un diagnóstico etiológico; falla cuando, frente a la incertidumbre clínica, se atribuye causalidad a hallazgos que no explican el motivo de consulta. En contextos de multimorbilidad, alta demanda asistencial y recursos limitados, sostener la honestidad diagnóstica implica reconocer los límites del conocimiento disponible y evitar cierres prematuros que generen falsas certezas.
Explicar “no es por esto” cuando la clínica no lo respalda no constituye una debilidad profesional, sino una expresión de buena práctica médica y de ética asistencial. Aunque esta postura no siempre alivie de forma inmediata el dolor o la ansiedad del paciente, protege aspectos fundamentales del cuidado en atención primaria: la confianza, la continuidad y la dignidad de la relación médico–persona. En un sistema que privilegia respuestas rápidas, mantener un razonamiento clínico honesto sigue siendo uno de los pilares del ejercicio responsable de la medicina familiar.
Tatiana Lissett Romero Suárez. Afiliación: Posgradista de Medicina Familiar y Comunitaria – Atención Primaria de Salud – Ecuador. Conflictos de interés: Ninguno declarado. Financiamiento: Autofinanciado. Consideraciones éticas: Artículo de opinión con sustento bibliográfico. No incluye datos identificables de pacientes ni investigación en seres humanos.