Desde hace cuatro años, un grupo de veinte oncólogos estadounidenses se reúne durante cinco días en un curso financiado con dinero del Instituto Nacional del Cáncer para aprender a dar las malas noticias. Guiados por expertos en psicología y comunicación tratan de aprender a hablar con los pacientes cuando llegan los momentos más duros en la consulta.
Algunas cifras, probablemente calculadas a ojo, indican que quienes tratan a pacientes con cáncer deberán afrontar ese momento crítico más de 20.000 veces a lo largo de toda su carrera. Pese a ello, las estadísticas, éstas sí oficiales, dicen que apenas un 30% de las universidades en EEUU ofrecen habilidades en comunicación a sus estudiantes de Medicina. Y sólo un 5% de los oncólogos, añaden, tiene alguna destreza en este terreno.
El doctor Anthony Back trata desde hace cinco años de poner remedio a esta carencia, una de las más criticadas por los pacientes que alguna vez han tenido que escuchar un diagnóstico de cáncer. En ese tiempo, unos 160 de los más prestigiosos especialistas de todo el país se han sumergido en esta experiencia que cuenta con actores para que los oncólogos 'practiquen' la peor parte de su trabajo: decir que la quimioterapia ya no es eficaz, o que las células malignas se han extendido a los huesos, o cuando la esperanza de vida no va más allá de unas semanas.
"Hasta hace poco ha existido la creencia de que estas habilidades no se pueden enseñar", asegura Back, uno de los profesores del curso y oncólogo en el Centro de Investigación del Cáncer Fred Hutchinson de Seattle (EEUU). Sin embargo, su proyecto está permitiendo a muchos de estos profesionales practicar mediante ensayo-error hasta dar con las palabras más adecuadas.
Los alumnos de esta peculiar experiencia reconocen que no resulta fácil. "Los pacientes no saben lo preocupados que estamos también nosotros cuando tenemos que decir lo que nadie quiere oír", explica uno de los alumnos, Daniel Carrizosa, al diario The New York Times.
Experiencias similares en España
Joan Carulla, oncólogo del equipo de soporte del Hospital Vall d'Hebron de Barcelona y miembro de la Sección de Cuidados Continuos de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) sabe bien lo que es dar malas noticias y es un firme partidario de que también en España se aumente la carga docente dedicada a la comunicación y la información en las facultades de Medicina.
Mientras eso ocurre, Carulla ha volcado su experiencia de 15 años en dos iniciativas piloto llevadas a cabo con estudiantes. Una de ellas, en Cataluña, permitió reunir un fin de semana a todos los residentes de oncología, hematología y radioterapia para participar en un taller similar al que se desarrolla en Seattle. "Primero abordamos una breve teoría sobre el tema pero enseguida nos metimos con historias clínicas reales, en grupos de ocho o 10, durante tres horas", explica a elmundo.es. La idea se repitió de nuevo en Valencia, en el curso anual de tratamiento de soporte para residentes de oncología.
Este especialista en cuidados paliativos reconoce que, de todos modos, de nada sirve que los futuros oncólogos tengan "un supermáster en comunicación" si después carecen de tiempo suficiente en sus consultas para atender a sus pacientes. "Es un problema de actitudes", añade, "ahora, con tantas técnicas de imagen y tanta placa, a los médicos se les está olvidando auscultar, palpar al paciente, y así poco a poco se va perdiendo el contacto personal", señala.
Por eso, sus recetas son mucho más sencillas que las americanas, aunque ha trabajado también con actores y con juegos de role-play para desarrollar estas habilidades. "Lo primero es el contacto humano; dar la mano, mirar a los ojos, preguntar el nombre, apagar el móvil para que no haya distracciones...". Después, aconseja a sus colegas que escuchen, que no se pasen todo el tiempo apuntando, y que no suelten "un rollo" a su interlocutor, "tenemos que ser un poco psicólogos".
Carulla asegura que el 70% de la comunicación que se produce en una consulta es de tipo no verbal, "y con un acercamiento adecuado el médico puede lograra la empatía en sólo cinco minutos. "Hay que mimar la relación clínica", defiende, "la mejor inversión en la relación médico pacientes es pasar una hora al principio, en la toma de contacto entre ambos, para obtener un adecuado grado de satisfación".
INFORME
Las lagunas de los alumnos de Medicina
No se ven capacitados para afrontar situaciones estresantes o de urgencias, comunicar el fallecimiento de una persona a sus familiares o tomar decisiones sobre epidemias. Tampoco conocen sus derechos sobre cuestiones polémicas como la eutanasia y el aborto. Lo dice un estudio de la Universidad Autónoma de Madrid
No se encuentran capacitados para manejar situaciones estresantes de forma eficaz. Si éstas tienen como escenario la sala de Urgencias de un hospital, su pánico se dispara aun más. Lo mismo ocurre con la transmisión de malas noticias. Comunicar a los familiares el fallecimiento de un ser querido o el deterioro de la enfermedad a un paciente lo ven como una prueba imposible de superar.
Son algunas de las conclusiones registradas en el estudio Percepción de las necesidades de formación de los estudiantes de Medicina, realizado por Benjamín Sierra, profesor de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid, y su equipo. La propuesta surgió de la empresa farmacéutica especializada en investigacion sobre la salud Pfizer.
El informe se realizó durante el curso pasado y tiene como objetivo conocer cuáles son, según ellos mismos, los puntos débiles de los estudiantes de Medicina para, una vez localizados, obrar en consecuencia. Así lo cree Valentín Cuervas-Mons, decano de la Facultad de Medicina de la Autónoma madrileña. En su casa se desarrolló el trabajo. La muestra la compusieron 277 alumnos de los tres últimos cursos de Medicina y 12 Médicos Internos Residentes (MIR) del Hospital Puerta de Hierro de Madrid.
PÁNICO A LAS URGENCIAS. El estudio tiene dos enfoques, uno cualitativo y otro cuantitativo. El propósito del primero es detectar las carencias formativas de los alumnos, mientras que el del segundo, establecer por orden de importancia y necesidad esas lagunas. La más significativa, según Sierra, es la incapacidad de afrontar situaciones de estrés. Los estudiantes encuestados conceden un 8,89 –en una puntuación de 0 a 10– de relevancia a este apartado. Sin embargo, consideran que sólo disponen de este empuje en un 5,16.
La nota cae más de un punto si la pregunta se centra en una jornada de Urgencias en un hospital. Los propios alumnos se dan a sí mismos un aprobado raspado a la hora de saber hacer frente a las malas condiciones de trabajo o de afrontar la muerte y el sufrimiento a diario.
Estos datos están estrechamente ligados a otro estudio del Colegio Oficial de Médicos de Barcelona, que pone de manifiesto que uno de cada tres médicos sufre desgaste profesional, lo que también se conoce como síndrome del quemado o burnout. Se trata de un trastorno derivado del estrés en el trabajo, que ha llegado incluso a provocar suicidios. Los médicos son junto a los enfermeros, los docentes y los dedicados al comercio los profesionales a los que más afecta.
Benjamín Sierra corrobora estas cifras. También hace hincapié en la necesidad de abordar estos problemas cuando los futuros médicos todavía se están formando, es decir, en las facultades, y no una vez introducidos en el mercado laboral. Se trataría de un ejemplo de "medicina preventiva", señala. Es una de las funciones del estudio.
La falta de habilidad de comunicación para transmitir un diagnóstico "preciso" y el saber cómo tomar decisiones sobre salud individual o colectiva –como, por ejemplo, en caso de catástrofes sanitarias o epidemias como la reciente neumonía asiática o la influencia del mal de las vacas locas en las personas– también inquieta a los futuros doctores. En una escala de 0 a 10, el grado medio en que creen poseer estas cualidades no llega ni siquiera a 5.
PRÁCTICAS ESCASAS. Después del complicado manejo de situaciones estresantes y la nula facilidad comunicativa, los alumnos de Medicina se muestran preocupados por su escasa formación práctica y en cuestiones legales. En el primer caso, los encuestados demandan más información sobre centros médicos especializados y la realización de cursos monográficos prácticos. Opinan que deberían contar con más asignaturas sobre temas específicos como primeros auxilios o salud tropical, desconocidos para ellos.
Respecto a su formación sobre aspectos legales, los estudiantes afirman estar interesados en conocer, sobre todo, qué responsabilidades civiles se derivan de su práctica profesional.Como botón de la muestra, las consecuencias de los errores médicos. También se declaran ignorantes en cuanto al conocimiento de sus derechos y obligaciones como médicos en cuestiones controvertidas como pueden ser la eutonasia, el aborto o la ingeniería genética. Su puntuación no supera el 4,5.
El equipo de Sierra también interrogó a los alumnos sobre su nivel de conocimientos informáticos y de idiomas. Aquí, el grado de importancia y el que creen poseer corren más parejos. Por citar un ejemplo, al inglés le dan un 8 de trascendencia y creen tener un 6.
El último apartado del estudio incide en la investigación, donde los alumnos se ven muy verdes. Se muestran incapaces de elaborar proyectos o publicaciones científicas, a la vez que dudan de sus aptitudes para presentarlas en público.
Para que toda esta teoría no se quede sólo en eso, Sierra ha incluido en su trabajo una serie de recomendaciones. Algunas son éstas: fomentar el componente humanístico, realizar cursos monográficos y talleres de técnicas de toma de decisiones o sobre cómo afrontar situaciones de estrés. También apuesta por favorecer el acceso a publicaciones científicas.