Arte & Cultura

/ Publicado el 30 de junio de 2003

Literatura

A propósito del "Gran Hermano"

El personaje omnipresente es una creación de Eric Blair, más conocido por su seudónimo: George Orwell. El 25 de junio se cumplieron 100 años de su nacimiento.

Autor/a: Por IntraMed

Indice
1. ¿Quién fue Orwell?
2. Sus obras más destacadas

Nacido en La India de padres funcionarios que apenas influyeron en él, los recuerdos heroicos que escribió sobre una adolescencia mítica en la que era una especie de mascota de la policía birmana nunca han sido contrastados. Sí parecen más auténticas las aventuras de Por Londres y París, un estremecedor relato del cúmulo de penalidades de un indigente urbano víctima del capitalismo, trasunto de sus propias experiencias aunque, según admitió más tarde, en parte ficticias.

Con este primer libro, publicado a los 30 años, el apocado autor que se esconde tras sus páginas crea su propio personaje. Eric Blair, que así se llamaba en el mundo hasta entonces, pasa a ser George Orwell para no ser reconocido por sus padres y el entorno familiar. Según la reciente biografía de D.J. Taylor, el escritor se inventó a sí mismo, “porque para crear algo interesante pensaba que había que borrar por completo la personalidad del autor”. Eric Blair era tímido, silencioso y solitario, un hombre que apenas se atrevía a dar su opinión. George Orwell se mostraba expansivo, un escritor locuaz que creía en una sociedad coherente y luchaba abiertamente por ella. La nueva personalidad de periodista comprometido con la causa socialista fue el principal vehículo de la transformación. En el fondo, no había conflicto. Blair vivía según las ideas de Orwell.

Todos sus biógrafos coinciden. El autor de esa aterradora profecía sobre el totalitarismo tecnócrata que es 1984, o la ácida denuncia del comunismo soviético que supone Rebelión en la Granja, es sobre todo una fuerza moral, una luz en la oscuridad. Pero a menudo se olvida algo fundamental sobre lo que montó su prédica este puritano contemporáneo: el estilo, un artificio construido sobre la invisibilidad y la renuncia con ausencia total de pretensión literaria. Escribió una de las prosas más vibrantes y sorprendentes del siglo XX, pero escondida tras un lenguaje simple, de una sencillez forzada, muy eficaz para la denuncia.

Su código ético personal descansaba sobre una estricta austeridad, tanto física como moral. Detestaba la riqueza y las trampas del éxito con odio visceral. Fue esa repugnancia por lo superfluo, ese estoicismo de raíz espiritual, que según Taylor busca una especie de cristianismo primitivo que ni siquiera cree en Dios, lo que le llevó al final de su vida a alquilar una remota y destartalada casa en la isla británica de Jura (en las lejanas Hébridas), donde trató de sobrevivir cazando, pescando y cultivando una huerta. Aquello, como casi todas sus iniciativas, fue un desastre. Los conejos se comían las verduras, apenas cazaba piezas suculentas y a punto estuvo de ahogarse en medio de una tormenta marina. Por entonces era ya un enfermo terminal de tuberculosis y, con toda probabilidad, la estancia en la isla aceleró el final. Pero estaba ya poseído por su propio personaje y no cabía otra alternativa. El asceta sobrio y empecinado luchó hasta el final contra la crueldad desatada de la Naturaleza. Fue su último combate.

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