Récords preocupantes y retrocesos en áreas clave. Ese sería en pocas palabras el lado oscuro del panorama retratado en el informe de The Lancent Countdown 2025. Pero no hay que perder las esperanzas en la especie humana: también señala “importantes oportunidades para acelerar la acción y prevenir los impactos más catastróficos del cambio climático”. Volvamos al principio: “El cambio climático está desestabilizando cada vez más los sistemas planetarios y las condiciones ambientales de las que depende la vida humana”, advierte el informe en las primeras líneas, en las que también confirma que “en 2024, las temperaturas medias anuales superaron en 1,5 °C las de la era preindustrial por primera vez”. El documento que analiza la situación de nuestro continente fue producido por un equipo de colaboración científica internacional y multidisciplinaria que evalúa el perfil de salud del cambio climático y supervisa el cumplimiento de los compromisos del Acuerdo de París. Es extenso y detallado. Arrancaremos por la situación planetaria con números y temas.
Calor extremo: en promedio, el 84% de los días de olas de calor potencialmente mortales entre 2020 y 2024 no habrían ocurrido sin el cambio climático. La exposición a olas de calor de menores de 1 año y los mayores de 65 (los grupos de edad más vulnerables) en 2024, creció entre los bebés un 389%, y entre los mayores, un 304% en comparación con la exposición promedio en el lapso 1986-2005. Las temperaturas más altas y el creciente tamaño de las poblaciones vulnerables aumentaron el 63% las muertes relacionadas con el calor desde la década de 1990, y se estiman que fueron unas 546 000 muertes anuales, en promedio, entre 2012-2021
Precipitaciones y sequías extremas: en el mundo las primeras aumentaron el 64% entre 1961-90 y 2015-2024, mientras que el 61% de la superficie terrestre mundial se vio afectada por sequías extremas en 2024 un 299% más que el promedio de la década de 1950.
Sin embargo, señala el informe global, la situación está lejos de ser homogénea, así que hagamos foco “en casa”.
Latinoamérica |
El informe, fruto del trabajo conjunto de 25 instituciones académicas regionales y agencias de la ONU, que analiza 41 indicadores en 17 países latinoamericanos, advierte que la temperatura media en América Latina aumentó sin pausa desde 2000, y llegó en 2024 a su nivel más alto: 24,3 °C. El calentamiento fue particularmente intenso en Bolivia, Venezuela, México, Paraguay y Ecuador, y el impacto sanitario ya es fuerte: los bebés estuvieron expuestos a 450% más días de olas de calor, y los mayores de 65 años, a 1000% más; para estos, los picos más extremos se produjeron en Venezuela y en Colombia, países en los que, según el informe, “los aumentos relativos alcanzan niveles catastróficos”. Por su parte, la mortalidad atribuida al calor creció 103%; causó unas 13.000 muertes anuales y un costo económico de US$855 millones por año.
En paralelo, los eventos climáticos extremos se han intensificado: la superficie afectada por sequías cortas aumentó 275% desde la década de 1980, lo que no solo alimentó un riesgo récord de incendios forestales en 2024, con aumentos marcados en Chile, México y Bolivia, sino también sequías agrícolas e hidrológicas; la consecuencia: pérdidas económicas que ascendieron a US$19.200 millones en 2024; Brasil, México y Chile están entre los más afectados, seguidos México, Panamá, Ecuador y Perú. “Es fundamental tener en cuenta que muchos de estos fenómenos climáticos extremos ocurren de forma simultánea y consecutiva (por ejemplo, sequías prolongadas, olas de calor intensas e incendios forestales). Por lo tanto, abordar el cambio climático es esencial para proteger la salud humana, ya que estos fenómenos superpuestos generan riesgos en cascada y perturbaciones económicas que ralentizan la recuperación y socavan la resiliencia”, destaca el texto, y agrega: “La adaptación ya no es opcional, es una necesidad esencial y no negociable”.
Las razones |
Buena parte de ellas son políticas: el documento sostiene que las acciones estratégicas siguen siendo insuficientes: menos de la mitad de los países (41,2%) ha publicado una Evaluación de Vulnerabilidad y Adaptación desde 2020, y apenas nueve cuentan con un Plan Nacional de Adaptación en Salud. A ello se suma una brecha persistente entre la urgencia climática y la planificación pública, falta de impulso que se extiende a los foros y a la financiación internacionales.
Por otra parte, para implementar cambios es clave contar con datos climáticos sólidos y una cooperación institucional más estrecha. Y, si bien 10 de los 17 países latinoamericanos miembros de la Organización Meteorológica Mundial ofrecen servicios climáticos para la salud, estos se concentran en monitoreo inmediato y se ocupan mucho menos de las proyecciones de largo plazo, que son claves para planificar. Todo ello, a pesar de que –señala el texto– la evidencia muestra que la preparación funciona: los países con Sistemas de Alerta Temprana en salud redujeron en 92,5 % la mortalidad por inundaciones y tormentas. Claro que si las previsiones son parciales, no alcanza. Y lo que se observa es que incluso en estos países, la capacidad de respuesta ante emergencias ha disminuido desde 2022, retroceso que es preocupante en países altamente vulnerables al dengue, como Bolivia, Brasil y Perú. También la planificación urbana es deficiente: “todas las ciudades latinoamericanas con más de 500.000 habitantes fueron clasificadas con niveles de vegetación bajos o excepcionalmente bajos, desaprovechando una oportunidad vital para fortalecer la resiliencia de la salud urbana mediante la infraestructura natural”, lamenta el reporte.
“Si bien los países latinoamericanos están dando los pasos iniciales para adaptar los sistemas de salud, mejorar las ciudades y reducir las vulnerabilidades al cambio climático, el progreso sigue siendo lento, variado y desigual –se resalta sobre el final–. El alejamiento de la dependencia de los combustibles fósiles parece estar estancado. América Latina no puede darse el lujo de esperar la voluntad política mundial y debe impulsar acciones nacionales. Necesita pasar de las promesas a la acción, liderando la protección de la salud mediante estrategias de adaptación y mitigación personalizadas”.