| Un análisis exhaustivo de 95 revisiones sistemáticas y metaanálisis, publicado en European Journal of Clinical Nutrition, evaluó la relación entre el consumo de lácteos y 29 desenlaces de salud en adultos. El trabajo incluyó datos de estudios prospectivos, ensayos clínicos y casos y controles, cubriendo más de 7,6 millones de participantes en algunos de los estudios evaluados. |
La investigación encontró que el 48% de las asociaciones examinadas no mostraron vínculo alguno entre el consumo de lácteos y enfermedades, mientras que el 37,7% evidenció un menor riesgo de padecerlas. Solo un 4,3% de los resultados indicó un posible aumento del riesgo, y el 10% fue inconcluso.
Los beneficios se observaron especialmente en la reducción del riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y algunos tipos de cáncer como el colorrectal, de vejiga, de mama, de hígado, oral y de ovario. En varios casos, las asociaciones positivas se vincularon al consumo de yogur y lácteos fermentados, posiblemente por su aporte de probióticos y compuestos bioactivos con potencial antiinflamatorio.
En relación con el peso corporal, la revisión no halló asociación entre el consumo de lácteos y el sobrepeso u obesidad. En algunos estudios, incluso se describió una relación con mejor composición física.
El consumo de lácteos tampoco se asoció con un mayor riesgo de mortalidad total ni de mortalidad cardiovascular. De hecho, los productos fermentados mostraron en algunos estudios una reducción de la mortalidad por todas las causas.
En cuanto a los tipos de lácteos, el análisis diferenció entre leche, queso, yogur y lácteos fermentados en general. Yogur y lácteos fermentados encabezaron la lista de productos con mayor proporción de efectos protectores, seguidos por el queso y la leche.
Yogur y lácteos fermentados, los más beneficiosos |
Los investigadores resaltan que estos alimentos mostraron las asociaciones más consistentes con beneficios para la salud. La riqueza en probióticos y compuestos bioactivos podría explicar parte de sus efectos protectores sobre la salud cardiovascular, metabólica y digestiva.
Sobre la composición grasa, la comparación entre lácteos enteros y reducidos en grasa no mostró diferencias consistentes en cuanto a riesgo cardiovascular o de mortalidad. En la mayoría de los casos, ambos presentaron asociaciones neutras o inversas con los desenlaces estudiados.
El trabajo también destacó que, aunque algunos estudios sugirieron una relación entre alto consumo de lácteos y mayor riesgo de cáncer de próstata, la evidencia no es lo suficientemente robusta como para recomendar su evitación. Factores como edad, genética y antecedentes familiares tienen un peso mucho mayor en ese riesgo.
Los autores subrayan que, a diferencia de la percepción negativa que a veces transmiten los medios, la evidencia científica actual respalda que el consumo de lácteos forma parte de una alimentación saludable. Resaltan que su perfil nutricional —rico en proteínas de alta calidad, calcio, fósforo, magnesio, zinc, yodo y vitaminas A, B1, B2 y B12— es difícil de igualar con alternativas vegetales no fortificadas.
Finalmente, la revisión recomienda continuar investigando, en especial sobre los efectos diferenciales de productos fermentados, la influencia de la fortificación con vitamina D y las variaciones según hábitos y contextos culturales.