Lola, Lila y Lolo | 25 JUL 21

Perros de vida

Uno de los vínculos más conmovedores que existen
Autor/a: Esteban Crosio  

"Todo el conocimiento, la totalidad de preguntas y respuestas se encuentran en el perro". 
Franz Kafka

El martes 6 de agosto de 2013 a las 9:38 h se produjo en Rosario una explosión y posterior derrumbe de un edificio por una fuga de gas natural. La onda expansiva alcanzó los 500 metros originando grandes pérdidas materiales. LOLA, una perra rescatista, llegó al lugar el día siguiente junto a su entrenador y socio incondicional, Cristian Kuperbank. Luego de inagotables jornadas de búsqueda, el 12 de agosto hallaron los cuerpos de las últimas personas desaparecidas. A veces el consuelo entre tanto dolor se reduce a eso: reconocer físicamente a alguien que no volverá a abrazarnos. El daño emocional aún perdura y difícilmente pueda alguna vez borrarse de la memoria de sobrevivientes y familiares de las víctimas. La tragedia de calle Salta 2141 fue la última misión de esta criatura tan especial.

Además de intervenir en el megaoperativo desarrollado en Rosario, Lola y Cristian participaron en 2010 en Haití, Guatemala y Chile. Durante el siguiente año fueron protagonistas en Nueva Zelanda y Turquía. Terremotos, huracanes y sismos no impidieron que este héroe al rescate siga a su adiestrador a todos lados como la más dulce de las sombras. Lola era una perra labradora color chocolate, mezcla con labrador chesapeakede, de ojos color otoño y mirada profunda. Hacía valer su instinto como una herramienta vital en el medio de las catástrofes. La capacidad de oler por separado en cada fosa nasal, de oler en estéreo, permite simultáneamente a los caninos respirar e identificar aromas. Dicen los que saben que para esta función cuentan con cerca de 300 millones de células altamente especializadas, una suma nada despreciable comparada con los 5 millones con los que contamos nosotros. Lo más sorprendente del olfato de los perros es que puede atravesar el tiempo, revelando otro mundo más allá de nuestra vista.

Lola finalmente murió el 25 de enero de 2015 tras padecer una insuficiencia renal. Cuando los riñones de los animales comienzan a fallar, al no contar con la posibilidad de realizar diálisis o un trasplante, la cuenta regresiva no tiene retorno. “Lola era única”, recuerda Cristian en una nota periodística sobre la tragedia de calle Salta, quizás sumergido en el inevitable desencanto de la vida. Él guarda en su casa la estatua construida en homenaje a su compañera con donaciones de llaves y otros elementos de bronce que llegaron desde todo el país, esperando todavía un merecido lugar para ser exhibida públicamente. “Lamentablemente la pérdida de un animal que es miembro de tu familia es muy fuerte. Pero después de vivir tantas miserias por los diferentes desastres en los que socorrimos, tenemos fortaleza y eso hace que su recuerdo sea con mucha alegría”. Años después el destino (que le gusta hacer de las suyas) le regaló a Cristian otro compinche de aventuras.

El sábado 21 de octubre de 2017, luego de pelearla con una hidalguía envidiable por cualquier persona, los riñones de un tal Gaspar dijeron basta y una parte de mí se fue de viaje con él. La otra parte que quedaba, meses después decidió cruzar el gran charco y llegar a España. El objetivo era una capacitación médica en el Hospital Vall d´Hebron, encontrando en el refugio de ese desafío la forma de procesar el desconcierto de la ausencia de quien fue un gran compañero y al mismo tiempo todo un aprendizaje. Fue ahí donde en mayo de 2018 conocí a LILA y a Manuel, un paciente de siete años con el diagnóstico de una enfermedad tan rara como difícil de tratar: Anemia de Fanconi.

Lila también era de raza Golden Retriever pero de pelo blanco azúcar pura, con una templanza que distaba de la hiperactividad que caracterizaba a Gaspar. Confieso que cuando los catalanes paraban antes del mediodía para su reglamentaria bocata, yo me escapaba a la Unidad de Oncohematología Pediátrica que se ubicaba a unos cien metros del Banco de Sangre para ver cómo se desarrollaban las terapias asistidas con canes. El objetivo era trabajar mediante la interacción con el animal, los aspectos emocionales, físicos o sociales de los niños tratados en el hospital: motivarlos en su proceso de recuperación y reducir su estrés. Bastaba ver la cara de sorpresa de los pequeños ante el primer encuentro o el fuerte lazo que iban construyendo en los posteriores contactos para confirmar la eficacia de este tratamiento complementario.

 

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