Un relato sobre el amor, la distancia y la memoria | 22 AGO 21

Papelitos

El amor de un nieto por su abuela en tiempos de pandemia
Autor/a: Julio César Guerini  

Son las cinco y media de la tarde, martes, y llego una vez más sin avisar. Mi abuela justo estaba barriendo la vereda.

Ya van casi dos años desde que esta cuestión empezó, lo cual, como todo, dependiendo con qué lo comparemos, puede ser mucho o puede ser muy poco. En este caso, para mí es un montón.

Sí, como les decía, pasaron dos años de la primera señal, de esa grieta chiquita que se abrió con el primer olvido y terminó siendo un terremoto del que hasta ahora no sé cómo sigue ni cuándo va a terminar. En verdad sí lo sé, al “como” me refiero; pero lo que no tengo ni idea es del “cuando”. A pesar de ser una grietita en su momento, la oscuridad de tus olvidos viejito empezó a rebalsar por todos lados, primero sutil como neblina y últimamente se volvió más oscura que una noche cerrada de invierno en el medio de la nada. Y así justamente me siento ahora, en el medio de la nada.

También es verdad que, cómo me dice todo el mundo el viejo ya tiene 87 años, es de esperar, que más querés. Bueno ¿qué más quiero?, no mucho diría yo…con que me reconozca me alcanza. Y ahí de nuevo las opiniones al estilo de vos tenés que pensar que no le duele nada, que está en su casa, que su familia lo acompaña, que todavía camina (aunque casi nada ya)…

Cuando mi abuela me ve llegar, la sonrisa le brota por todos lados. Deja la escoba de paja apoyada sobre la pared mientras subo la camioneta a la vereda. Me bajo y ya está con los brazos abiertos. Se corre el barbijo. No le importa y a mí tampoco. Nos abrazamos y nos damos besos con ruidito en la mejilla. Varios, para que se escuche bien. Le pregunto por el viejo. Me contesta que está en el patio, a la vez que me señala con el dedo para el fondo de la casa. Me da risa la punta de su dedo. Esta doblada para el medio. Siempre me dijo en joda que era de tanto hacer repulgues de empanada. Hoy creo que debe ser verdad.

Entro a la casa que durante mi niñez y adolescencia fue mi hogar, y aunque parezca una locura sigue teniendo el mismo aroma. Paso de largo el living-comedor y veo que la cocina tiene dos hornallas encendidas con ollas encima a pesar que son las cinco de la tarde. Espío a través de la cortina que está en la ventana que da al patio. Lo veo allá al fondo, junto a la planta de limones que está pegadita a una planta de moras. Salgo y voy caminando despacio, sin apuro, disfrutando de la imagen que veo. Cuando escucha mis pasos se da vuelta. El pantalón le queda grande y el cuello de la camisa le baila dejando espacio suficiente para que la piel que le sobra caiga cómodamente por debajo del mentón y se balancee con el temblor finito de su cabeza. La gorrita gatsby que le traje de Europa hace que parezca un actor de alguna película italiana de la segunda guerra mundial. Sonrío cuando pienso eso.

Lo miro, fijo a los ojos…me mira…me mira…me sigue mirando…hace una sonrisa leve, esas con el costadito de la comisura, como canchereando y mira para arriba y al costado como hacen los obstetras cuando palpan el cuello del útero para ver si ya está por salir algún bebe. Al ratito me vuelve a mirar…me mira…le sostengo la mirada…y por un instante, una milésima de segundo, en un relámpago de ilusión creo que me reconoce, que se acuerda quién soy, que se pone orgulloso que su nieto médico lo haya ido a ver, que esa sonrisa que me hizo fue porque se acordó de alguna de las tantas veces que lo hice renegar, que lo hice desvelar por no llegar temprano con su auto o quizás se acuerda de las veces en las que me escondía monedas debajo de las alfombras del auto para que yo las encontrara cuando él me mandaba a que se lo lave...quizás se acordó de eso, justo en ese momento en que se le escapó la muesca de sonrisa. Deseo con toda mi fuerza que sea eso…un recuerdo, aunque sea uno solo, lindo…sencillo, pero hermoso. Pensar que en aquel momento creyó que no lo veía, pero lo estaba espiando siempre, en todo. Siempre te veía viejo…en todo. Te veía esconder esas monedas y aprendí el valor del esfuerzo de lavar el auto para ganar mis monedas. Te vi cagarme a pedos de la boca para afuera cuando llegaba tarde sin avisarte dónde estaba, pero por dentro me estabas pidiendo que no te haga más eso, porque si a mí me pasaba algo vos te morías…y con eso entendí y me enseñaste el amor de cuidar y preocuparte por alguien. Te vi levantarte a las madrugas para ir a laburar, a cagarte de frío arriba de ese camión de mierda para repartir fiambres por todos los pueblos de la zona. Vi con el respeto, la prolijidad y la responsabilidad que lo hacías. En el cajoncito de plástico en el que armabas los pedidos, siempre la mortadela y el jamón crudo abajo y los quesos arriba para que no se aplasten, “tienen que estar bien presentados” me decías.

Te vi afeitarte día de por medio hasta que te quedaba la cara llena de puntitos rojos de sangre…y atrás de eso vi que te ponías alcohol y se te enrojecía todo parejito, pero no hacías ni una mueca de dolor. Te veía (a veces espiando) y en cada gesto de tu día a día me ensañabas...el valor del trabajo, la responsabilidad, la puntualidad, la buena presencia, el respeto, la honestidad…todo, me enseñabas todo sin saber, o quizás sabiendo, que sé yo.

Ahora te sigo viendo, mientras acaricias las hojas del limonero que tenés en el fondo del patio...te miro y trato de aprender lo que me estarás enseñando. Ya soy un profesional, un médico, especialista en no sé qué cosas, pero me cuesta entenderte…qué me estarás queriendo enseñar. Me transformé en un buen docente universitario, pero cada más analfabeto emocional. Por qué me cuesta decirte que te amo, que soy lo que soy por vos…por qué me cuesta tanto, por qué pienso que me va a dar vergüenza…

 

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