Noticias médicas

Publicado el 11 de octubre de 2008

Entrevistas a Luc Montagnier y Françoise Barré-Sinoussi

25 años de lucha contra el VIH

Los Nobel en SIDA.

25 años de lucha contra el VIH

LOLA GALÁN (ENVIADA ESPECIAL)  -  París
 
A Luc Montagnier (Chabris, 18 de abril 1932) se le escapa una sonrisa algo maliciosa cuando explica que el Premio Nobel de Medicina que acaba de obtener ex aequo con su antigua colaboradora del Instituto Pasteur Françoise Barré-Sinoussi, viene a reconocer "un logro colectivo". Él no quiere colgarse todas las medallas, pero esa sonrisa habla por sí sola de hasta qué punto se siente reivindicado con la decisión del Instituto Karolinska.
El biólogo francés atiende a EL PAÍS en su oficina de la Fundación Mundial para la Investigación y Prevención del Sida, creada por él, bajo los auspicios de la Unesco, en 1993. Han pasado apenas cuatro días desde que recibiera la llamada de Estocolmo que le coloca en el Parnaso de la ciencia mundial por su descubrimiento del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH).

El virus responsable del sida, una enfermedad que se ha cobrado 23 millones de vidas desde que fue tipificada en 1981, y que acecha a otros 33 millones de personas portadoras del virus. El descubrimiento francés, publicado en 1983 en la prestigiosa revista Science, fue contestado por el profesor Robert Gallo, que anunció haber descubierto el mismo virus, en el National Cancer Institute de Bethesda (Maryland, Estados Unidos), en abril de 1984. La larga guerra entre los dos equipos por las patentes derivadas de este hallazgo no quedó zanjada hasta 1987. La disputa científica quedó en una especie de tablas, y los dos principales protagonistas, Montagnier y Gallo, enterraron el hacha de guerra hace más de una década. Cuando menos se esperaba, después de haber compartido premios de talla internacional, como el Príncipe de Asturias, en 2000, el Instituto Karolinska que concede los Nobel de Medicina, ha emitido el fallo final e inapelable: el galardón ha ido a parar al equipo francés. A Gallo sólo se le dedica una discreta mención en el texto que detalla el descubrimiento.

Pregunta. Al fin se le hace justicia.

Respuesta. Es un reconocimiento tardío, pero reconocimiento al fin. La verdad es que tanto mi equipo como el del profesor Gallo, con el que he participado en muchas conferencias sobre el sida, hemos compartido ya algunos premios. Lo cierto es que fue un trabajo de investigación colectivo, en el que participaron decenas de investigadores y médicos. Naturalmente, no se les podía otorgar a todos el Nobel. Al menos ha recibido el galardón el Instituto Pasteur, y también ha sido mencionado por su contribución el equipo del profesor Gallo.

P. El premio llega en un momento en el que se habla poco del sida.

R. Por eso es bueno. En el ámbito de la investigación estamos en un momento bastante plano. Se han hecho grandes progresos en lo que respecta a la triterapia (el cóctel de tres retrovirales con el que se trata la enfermedad), pero el hallazgo de una vacuna preventiva se aleja de nuestro horizonte. El premio servirá para recordar a la gente que el sida existe y que nos queda mucho por avanzar en la vacuna.

P. Usted trabaja en una vacuna terapéutica para evitar que el enfermo dependa de por vida de la medicación. ¿Cuándo estará lista?

R. La conseguiremos mucho antes que la vacuna preventiva. En el plazo de tres o cuatro años. El objetivo es erradicar la infección.

P. En Occidente se ve el sida como un problema exclusivo de los países en vías de desarrollo.

R. Es que la gente se ha acostumbrado a vivir con ese riesgo latente, y ha dejado de preocuparse por él. Es lo más humano del mundo. Muchos jóvenes viven como si no existiera el sida. No han oído siquiera hablar de los muertos del sida, por eso es tan importante volver sobre la necesidad de la prevención.

P. ¿Qué personas tienen más riesgo de desarrollar el sida?

R. El virus actúa en aquellos organismos que presentan ya una situación degradada, por el consumo de drogas o por una vida complicada, con abuso de alcohol, o escasa atención a la alimentación. Algunas personas sanas pueden ser infectadas por el virus durante un breve periodo, pero pueden desembarazarse de él enseguida. La moraleja de todo esto es que hay que llevar una vida responsable, y evitar otras infecciones. En África, por ejemplo, es una enfermedad de los heterosexuales y el 60% son mujeres.

P. Profesor, sus trabajos sobre el sida le han convertido en una celebridal mundial, pero no goza usted de las simpatías de una parte de la comunidad científica en Francia. ¿Por qué?

R. Ya conoce la habilidad de este país para cortar cabezas, desde los tiempos de María Antonieta. En cualquier caso la cuestión no me interesa en absoluto. Mi trabajo de investigador me motiva mucho, no sólo el descubrimiento del virus del sida, sino muchas otras cosas. Me interesan los procesos degenerativos en enfermedades crónicas, como el cáncer, el Alzheimer, el Parkinson, o en enfermedades psiquiátricas como la esquizofrenia que, en mi opinión, tienen un origen infeccioso, y en eso trabajo, en estudiar el componente viral o bacterial de estas enfermedades.

P. Usted trabajó sobre las conexiones entre los virus y el cáncer, antes de centrarse en el sida. ¿No le parece que la investigación sobre esta enfermedad ha sido más audaz, a la hora de plantear los test clínicos, por ejemplo, y menos encorsetada en los procedimientos de ensayo de las distintas terapias?

R. Bueno, es que la investigación sobre el cáncer ha respondido más al cómo se origina que al por qué. Se basa en comprobar el estado de los genes, Las modificaciones que presentan, para a partir de ahí elaborar medicamentos específicos para los tipos de tumor. En el caso del sida trabajamos sobre el factor causal. En estos momentos se estudia también el factor causal del cáncer. Si se pudiera establecer el mecanismo que lo causa se abriría un camino muy importante. En todo caso, la dificultad añadida del cáncer es que las células cancerosas tienen una capacidad de modificación enorme, y eso hace muy difícil atacarlas. Puede que una terapia funcione, pero al cabo de los años se produce la recaída por la capacidad de las células malignas de transformarse. Por lo tanto, lo que hay que atacar es el potencial de variabilidad de la célula. Un factor común entre sida y cáncer es la importancia que tiene la oxidación celular en ambas enfermedades. En el caso del sida, en la infección por parte del virus, y en el caso del cáncer, en la perturbación genética que se produce. La oxidación estimula la variabilidad de la célula. Por eso es importante evitar el proceso de oxidación.

P. La oxidación celular es responsable de muchas catástrofes. Recuerdo que usted le recetó al papa Juan Pablo II un tratamiento antioxidante para el Parkinson, basado en la papaya fermentada.

R. Sí, fue una recomendación que le hice cuando me recibió en audiencia para hablar de la situación del sida en África, en 2002.

P. Y aprovechó para criticar la insistencia de la Iglesia en condenar el uso del preservativo incluso en ese continente.

R. No, no lo critiqué. Simplemente dije que era un error grave. De todos modos los religiosos que están en África, sobre el terreno, mantienen una posición más abierta. El nuevo Papa parece tener también una actitud más comprensiva, por lo menos eso es lo que han dado a entender algunas personalidades, como el cardenal Carlo Maria Martini. Aunque no se diga abiertamente, todo parece indicar que hay una tolerancia mayor en el Vaticano sobre el tema.

P. El Instituto Pasteur le jubiló a los 65 años y tuvo usted que marcharse a trabajar a Estados Unidos. ¿Cuáles son las principales diferencias entre la investigación que se hace en Europa y la que se hace en Estados Unidos? ¿Tenemos un espíritu más burocrático los europeos?

R. La burocracia existe en todas partes, en lo que respecta por ejemplo a los créditos científicos. Tengo colegas americanos que se pasan la vida redactando informes porque los necesitan para conseguir financiación. Lo que sí varía en Estados Unidos es el criterio que se aplica a la carrera de los investigadores. La edad cuenta poco, lo que cuenta es que el investigador siga teniendo la capacidad física y mental de investigar y de hacer aportaciones importantes.

P. ¿Europa está más pendiente de la edad?

R. El problema es que los investigadores europeos universitarios son casi siempre funcionarios. Y la función pública tiene unas reglas fijas. Sin embargo, la edad no tiene mucho que ver con la eficacia de la actividad de un investigador, y en nuestro trabajo no necesitamos las reglas del funcionariado. La solución sería que los investigadores no fueran funcionarios, sino que tuvieran un estatuto especial. A mi edad [76 años] creo que soy todavía bastante productivo.

P. ¿Cree que el Nobel será un estímulo a la investigación, no sólo francesa, sino europea?

R. El premio viene a honrar un descubrimiento de hace 25 años, pero quizás pueda servir de estímulo. En Francia hemos recibido muy pocos Nobel en Ciencias. Por eso no creo que se deba sacar la conclusión de que nuestra investigación funciona bien. En líneas generales las ideas y la capacidad de investigación en Francia han disminuido bastante en relación con la primera mitad del siglo anterior.

P. Entonces...

R. Hay que hacer otra revolución.

Nervioso, perfeccionista y melómano

Montagnier vive su momento de máxima gloria científica con cierto desapego.

L. G.  -  París

El profesor francés llega con retraso a la entrevista, que se desarrolla en su despacho, en el piso 15 del edificio Bouvin de la Unesco, en París. La vista es espectacular, pero Montagnier no tiene tiempo para contemplaciones. Entra en la habitación sorteando un par de bolsas que alguna de las visitas que ha recibido esta mañana ha olvidado en su despacho. Sobre las mesas descansan en equilibrio precario montañas de carpetas, libros y folletos.
El profesor vive con prisa. Su cerebro galopa mientras el mundo a su alrededor aparece insufriblemente lento e imperfecto. Los periodistas le asedian pero su agenda está ya sobrecargada de compromisos profesionales. Su trabajo es siempre apremiante. Pequeño de estatura, y de aspecto sólido, el profesor viste traje azul oscuro con corbata del mismo color. La piel reluciente, pese a los 76 años cumplidos en abril.

Dicen que es su propia cobaya. Que es el primero en probar los tratamientos que se le ocurren en su laboratorio para mantener a raya el proceso de envejecimiento. “Tomo suplementos antioxidantes, desde luego. Además, tengo unos buenos genes”, reconoce.

Montagnier vive en su propio mundo perfecto, como un director de orquesta poseído por el horror a las disonancias. Da un salto en el asiento cuando el fotógrafo intenta levantar una persiana no precisamente silenciosa, y se resiste a ser fotografiado frente al ventanal por el que entra un sol cegador. Casado en 1961 con Dorothea Ackermann, Montagnier tiene tres hijos mayores, Jean-Luc, Anne Marie y Francine, de los que jamás habla en las entrevistas. Su vida privada es terreno vedado al que nadie puede acercarse.

Tampoco habla de sus aficiones, aunque se dice que es experto pianista con especial predilección por Mozart. Su vida es un ir y venir entre París, donde preside la Fundación Mundial para la Investigación y Prevención del Sida; Nueva York, la ciudad que le acogió cuando las instituciones francesas le expulsaron del Pasteur, al cumplir los 65 años de edad; y los países de África más golpeados por el sida.

El hombre que ha dedicado su vida a investigar el papel de los virus en la génesis de algunas enfermedades, incluido el cáncer, el que ha escrito libros sobre la importancia de los suplementos antioxidantes y mantiene la teoría de que el sida es una patología multifuncional, vive su momento de máxima gloria científica con cierto desapego.

Montagnier, hijo único del contable Antoine Montagnier y de Marianne Rousselet, alumno brillante de las universidades de Poitiers, y de La Sorbona de París, donde se doctoró en Medicina, es así. Un personaje particular, con mucha vida por delante.


 25 años de lucha contra el VIH
Françoise Barré-Sinoussi

"La enfermedad ha dejado de dar miedo al mundo desarrollado"

L. G. (ENVIADA ESPECIAL)  -  París

Una fotografía de Françoise Barré-Sinoussi, rodeada de guirnaldas navideñas y unos cuantos globos, junto a un cartel de felicitación por el Nobel recién conquistado, adorna el pasillo de entrada de la Unidad de Regulación de Enfermedades Retrovirales que dirige, en el Instituto Pasteur de París. Para la institución, que el mes pasado cumplió 120 años, el galardón a una de sus investigadoras más destacadas ha sido el mejor regalo de cumpleaños. Una demostración, quizás, de que el viejo edificio, con su aspecto un poco caótico y descuidado, alberga dentro a la flor y nata de la investigación francesa, por más que el Nobel premie un hallazgo de hace 25 años.
Barré-Sinoussi (París, 30 de julio 1947) parece disfrutar de su éxito con la misma discreción con la que ha vivido hasta ahora su anonimato de investigadora apasionada por su trabajo, pero con escasa proyección pública y prácticamente desconocida fuera de los ambientes científicos. Su marido, fallecido hace pocos meses, no ha llegado a tiempo de saborear un triunfo que sabe un poco a revancha, porque ella fue la investigadora que descubrió el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), a comienzos de 1983. Virus que más tarde sería identificado como el causante del sida. Vestida con un traje de chaqueta en tonos vainilla y ocre, y meticulosamente maquillada, Barré-Sinoussi se presenta ante la periodista con un cigarrillo en la mano, y reclama un minuto para salir a fumárselo al patio trasero del instituto.

Pregunta. Es usted la primera mujer francesa que recibe el Nobel de Medicina. ¿Cómo se siente?

Respuesta. Muy bien. La verdad es que la presencia de la mujer en la investigación científica ha sido muy minoritaria durante siglos, de manera que era normal esta falta de premios. Tampoco creo que haya que enfocarlo de una manera estrictamente feminista. Pero estoy encantada y, para ser sincera, muchos colegas masculinos me han felicitado efusivamente.

P. Ser mujer, ¿ha sido un obstáculo en su carrera?

R. Sí, desde luego. Sobre todo en los años ochenta. Yo era más joven y las dificultades mucho mayores. Con los años, el porcentaje de mujeres científicas ha aumentado mucho. En este trabajo se gana poco, por eso hay cada vez más mujeres. Aunque en los niveles de responsabilidad sigue habiendo pocas.

P. Los hombres tienen más exigencias económicas.

R. Históricamente era el hombre el que mantenía a la familia, el que llevaba el sustento a casa. Por eso siempre ha estado más atento a la cuestión económica.

P. En esta ocasión, en cambio, el Nobel la ha preferido a otros miembros masculinos del equipo que descubrió el virus del sida, por ejemplo, al profesor Jean Claude Chermann, con el que usted se inició en la investigación, a principios de los años setenta.

R. Ha sido un poco triste, porque empecé trabajando con él y le considero como un padre profesional. Además, formaba parte del equipo que logró ese hallazgo. Son cosas de la vida. He hablado con él y está dolido, es normal, pero al mismo tiempo está muy contento por mí. El descubrimiento del virus del sida fue un trabajo de equipo en el que participaron muchas personas, del Instituto Pasteur y de varios hospitales.

P. También usted ha esperado 25 años para recibir este reconocimiento que, hasta ahora, se le atribuía exclusivamente al profesor Luc Montagnier. ¿Cómo ha encajado tantos años de anonimato?

R. Bien. No me preocupaba en absoluto. Lo que se adapta más a mi personalidad es trabajar en mi laboratorio, o viajar a los países más afectados por el sida para ver sobre el terreno cual es la situación.

P. Dice que el descubrimiento le cambió totalmente la vida. ¿En qué sentido?

R. Me hizo darme cuenta del alcance práctico de mi trabajo. A partir de ese momento he tenido más clara la responsabilidad de mi tarea, hasta el punto de que me ha llevado a olvidarme de mi vida personal. Me he visto empujada por la urgencia de buscar fórmulas para mejorar la vida de los pacientes.

P. Veo que pertenece usted a varios comités del Instituto Pasteur, además de trabajar para la Agencia de Prevención del Sida, que publica trabajos y asiste a simposios, conferencias, etcétera, ¿de dónde saca el tiempo?

R. Duermo pocas horas, no más de cuatro, y trabajo 12 o 13 horas diarias. Nunca he considerado la investigación como una actividad profesional, para mí es una pasión.

P. ¿Es cierto que estamos bajando la guardia con el sida?

R. Hay sectores de la población con más riesgo que se están olvidando de la prevención. Y lo mismo ocurre con los jóvenes. Se habla mucho menos del sida que antes, y eso da miedo, porque la infección sigue ahí. Muchos jóvenes piensan que el tratamiento es efectivo y que no hay que preocuparse, pero, en realidad, el tratamiento no sólo es caro, es complicado y para toda la vida.

Además, con el tiempo tiene efectos secundarios serios, produce alteraciones del metabolismo. Por lo tanto, hay que prevenirse.

P. El fenómeno se produce además en el mundo desarrollado.

R. Sí, en países occidentales, como Francia o España, y es muy preocupante. Porque, además, la persona infectada por el virus tarda mucho tiempo en ser consciente de ello y eso puede dar lugar a una cadena de contagios. Por eso es fundamental el diagnóstico precoz, las pruebas, para prevenir la transmisión del virus.

P. Las instituciones internacionales se han implicado mucho últimamente en la lucha contra el sida.

R. Sí. El objetivo del fondo mundial de lucha contra el sida es que haya un tratamiento universal para todos los afectados por la enfermedad para 2010. Es un objetivo ambicioso con el que se puede soñar siempre que la ayuda financiera de los países ricos siga llegando. Si el fondo de lucha contra el sida, la tuberculosis y el paludismo sigue recibiendo este dinero, es posible alcanzar ese objetivo. Lo malo es que no sabemos lo que va a ocurrir con esos fondos con la actual crisis financiera en el mundo. Si disminuyen las aportaciones, como nos tememos, sobre todo las del Gobierno de Estados Unidos, la cosa se complica.

P. ¿En qué situación se encuentra la investigación sobre el sida en estos momentos?

R. Se han hecho muchos avances pero hay muchas cosas que no conocemos. Por ejemplo, si el virus es capaz de provocar la inmunodeficiencia, ¿por qué en ciertos sujetos esto no se produce? En cuanto a los modelos animales, tampoco sabemos por qué el mono verde no desarrolla la enfermedad pese a estar infectado por un virus muy similar al VIH. Desconocemos cuales son los mecanismos precisos de protección contra la infección. Y mientras no se conozcan será difícil encontrar una vacuna contra el sida.