¿Cómo se amaba a principio del siglo XX en la Argentina? ¿Cómo se ama ahora?
A partir de una apasionante investigación, María Seoane da cuenta de las formas en que se manifestaron los vínculos amorosos y la sexualidad a lo largo de nuestra historia y abre interrogantes hacia el porvenir. Este notable libro muestra cómo fueron marcados por el signo político de cada época las relaciones entre los distintos o mismo sexos, la forma de concebir la familia, las buenas y las “malas” costumbres, y cómo el desenfreno de las pasiones estuvieron siempre en un cruce obligado con las formas autoritarias.
La reconstrucción se inicia con la inmigración –generalmente sospechada de transmitir máculas para la herencia nacional-, y con la increíble historia de a Zwi Migdal, que para el Centenario, en sólo cuatro años, había logrado que Buenos Aires fuera considerada la ciudad con mayor número de prostitutas de mundo, y sigue con la doble moral autorizada a los varones, las explosiones de libertad y, como constante y contraparte, la restricción del deseo; también nos deleita con los amores de Regina Paccini y Marcelo Torcuato de Alvear, Myriam Stefford y Raúl Barón Biza, Bioy Casares y Silvina Ocampo, Perón y Evita, Borges y Kodama, Armando Bo e Isabel Sarli, Susana y Monzón, entre otros, y termina con una incursión a las variadas expresiones sexuales en nuestra sociedad actual.
Con incisivas proyecciones hacia el presente y retos para el futuro, María Seoane dice: “Luego de casi doscientos años de vida como país independiente, la Argentina sigue debiéndose una revisión no sólo de su historia política. Sigue debiéndose hurgar en los pliegues más profundos de la vida privada; allí donde el deseo viaja de las alcobas a las plazas”.
Prólogo
¡Vamos todavía con el sexo!
Este libro es un fresco sobre las (i)realizaciones amatorias ––poco frescas–– que nos han caracterizado como país a lo largo del siglo pasado, con incisivas proyecciones hacia el presente y retos para el futuro. Una larga saga represiva, interrumpida por algunas expresiones incontinentes del deseo y el desenfreno de las pasiones, se sucede en esta reconstrucción, acompañando las formas autoritarias ––hartamente repetidas en nuestra sociedad––, que apenas parecen dar lugar a la experiencia de una mayor autonomía de los cuerpos. La autora ––una oficiante notable del periodismo y de la historia más reciente–– ha realizado una maciza investigación que reúne diversos momentos del siglo XX y sus manifestaciones más conspicuas en torno de los vínculos amatorios y las expresiones de la sexualidad. Las sensibilidades de la época ingresan a través de muy variados episodios que se inician con la construcción discursiva de las prescripciones eugénicas (tan consagradas por todas las ideologías) que intentaron acomodar a las poblaciones inmigrantes ––generalmente sospechadas de portar máculas comprometedoras para la herencia nacional––, y también encajar a las poblaciones nativas, aun más estigmatizadas por aquella lente. El recorrido termina con una incursión a las variadas expresiones de la performatividad sexual en nuestra sociedad actual, sin duda renovada pero que apenas se ha acostumbrado a reconocer las diferencias, que no se desapega del síntoma homofóbico y que con mucha mesura se dispone a revisar presupuestos discriminantes. En el medio, son visitadas varias estaciones de la evolución poniendo en foco la trama del intercambio amatorio y sexual entre varones y mujeres. Se exhibe en impecable balance, con pelos y señales, la doble moral autorizada a los varones y el contrapunto de la única moral que debitan siempre las mujeres. Éstas vienen a representar en nuestra historia generalizada, el término bajo caución, el equivalente de una reserva de encaje (como si se tratara de un valor bancario) que permite sostener, con sus obligaciones primordiales a la familia, los cimientos de la Nación.
La maternidad constituyó un pilar que no distinguió a las más encontradas vertientes ideológicas y políticas. Desde luego, las fuerzas más reaccionarias hicieron de la maternidad una devoción religiosa tanto como un sistema de encastramientos valorativos seculares. La no reproducción entonces pudo alcanzar la estatura del síntoma de la degradación social en su conjunto porque se revelaba como la «encarnada» fórmula del sexo por placer, tal como han fustigado los prelados. Fue una costumbre bastante extendida que las mujeres que comulgaban más devotamente con el catolicismo exhibieran en sus camisolas de dormir ––con una abertura mínima en la región genital para que el acto sexual no conllevara quitarse toda la ropa––, la siguiente frase bordada en torno de una imagen: «No es por vicio ni fornicio, sino por el puro sacrificio». Las restricciones de la sexualidad femenina seguramente no llegaban a esta vertiente sacrificial, pero no se alejaban demasiado de la idea de servicio y de forzosa sujeción a vínculos insatisfactorios, habida cuenta la larga espera de la ley definitiva del divorcio vincular. La mojigatería ha sido una marca en el orillo de nuestros rollos de género.
Pero de modo poco ostensible aunque inquebrantable, las mujeres se las arreglaron para sostener la decisión de limitar los embarazos, y cuando los métodos contraceptivos fracasaban (¡y de qué modo esto ocurría antes de los nuevos métodos!) apelaron al aborto, aun en contextos muy coercitivos. Siempre han coexistido dos circuitos para el aborto, el que puede atender con eficacia sanitaria a las más pudientes y el oscuro territorio de la negligencia que se ha cobrado miles de mujeres. Pero los defensores acérrimos de una abstracción de la vida han preferido sostener el cigoto antes que al ser humano femenino. La era de la píldora, abierta en la década de 1960, que pudo acompañar con mayor eficacia la voluntad no reproductiva de las mujeres, coincidió con una ruptura significativa de las convenciones. Es que éstas ingresaron masivamente a muy diversas tareas y cupaciones e invadieron nuevos ambientes, especialmente las universidades. Los años sesenta constituyeron una época aguda de cambios, sobre todo para las familias de clase media. Debieron acomodarse a las transformaciones, especialmente a las conductas innovadoras de las muchachas porque había quedado muy atrás la exigencia de una compañía para no andar solas, esa obsesión argentina, y porque sucumbió el principio de la virginidad a rajatabla. De todos modos, la «revolución sexual» quedaba bastante grande a las primeras cuotas de nuestra autonomía. Tal como María Seoane retrata, esos años no significaron una irrestricta experimentación de la sexualidad, y mucho menos eso ocurrió en los ambientes donde se ensayaban las rebeliones. A menudo la censura no sólo provenía de los varones, aun de aquellos que militaban en la izquierda, sino de las propias mujeres. Había que oír los enjuiciamientos a las compañeras que se animaban a soltar las amarras, a vivir libremente su sexualidad. Cierto ascetismo era un presupuesto para no correr riesgos, y la mayoría de las formaciones que luego se dirigieron a la acción armada abdicaron de las aproximaciones a la felicidad del sexo como condenaron los desvíos hedonistas. Por otra parte, la igualdad de género no estaba en el horizonte de las reivindicaciones del momento y mucho menos estaba en la agenda sacudirnos la homofobia.
Estos necesarios ensayos ponen en relación la modernidad inaugural del siglo XX y la neo modernidad (¿o post?) que presidió sus estertores. Estos extremos temporales, sin embargo, funden sus sentidos dispares en la certeza de que, más allá de los emocionantes encuentros con el goce sexual, de las rajaduras de las matrices normativas, de las explosiones de libertad, la sociedad argentina mantuvo límites constrictores al deseo aunque las más afectadas han sido, incontestablemente, las mujeres. El tango es un sintagma de nuestras relaciones de género, toda la economía sexual se expresa en su repertorio. Pero ya pisamos el tembladeral y es hora de profundas transformaciones. Una sociedad renovada debe separar los derechos sexuales de los derechos reproductivos, precisa vínculos igualitarios entre varones y mujeres y necesita el reconocimiento de la «diáspora de la sexualidad» y de los géneros. En el fondo y en la superficie, este bello texto es un pretexto para que, repasando las manifestaciones amatorias y sexuales de nuestro pasado, desatemos las amarras del futuro. Es hora de desatrancar los cuerpos.
Dora Barrancos
El ideal de matrimonio o pareja
El ideal de matrimonio o pareja que viene del fondo de los tiempos es la monogamia: es el deseo más profundo tanto en la mujer como en el hombre. Pero es un conflicto porque es inalcanzable poseer al otro, siempre.
Promediando la década de los 90, el Centro de Educación, Terapia e Investigación en Sexualidad (CETIS) reveló, a través de una encuesta sobre fidelidad entre los amantes, que el 53% de las mujeres consultadas confesó no haber sido jamás infiel; en cambio el 69% de los hombres dijo que sí. En cuanto a la persona elegida para concretar la infidelidad se apreciaron diferencias entre ambos sexos. Un 43% de las mujeres fueron infieles con algún amigo o amiga; un 32% con un vago «otros», y el 25% restante lo hizo con algún compañero o compañera de trabajo.
Entre los varones, el 48% confesó alguna infidelidad con alguna compañera o compañero de trabajo; el 23% con «otros»; el 19% con alguna amiga o amigo, y el restante 10% con algún familiar. Las mujeres parecen más valientes para confesar su infidelidad que los hombres: ocho de cada 10 no lo hace nunca.
La mayoría de las mujeres, siete de cada 10, prefieren no enterarse de la infidelidad de su pareja. La mayoría de los hombres sí quiere enterarse y rápido. Los motivos de la infidelidad son variados: pero la mayoría reconoce que se trata de sexo. Mejor sexo, más excitante, más intenso, más continuo. La segunda razón es el aburrimiento que sienten los amantes. Es curioso pero define el perfil de las argentinas de fin de siglo: para los hombres la causal abrumadoramente mayoritaria de infidelidad es tener mal sexo. Para la mujer esa razón se divide entre el mal sexo y el aburrimiento, referido siempre a intereses culturales o profesionales.
En «La revolución romántica: Cupido ataca» ––publicado en Página/30 en marzo de 1997–– Pablo Chacón y Josefina Fernández sostienen que puestos a elegir entre fidelidad e infidelidad, todos los sujetos estaban frente a la encrucijada que significaba tanto el padecimiento implícito en toda trasgresión como el placer adicional que podía llegar a obtenerse con la misma, con lo prohibido.
Destape y corazones privatizados
En 1999, cuando la crisis económica golpeaba fuerte y el final del menemato daba sus últimas bocanadas frente al triunfo de la Alianza que llevó a Fernando de la Rúa a la presidencia, Volnovich llegó a la conclusión de que la idea del «amor romántico» está cuestionada y que una nueva «sociabilidad asocial» ––una soledad que persiste aun en compañía–– gana terreno y complica los vínculos. El contexto del capitalismo global integrado no siempre favorece el amor: hay más individualismo, más soledad ––sobre todo en las culturas urbanas–– y algunos discursos que sugieren que si las utopías son imposibles, lo mismo le puede suceder a la del amor romántico, concebido para siempre. El asunto es que hay discursos diferentes sobre los afectos tradicionales en las mujeres y en los varones. Según Volnovich las mujeres declaman el discurso del amor y de la dependencia afectiva, mientras los varones hacen gala de la independencia, la autonomía, la posibilidad de valerse solos. Los hombres están programados para tener relaciones sexuales sin compromiso afectivo y para eludir la dependencia afectiva, mientras las mujeres tradicionalmente declaman la vigencia del amor fundamental y trascendente, la dependencia del amor, e incluso aquello del «amor para siempre». A pesar de estar desmentida por la experiencia cotidiana, la búsqueda del amor eterno es obsesiva, siempre. Mientras las mujeres siguen esgrimiendo el discurso del amor, la mayoría estadística indica que son las que toman las iniciativas en los divorcios. Por otra parte, existe un considerable número de mujeres de cuarenta, cincuenta años, que viven solas, que se autoabastecen, que crían a sus hijos. Y casi no hay varones de la misma edad de cuarenta, cincuenta años–– en igual situación, porque según Volnovich siempre nos encargamos de que alguien venga a atendernos, a cuidarnos. A pesar de que los hombres declamamos el discurso de la autonomía y la dependencia, nos arreglamos para estar siempre acompañados, y siempre alguna «nurse» encontramos. María Seoane
María Seoane
María Seoane nació en Buenos Aires el 25 de enero de 1948. Estudió Economía en la Universidad de Buenos Aires. En su vasta trayectoria como periodista, ocupó los cargos de Redactora de Política Nacional de la Revista "El Periodista de Buenos Aires" (1985-1989), Redactora de Política nacional del Diario "Sur" (Buenos Aires, 1889-1990), Prosecretaria de Redacción de Política Nacional del Diario Clarín (desde 1994) y Redactora Jefe de la Sección Argentina de la Revista "Noticias" (Buenos Aires, 1992-1993).
Ha sido colaboradora en varios medios gráficos del exterior, entre ellos: la Revista "Di" de México, los Diarios "Uno más uno" y "El universal" de México y la Revista "Nueva Sociedad" de Turin, Italia. En la Argentina integró, entre otras, las redacciones de la revista El Periodista de Buenos Aires y del diario Sur. A partir de 1998 dirige el suplemento dominical Zona del diario Clarín.
Como docente, fue Coordinadora del Taller de Periodismo para Adolescentes en el Centro Cultural San Martín en 1984 y Profesora del Taller de Investigación Perdiodística en TEA (Taller Escuela Agenda), en 1992. Integra el cuerpo docente del Master de Periodismo como titular de la cátedra de Investigación Periodística de la Universidad de San Andrés, Clarín y la Universidad de Columbia.
Fue Consultora de la OEA, donde elaboró los informes para la Relatoría de Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).
María Seoane también es una escritora especializada en la crónica y el ensayo. Publicó los libros La noche de los lápices (crónica, 1986), La Patria sociedad anónima (ensayo, 1990), Todo o nada (la biografía del ex jefe guerrillero Mario Roberto Santucho, elegido el Libro del Año 1991 por la crítica) y El burgués maldito (la biografía del ex empresario y ex ministro de Perón, José Ber Gelbard, 1998). Tanto La noche de los lápices como El burgués maldito han sido llevados al cine. En la versión cinematográfica de éste último, que llevó el nombre de Gelbard, historia secreta del último burgués nacional, estuvo a cargo de la dirección y de la producción ejecutiva.
Fue premiada en varias oportunidades. Obtuvo, en 1998, el Premio Internacional de Prensa Rey de España por una investigación periodística publicada en el diario Clarín sobre el golpe militar de 1976 en la Argentina. En el 2000, la Cámara Argentina del Libro entregó el premio Cortázar al suplemento Zona. Ese mismo año, la periodista recibió el Premio a la Trayectoria, otorgado por la Fundación Henry Moore por ser una de las mujeres más destacadas en su profesión. También recibió, en 2002, el Premio Rodolfo Walsh de Periodismo, de la Facultad de Periodismo y Comunicación de la Universidad de la Plata, por su labor periodística, por la conducción del suplemento Zona y por su libro El Dictador. En 1991, integró el jurado del Premio Casa de las Américas para el género Testimonio en La Habana, Cuba.
Libros Publicados
La noche de los lápices (coautora junto a Héctor Ruiz Núñez)
Editorial Contrapunto. Reeditado luego de la séptima edición por Editorial Planeta. Traducido al portugués, italiano y alemán. Llevado al cine por Héctor Olivera.
Menem, la patria sociedad anónima
Editorial Gente Sur.
Todo o nada. Biografía de Mario Roberto Santucho
Editorial Planeta.
El burgués maldito. Biografía de José B. Gelbard
Editorial Planeta.
El dictador. Biografía de J.R. Videla (Coautora)
Editorial Sudamericana.
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* Fotografía: ©Lola Garrido
Referencias:
Título: "Amor a la argentina"
Autor: Seoane María
Editorial: PLANETA Aregentina
ISBN:950-49-1781-6
402 páginas