Algo más que una simple simpatía.
Marcelo A. Moreno
Homero Simpson, un héroe? ¿Un modelo a seguir? ¿Un arquetipo social? Quizá nada para tanto, pero lo cierto es que una reciente encuesta realizada por la carrera de Sociología de la UBA demostró que el personaje es el preferido por los adolescentes porteños de distintas clases sociales.
Y es curioso porque el héroe viene a ser casi la encarnación del antihéroe. Nada más lejano a Superman, Batman o incluso Patoruzú —por no hablar, en serio, de Washington, San Martín o el Che Guevara— que este fanático de la comodidad, hedonista de la comida chatarra, amante de la tele, la cerveza y gimnasta sin complejos de la irresponsabilidad.
Pero quizá más extraño resulte que los adolescentes se decidan por un personaje que resulta insospechado de toda sombra de idealismo e ignora toda pasión que vaya más allá de sus gustos deportivos o el hot dog. Y contra lo predicado por los modelos dominantes, está entrado en carnes, es descuidado, no muy inteligente, egoísta, cumple con sus deberes con lo mínimo y sólo parece reaccionar cuando le tocan su corazoncito sentimentaloide y simplón.
Emblema de la incorrección política, Homero "como todo el mundo, hace lo que puede", comentó uno de los entrevistados. Y a pesar de su candidez (matizada por ramalazos de humor sarcástico), lo que hace, sobre todo, es no comprar el modelo del Sueño Americano. Desdeña o no tiene capacidad para pelear en una jungla competitiva de reality show por cumplir el mandato del éxito. En una sociedad que ensalza y es liderada por ganadores, él se las arregla para alcanzar ciertos niveles de armonía y felicidad siendo un perdedor cabal.
Cualquier cosa menos careta, auténtico sin prejuicios, carente de ambiciones pretenciosas, Homero deviene en modelo antisistema, aunque jamás lo cuestiona. De una rebeldía pasiva, por omisión inconsciente, pero rebeldía al fin. Así tiende a demostrar por la vía negativa las inconfesadas grietas de ese Sueño. De allí, quizá, la simpatía que despierta en los adolescentes. Que no es nada malo que hayan elegido a un personaje con todas las debilidades de lo demasiado humano cómo ícono. Quizá un signo de sano realismo en medio de los delirios que azotan al planeta.
La otra orilla Glamour 05
Por Manuel Vicent
Cuando las imágenes de actualidad se vuelvan amarillas y concentren el perfume de la memoria perdida, algunas escenas que ahora nos parecen vulgares mañana estarán cubiertas de la misma fascinación que en nosotros producen las siluetas evanescentes de la época de entreguerras.
En medio de la insoportable mediocridad en que vivimos me gustaría saber quiénes son y dónde se hallan hoy esos personajes que el tiempo convertirá en humo de oro en las páginas de las viejas revistas. Puede que dentro de cien años nuestros descendientes lloren de nostalgia al ver en los reportajes los escaparates de las librerías, las colas en los cines, los antros de jazz con los metales de la orquesta y el sudor de los músicos negros brillando bajo la intensa niebla de los cigarrillos. Entonces todavía se fumaba, dirá la gente cuando el jazz huela a lavanda y no a tabaco profundo. En esas imágenes del pasado aparecerán trenes de cercanías con jóvenes concentrados en la pantalla del ordenador portátil abierto en las rodillas y alguien explicará que en aquel tiempo para trabajar había que desplazarse hasta la fábrica. La informática, la incipiente Internet y el genoma descodificado del gusano tendrán el mismo romanticismo de la máquina de vapor, del zepelín extasiado sobre los tejados de París o de la vacuna de Pasteur. Entre los coches atascados de una avenida aparecerá oyendo música en un MP3 una chica en bicicleta con un periódico en el cestillo del manillar y desde una valla publicitaria Naomi Campbell ofrecerá a los peatones la tarta de chocolate de su propio cuerpo diluido en el mar de automóviles. Puede que la chica de la bicicleta se siente en la terraza de un bar frente a una playa vacía y pida una cocacola, que será un refresco ya olvidado, y luego empiece a leer el periódico todavía impreso en papel, con fecha de hoy. Todas las desgracias, crímenes y guerras que ocupen la actualidad este día se habrán convertido en estiércol de la historia; los nombres de políticos, artistas y escritores cuyas fotos aparecían en sus páginas también se habrán ido por el sumidero, si bien el periódico que lee esa chica traerá imágenes de algunos personajes que serán fascinantes y harán soñar a los habitantes del futuro.
Dentro de cien años, nuestra mediocridad también será nostalgia. Me gustaría saber quiénes son hoy esos seres que el tiempo convertirá en criaturas de oro envueltas en el humo de la memoria. Están entre nosotros, pero nadie los conoce.
* El autor es escritor y periodista del diario El País, de Madrid
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