Una evaluación cardíaca en primera persona (relato) | 07 NOV 21

Corazón delator en bicicleta

¿Cómo es el eco estrés analizado por quien lo vivencia? ¿La mente va a la misma velocidad que los pies?
Autor/a: Celina Abud 

Un cuerpo fuerte, flexible, ágil. Un cuerpo que se anime a las aguas profundas, que le queden muchas caminatas, que pueda bailar a los saltos, hacer un pogo, resistir embates. Un cuerpo tan audaz y tan vivo como la mente, capaz de acompañarla en fuerza y ritmo. Un cuerpo que quiero y no tengo.

Nunca me gustó “el método”. De chica quería aprender a tocar el piano, pero arrancar por una canción. Los ejercicios para fortalecer los dedos me asustaban. Sentía pavor de “gastar” la vida en una repetición monótona. ¿Crisis existencial precoz? De grande lo entendí, cuando me quedé sin tocar el piano y cuando mi cuerpo no acompañó a la mente: la repetición es el paso previo al “gran paso”. Era hora de empezar el gimnasio.   

¿Tuviste Covid? No. ¿Fumás? Ya no. ¿Algo que quieras destacar? Dislipidemia controlada, dentro de los valores normales. Llevé a la consulta unos análisis que me había realizado dos meses antes. Las variables numéricas justificaban en papel todo lo que yo narraba. El chequeo anual de una persona sana, con un número que necesitaba de una pequeña ayuda para no desentonar con los demás. Acostate, que vamos a hacerte un electrocardiograma. Gel, ventosas. Un trazo que no entendí ni tengo por qué entender. Todo bien, dijo el médico. Pero faltaba dar “un paso más” antes de terminar con la quietud. El médico me entregó la receta de la ergometría. Con otras variables que no desentonaran, ya podían considerarme “apta”.

Le dije que tenía una receta previa de un eco estrés. Que con la pandemia había demora para ese estudio y que dentro de un mes me tocaba. ¿Hacés actividad física? Camino, unas tres veces por semana. Seguí haciéndolo y tratá de moverte en tu casa, porque te va a tocar hacer la prueba con barbijo.

¿Necesitaba esos estudios? No estaba segura. Le había llevado al médico los resultados de dos eco estrés anteriores. La última apenas tenía dos años, pero todo podía pasar en un 2020 de sedentarismo pandémico, en el que la quietud obligada parecía compensarse con una mente imparable, con fuerza y ritmo pero sin variedad, como la rueda de un hámster.

No quedaban más opciones que hacerlo un sábado. Madrugué, desayuné liviano y me puse las calzas, las zapatillas, el barbijo… el barbijo, ese que podía alterar los números y tratarme de mentirosa. Llegué al centro de diagnóstico y, tras entregar la orden, me senté y comencé a respirar, desempolvé los ejercicios de meditación que aprendí para soportar el confinamiento. No sabía si la ansiedad iba a favorecer las palpitaciones. Mi mente se despegaba otra vez, pero no quería que el cuerpo la acompañara.

No sé por qué siempre que me hago este examen, encuentro pequeñas diferencias. Pasé por una bicicleta, en la que agregaban pesitas de plomo, antiguas. Por una cinta de última generación, típica de un gimnasio de cadena. Pero nunca me había tocado una bicicleta horizontal, en la que debía estar recostada. Más tarde, con el resultado en mano, vi que se trataba de una “camilla supina”. Siempre se aprende algo nuevo.

La enfermera fue la encargada de colocarme las ventosas y el tensiómetro. También fue la que me dijo que debía mantener una constante velocidad de 60, por más que cada dos minutos se adicionara peso. Luego de que el médico, junto a la pantalla, me preguntara algunos datos de interés, comencé a pedalear.

 

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